lunes, 12 de abril de 2010


Después llamó por teléfono tu hija, indignada con su conjuntivitis doble, ayer un ojo rojo y hoy también el otro. Enojadísima, la simetría no fue un alivio. Planeabas una escapada prohibida a la panadería y llamó tu hija y algo en tu estómago se arrepintió y lo manifestó con una oleada de acidez que cambió tus perspectivas de esa tarde otoñal de sábado de abril. La maternidad psicológica otra vez tomando las riendas de tu fisiología. Eso fue después de las breves actividades de renovación del patio que habías emprendido en una atmósfera de felicidad pacífica, juntar ramas y mover macetas con tu perro alrededor moviendo la cola, un sol que no quema y tu perro gordito y activo, alrededor tuyo torpe lindo y cariñoso como un hijo perfecto. Después llamó por teléfono tu hija y las cosas se complicaron en tu estómago y por lo tanto en tu ánimo. Te pusiste a limpiar la cocina con decisión, la radio diciendo pavadas y vos repasando objetos hartos de ser pulidos. Te empeñás en que tu estómago y los objetos tengan voluntad propia, tu estómago decide varias cosas en tu vida, y los objetos hablan. Portarretratos, cambiás una foto por otra, una hija posando con las amigas por otra hija cocinando, de espaldas a una cámara cuya presencia encubierta igual intuía. Para el orden y la limpieza nunca tuviste buen criterio, se trata más de una cuestión terapéutica con vaivenes ridículos. Entonces entre esta clase de tareas innecesarias la tarde otoñal de sábado de abril mutó imperceptible a noche de domingo, preparando la cena. A dónde habrá ido todo ese tiempo del medio. Cuando sonó el timbre casi era lunes y la amargura se afianzaba en tu cara. A través del portero eléctrico recibís la noticia insólita. Te habla un remisero cuya clienta, tu suegra, había pedido ser llevada a tribunales. Domingo veintitrés treinta horas. Llevaba, tu suegra, una bolsa con dos envases de coca cola y un rosario, el remisero se dio cuenta de que algo andaba mal. Justo pasaba un patrullero y les explicó a los policías, que se quedaron con ella. Yo vine a avisarle, me di cuenta de que algo andaba mal. Llamadas telefónicas a demás parientes y el remisero, implicándose todavía más, lleva a mi mamá a la casa de mi abuela en crisis, completamente loca. Perdida en el tiempo y el espacio pero con una actitud aguerrida, fría mirando a los policías, hablando poco por estrategia. Como alguien que despierta en un mundo distinto y de a poco tantea el terreno.

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