lunes, 10 de mayo de 2010


Él, borracho, quiere compartir con todos nosotros una canción. Va y busca, revuelve, la tarea se le hace ardua. Los ojos brillosos escrutan el monitor con cierta desconfianza. A su lado se desarrolla una discusión acerca de qué facturas prefiere la gente, se llegó a un punto en que los presentes toman partido por el dulce de leche o la crema pastelera. Él, borracho hace horas, maneja el mouse con torpeza tierna de nene chiquito. Le cuesta leer, el monitor bombardea sus ojos brillosos y él adopta una mirada oriental. Alguien dice que hay algo en la textura de la crema pastelera, algo que no está nada bien. Él encuentra la canción que quiere compartir con todos nosotros, sube el volumen y le da play. La discusión acerca de facturas no se detiene. Él, borracho hace días, sonríe y cierra los ojos, los abre, sonríe más, los cierra, los abre, nos busca anhelante, las facturas le traban el camino pero él quiere compartir, transferir, empatizar, él se esfuerza pero las facturas son protagonistas indiscutibles, por azar o por derecho tienen el lugar ganado y él no entiende que con eso no se puede competir. La canción termina y él le da play de nuevo, esta vez ya no nos busca. Dejamos de importarle o, profundamente resentido, finge no necesitarnos para compartir una canción con todos nosotros. Se aparta a un rincón a vivir la experiencia en soledad, adopta ahora una postura de genio incomprendido que recurre a una falsa tolerancia para comunicarse con los demás, una tolerancia melancólica de sentirse solo y superior. A esta altura la discusión acerca de qué facturas prefiere la gente quedó en suspenso pero dio unos frutos raros, primero una serie de bosquejos de lo que serían facturas perfectas, después un dilema nuevo sobre la incompatibilidad de ciertos ingredientes, y finalmente el destrozo por aterrizaje en el piso de una botella de vino casi llena cuya estabilidad de permanecer en la mesa le habría sido arrebatada mediante un gesto violento, involuntario, en el marco de la discusión. El gesto habría involucrado una extensión exagerada de un brazo izquierdo y habría sido pensado para enfatizar sobre la incompatibilidad de ciertos ingredientes. El silencio que se hizo fue unánime, desconcertado y parcial, un estribillo pasaba de ser fondo a ser figura. Él, borracho, pudo compartir con todos nosotros un fragmento de una canción.

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