lunes, 20 de septiembre de 2010

material neurótico correspondiente a la humanidad

Almuerza en un patio de comidas. Mira un dibujo animado sin sonido y sigue de reojo un juego de cartas entre nena y señora en mesa contigua. Todo movimiento que ejecuta, y también toda quietud, se logran por proceder involuntario. No hay señales de intención real de hacer absolutamente nada. La pantalla le queda justo en frente a unos tres metros y muy cerca el juego de cartas se vuelve ruidoso a intervalos, él se reparte entre miradas directas a la pantalla y reojos al juego según lo intenso del estímulo. Su almorzar autómata fascina a algunas personas, hay algo genial en su manera de moverse, eficaz en su gasto energético mínimo. Pero su indiferencia llega a resultar ofensiva, excluye de inmediato a los que la notan, y hay quienes lo miran repetidas veces con cierto malestar. Como la señora que juega cartas, busca una prueba de que él al igual que ella está hecho del material neurótico correspondiente a la humanidad. Y aunque los ojos del hombre se manejan con comando propio inquieto y van a donde quieren sin que dispositivo alguno les restrinja la libertad, nunca delatan preocupación, empatía o satisfacción. La nena gana el juego a la señora y las dos se ríen en frecuencia aguda, juntan las cartas y se habla de empezar nuevo partido en la plaza. La nena en su entusiasmo toma un color fucsia en la cara. A punto de emprender la retirada ven que otra señora ha caminado a su encuentro, aparentemente un lazo muy fuerte de amistad la une a la señora que jugaba cartas. Entablan entonces una conversación desprolija que empieza por alusiones al crecimiento de la nena, continúa con comentarios agrios sobre el paso del tiempo, juventud y vejez, y se va yendo por los caminos siniestros de un chusmerío denso. Así es que se ve amenazado el estado de emoción de la nena, que se desploma otra vez en su silla a intentar sola un juego de cartas sin sentido que no funciona, que la aburre, que la hace prestar atención a su alrededor y por fin notar que hay un señor en la mesa de al lado. Empieza por las preguntas básicas, nombre, edad, por qué tiene el pelo largo. Él responde casi con dulzura y su cara vira a una modalidad expresiva cuya existencia en semejante ser nadie habría sospechado. Se va desarrollando una comunicación amena, la nena ríe, se entretiene. Las señoras, a pesar de la ceguera que les produce el intercambio de información al que se entregaron, detectan el acercamiento entre nena y hombre y lo desaprueban con muecas y miradas. De todas formas no interrumpen su verborrea, no mientras puedan mantener vigilada la situación. La nena pregunta, el hombre contesta y pregunta, las señoras atentas como aves de rapiña, la nena ríe y responde, el hombre sonríe, la nena canta y avanza un poco más hacia el hombre, las señoras le clavan sus pupilas en un intento de inmovilizarlo, de hacerle saber lo agresivas que pueden volverse. El hombre nota esas pupilas y se decepciona, mira a las señoras con simpatía, en un intento de sacarles la paranoia. La nena canta, las señoras clavan, el hombre se decepciona. La nena habla, la nena pregunta si tiene mascota, el hombre responde. La nena se acerca más y más. La nena pregunta al hombre si sus papás se murieron. Las pupilas de las señoras implotan, agarran a la nena y sonríen al hombre, se la llevan a los tirones, miran al hombre y asienten, sonríen, tironean, se alejan, se habla de mala educación. Al hombre le quedó una sonrisa melancólica. Mira por la ventana, ve cómo pasan las tres, la nena llora. En frente alguien de unos tres años corre torpe hacia alguien vestido de dinosaurio violeta y se abraza a sus piernas con toda su fuerza.