martes, 27 de julio de 2010

sucesos conmovedores aleatorios

Su casa permanece desordenada y sin limpiar durante meses. Sucesos de su vida que se caracterizan por una alta capacidad de conmoverlo y por una ocurrencia de tipo aleatoria, él supone, tienen el efecto de romper con cada uno de estos períodos de abandono erosivo de su hogar. Se trata de eventos que lo llevan, él cree, a crisis de intensa hiperactividad. En su cuerpo se generan de súbito cantidades enormes de energía que él destina casi sin proponérselo al reestablecimiento de la pureza, la asepsia, la pulcritud que su casa habría tenido en un estado original, y que en realidad le encantaría poder preservar en el tiempo. Pero al tratarse de una tarea imposible en su perfección él se rinde, ni siquiera intenta un orden y una limpieza normales. Entonces el estado ideal de su casa se reconstruye únicamente mientras duran sus arrebatos involuntarios. Si calculara que estas crisis se dan, con exactitud notable, cada cuatro meses, podría sacar la conclusión de que los sucesos conmovedores aleatorios no son tales. Podría llegar a sospechar la existencia del ritmo interno inevitable que guía sus acciones, y de la maquinaria sofisticada que en el momento oportuno del ciclo selecciona disfraza y etiqueta sucesos ordinarios, de manera que resulten adecuadamente emocionantes. Podría fascinarse con el mecanismo intrincado que lo habilita a sufrir con regularidad precisa sus accesos de organización limpieza seca primero húmeda después repasado de objetos con franela suave productos químicos intensos enjuague de sustancias sobrantes corrosivas aspiradora y acomodación generalizada al final, capaz que algún cambio de disposición de muebles también. Pero él cree en los sucesos conmovedores aleatorios, con mucha facilidad puede hacer un recuento bastante completo y convencerse de que las cosas siempre funcionaron así. La historia lo confirma, la próxima crisis va a llegar y él se sorprendió esta vez esperándola con algo de ansiedad. Lo que no termina de darse cuenta es de la extensión en un mes más de lo habitual del período de abandono erosivo vigente. No lo sabe del todo pero sí empieza a advertir señales que, él piensa, su casa misma le quiere hace ver. Como si la dejadez en que la tiene le propiciara el desarrollo de una voluntad. En su habitación alfombrada si un objeto chico cae y llega al suelo, nunca más lo encuentra. La casa se está comiendo fracciones insignificantes de su vida, y eso, con razón, empieza a preocuparle.

domingo, 4 de julio de 2010


Me llamó y pidió que lo esperara, que se le había hecho tarde. La voz enrarecida y el mensaje ambiguo decían mucho más de lo que él hubiera querido. Cuando llegó me contó que había ido a ver a su abuela internada en un neuropsiquiátrico, y que estaba preocupado, angustiado, porque no había sentido nada. Su visita se habría reducido a una serie de reacciones primitivas, comandadas exclusivamente por las partes más trogloditas del cerebro. Resistencia, repulsión, un miedo básico a lo enfermo o extraño. Le pregunté si habían podido hablar y me dijo que a lo sumo le había sacado unos monosílabos agónicos, pero acerca de eso tenía la memoria trabada y prefería no confiar demasiado en ese recuerdo. Sí tenía bien presente cuestiones de la mirada. La miraba a los ojos y esos ojos no lo miraban a él, y no miraban a ninguna otra cosa tampoco. Había un infierno propio muy complicado ahí, tan podrido como incomunicable. Y entonces venía la resistencia, la urgencia de escape cobarde, el instinto de supervivencia que lo tentaba a abandonar el lugar y liberarse del ente maldito que se suponía era su abuela. Podría estar gritándole desde las tinieblas que la ayudara, podría estar desesperada allá en el fondo, pero no había forma de saberlo. Transpiración fría, una náusea sutil incluso, lo sacaban de su intento torpe de comportarse como un ser humano noble. Y ahora culposo, verdoso, miraba por la ventana que daba a un patio gris en el que no pasaba nada. Sonreía ingenuo, como para mantener un mínimo de compostura, él creería, pero esa sonrisa débil quedaba bastante mal en su cara sufrida, sonreía y miraba por la ventana como si hubiera un perro con sus cachorros sedientos, y bebieran juntos de un manantial. Le hice un café y puse música casi adecuada a las circunstancias, no había nada correcto para decir. Se trató de conversar pero la tensión, la ansiedad, llevaban por caminos de chatura que se volvían insoportables. En un momento me miró con aire renovado y me dijo: tengo que volver ya, tengo que hacerlo por mi abuela. Obró de manera tal que al instante estaba afuera, caminando para el loquero con total convicción. Yo lo miraba desde la puerta y era como un soldadito yendo a una guerra cruenta que nunca iba entender, un héroe infantil confundido que da revancha por una cosa y le pone nombre de otra. En frente un perro grande y otros chicos rompían bolsas de basura y se disputaban su contenido.