sábado, 19 de junio de 2010


Arriba vive una familia de locos, pero la única medicada es la hija. Con ella me llevo bien, hablamos de manera tal que en ningún momento de la conversación me siento hipócrita. El tema es que sufre crisis violentas y lo que empieza como un intercambio de palabras bastante sugestivo puede volverse un forcejeo tan inútil como confuso. A veces me ve y no duda en colgarse de mi cuello en tentativa infantil de recibir y dar cariño, yo todavía no sé cómo proceder en estos casos. Lo que más me gusta es verla fumar sin que note mi presencia. Se sienta en los escalones de la entrada y prende un cigarrillo atrás del otro en ritual meticuloso, como si fumar fuera tocar un instrumento chino o hacer la disección de un crustáceo muy chico. Un cigarrillo atrás del otro escupiendo en el piso y tirando las cenizas sobre la saliva. Eso me encanta. Siempre que llego tengo que esquivar sus marcas babosas que parecen criaturas vivas. La saliva cuando está afuera de una boca resulta amenazante, si lleva disueltas cenizas es un poco peor. Creo que es debido a este gusto por fumar y escupir libremente que la portera la odia más a ella que a mí. Pero yo no tengo ninguna enfermedad conmovedora y ningún rasgo de inocencia, entonces sucede que el grueso del odio de la portera, según las circunstancias, sufre oscilaciones pudiendo inclinarse para mi lado. Sería como un subibaja de niños autistas que pesan lo mismo. Anoche estuvo difícil, la loca con algún tipo de ataque de gritos y golpes que se me infiltraban en sueños. Después la alarma sonó sin mi despertar previo habitual, pocas cosas me causan más terror. Esa mañana omití el ascensor y bajé por las escaleras, a ver si podía sentir mi propio cuerpo como algo realmente vital. Pisé planta baja y a través del vidrio vi una ambulancia estacionada, quieta y apagada como un animal feroz que se hace el manso. Salí rápido, abrí mi paraguas y me fui. Esa ambulancia tenía destinatario conocido y yo no quería pensar en semejante cosa. Recordé los tiempos en que no usaba paraguas. Cómo fue que un día entré en el local extraño del brasilero y me compré uno con total naturalidad, siendo que para mí los paraguas siempre habían tenido una cuestión ortopédica muy triste. Y no solamente eso, también una asociación incomprensible a la vida de camping. Un día entré en el local extraño y compré un paraguas azul y salí y lo abrí y caminé bajo la lluvia como todas las demás personas. Aunque sintiendo la sospecha tenue de haber perdido algún tipo de sensibilidad, y el consiguiente malestar. Ese malestar me acompañó todo el camino de vuelta, a la tarde. Cuando llegué no me sorprendió la falta de marcas babosas frescas, ausencia que se prolongaría por unos cuantos días más. Pero no quise preguntar nada a nadie. Fue una mañana de esas que bajo por las escaleras que me topé con ella, o la parte de ella que quedaba. Cara lastimada, brazo inmovilizado, pierna renga, pero eso era lo de menos. Tenía los ojos muertos y ni siquiera intentó hablar. Acomodo de dosis, pensé. Enseguida entró el padre y la agarró por el hombro sin ningún tipo de cuidado. Me dijo algo mientras subían al ascensor, sin que se lo pidiera me contó el episodio
trágico con entusiasmo irrespetuoso. En esa familia están todos locos, pero la única medicada es la hija.

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