viernes, 21 de mayo de 2010


No hay viento, el frío es una cosa quieta omnipresente que le produce angustia. El sol salió hace tres minutos y por esa calle de ese pueblo ajeno empiezan a pasar unos pocos vehículos. En su pelo olor al almuerzo multitudinario de ayer, olor a tuco, en sus ojos maquillaje de anteayer. No sabe con certeza en qué devino su apariencia en las últimas horas, imagina su reflejo en un espejo y le da un pánico leve, pero retiene la imagen, va al detalle y cuanto más profundiza más le atrae jugar a eso. No es ella, es una persona con otra historia, empobrecida en algunos aspectos y enriquecida en otros. Los ruidos de los que están descargando el colectivo interrumpen su fantasía pero no su sensación, y enfoca sobre el paisaje real con esa perspectiva nueva. Mira a la gente que fuma a su alrededor, el sol salió hace cuatro minutos y a su alrededor hay gente que fuma. Ayer eso le habría parecido incongruente, ahora en cambio hay algo puro y delicado en el humo, en su contacto con la piel y su manera de impregnarse. También hay algo en el frío, ya no le da angustia si no vitalidad. Se siente rara, ella que siempre está cansada, preocupada, sonriente, ella que es una especie de gusano, de larva pálida que hace esfuerzos monstruosos para moverse y para quererse, que se traslada con dificultad y no puede dejar de sonreír porque le inculcaron que eso es lo que hay que mostrar a los demás, una sonrisa forzada y espléndida, ella que es siempre un conjunto de inseguridad y debilidad y pulcritud se siente rara porque se volvió otra. Mira a la gente que fuma a su alrededor, piensa que podría ser como ellos. Ellos son sanguíneos, despilfarran bienes y energía y nunca se abrigan lo suficiente, si se enferman no les importa. Tampoco hacen cálculos de las horas que van a dormir. Desde hace años los estudia, secretamente, para terminar por admirarlos y creerlos peligrosos y fascinantes. Ahora escucha sus carcajadas y quiere reírse como ellos, incluso cree que puede. Se acerca al grupo, están hablando del peruano y su recientemente revelada habilidad para socializar en estado de ebriedad, alguien ilustra con un par de anécdotas, transcurren la noche anterior en ese lugar oscuro donde jugaron a los bolos como payasos. El peruano realmente los habría desconcertado con su faceta chillona, se habla incluso de doble personalidad, seriamente, nadie hubiera pensado que en esa cabecita morocha podía entrar tanta esquizofrenia. Se ríen, ella ríe y cruza miradas con ojos amigables y malditos sin ningún temor. Así es que deciden solidarizarse con la descarga de cosas del colectivo y ella recibe un pedido de ayuda distraído para encargarse de una de las maderas pesadas, una voz femenina que denota un espíritu activo le dice que esas hay que bajarlas de a dos. Ella acepta, forma parte de ellos. Proceden. Se astilla las manos y siente un tipo de dolor olvidado, de la infancia, sonríe. El chofer, de capacidad de habla dudosa hasta el momento, las ve a las dos descargar una de las tablas pesadas y murmura algo hacia la nada. Madera, dejá a esas chicas.

lunes, 10 de mayo de 2010


Él, borracho, quiere compartir con todos nosotros una canción. Va y busca, revuelve, la tarea se le hace ardua. Los ojos brillosos escrutan el monitor con cierta desconfianza. A su lado se desarrolla una discusión acerca de qué facturas prefiere la gente, se llegó a un punto en que los presentes toman partido por el dulce de leche o la crema pastelera. Él, borracho hace horas, maneja el mouse con torpeza tierna de nene chiquito. Le cuesta leer, el monitor bombardea sus ojos brillosos y él adopta una mirada oriental. Alguien dice que hay algo en la textura de la crema pastelera, algo que no está nada bien. Él encuentra la canción que quiere compartir con todos nosotros, sube el volumen y le da play. La discusión acerca de facturas no se detiene. Él, borracho hace días, sonríe y cierra los ojos, los abre, sonríe más, los cierra, los abre, nos busca anhelante, las facturas le traban el camino pero él quiere compartir, transferir, empatizar, él se esfuerza pero las facturas son protagonistas indiscutibles, por azar o por derecho tienen el lugar ganado y él no entiende que con eso no se puede competir. La canción termina y él le da play de nuevo, esta vez ya no nos busca. Dejamos de importarle o, profundamente resentido, finge no necesitarnos para compartir una canción con todos nosotros. Se aparta a un rincón a vivir la experiencia en soledad, adopta ahora una postura de genio incomprendido que recurre a una falsa tolerancia para comunicarse con los demás, una tolerancia melancólica de sentirse solo y superior. A esta altura la discusión acerca de qué facturas prefiere la gente quedó en suspenso pero dio unos frutos raros, primero una serie de bosquejos de lo que serían facturas perfectas, después un dilema nuevo sobre la incompatibilidad de ciertos ingredientes, y finalmente el destrozo por aterrizaje en el piso de una botella de vino casi llena cuya estabilidad de permanecer en la mesa le habría sido arrebatada mediante un gesto violento, involuntario, en el marco de la discusión. El gesto habría involucrado una extensión exagerada de un brazo izquierdo y habría sido pensado para enfatizar sobre la incompatibilidad de ciertos ingredientes. El silencio que se hizo fue unánime, desconcertado y parcial, un estribillo pasaba de ser fondo a ser figura. Él, borracho, pudo compartir con todos nosotros un fragmento de una canción.