domingo, 4 de julio de 2010


Me llamó y pidió que lo esperara, que se le había hecho tarde. La voz enrarecida y el mensaje ambiguo decían mucho más de lo que él hubiera querido. Cuando llegó me contó que había ido a ver a su abuela internada en un neuropsiquiátrico, y que estaba preocupado, angustiado, porque no había sentido nada. Su visita se habría reducido a una serie de reacciones primitivas, comandadas exclusivamente por las partes más trogloditas del cerebro. Resistencia, repulsión, un miedo básico a lo enfermo o extraño. Le pregunté si habían podido hablar y me dijo que a lo sumo le había sacado unos monosílabos agónicos, pero acerca de eso tenía la memoria trabada y prefería no confiar demasiado en ese recuerdo. Sí tenía bien presente cuestiones de la mirada. La miraba a los ojos y esos ojos no lo miraban a él, y no miraban a ninguna otra cosa tampoco. Había un infierno propio muy complicado ahí, tan podrido como incomunicable. Y entonces venía la resistencia, la urgencia de escape cobarde, el instinto de supervivencia que lo tentaba a abandonar el lugar y liberarse del ente maldito que se suponía era su abuela. Podría estar gritándole desde las tinieblas que la ayudara, podría estar desesperada allá en el fondo, pero no había forma de saberlo. Transpiración fría, una náusea sutil incluso, lo sacaban de su intento torpe de comportarse como un ser humano noble. Y ahora culposo, verdoso, miraba por la ventana que daba a un patio gris en el que no pasaba nada. Sonreía ingenuo, como para mantener un mínimo de compostura, él creería, pero esa sonrisa débil quedaba bastante mal en su cara sufrida, sonreía y miraba por la ventana como si hubiera un perro con sus cachorros sedientos, y bebieran juntos de un manantial. Le hice un café y puse música casi adecuada a las circunstancias, no había nada correcto para decir. Se trató de conversar pero la tensión, la ansiedad, llevaban por caminos de chatura que se volvían insoportables. En un momento me miró con aire renovado y me dijo: tengo que volver ya, tengo que hacerlo por mi abuela. Obró de manera tal que al instante estaba afuera, caminando para el loquero con total convicción. Yo lo miraba desde la puerta y era como un soldadito yendo a una guerra cruenta que nunca iba entender, un héroe infantil confundido que da revancha por una cosa y le pone nombre de otra. En frente un perro grande y otros chicos rompían bolsas de basura y se disputaban su contenido.

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