viernes, 12 de noviembre de 2010

distintas pendientes para una línea hipotética de desensibilización

En el sueño un monitor, literalmente, me comía la cabeza. Lo hacía en un acto eficaz y sin violencia, como algo encomendado por entes superiores que cumplen un rol de equilibrio y armonía del cosmos, y llevan a cabo tareas que podrían considerarse perversas de un modo limpio y noble. Lejos de aterrorizarme, la sensación preponderante fue de liberación. Horas después, en un estado mental de inmersión plena en la realidad de lo práctico, preparaba mis fideos chinos a la italiana habiendo olvidado completamente el episodio. La mañana no podría haber sido más rara, excepto por el hecho de que ni en la oficina ni en el banco ni en la farmacia los monitores se comían a las personas. Le mentí a alguien, me acuerdo, le mentí a una mujer cuyo marido se había suicidado cinco días atrás. Al narrarme su historia no me conmovió en absoluto, me pareció que usaba a su marido suicidado para sacar ventaja, para romper las reglas que le impedían hacer un trámite. Por eso fue que le mentí: no hay nadie en este momento que pueda atenderla, venga el viernes, que es el día asignado para este tipo de caso. Ella no me creyó, supongo que antes de acudir a mí había hablado con la secretaria nueva que todavía no comprende que estamos juntos en sostener la mentira de base que nos permite conservar nuestro trabajo día a día, y que realmente no hay otra forma en que las cosas puedan funcionar. Si fuéramos sinceros todo se desbarataría. La mujer entonces se fue pero volvió a los pocos minutos, se sentó cerca de la escalera en lugar estratégico para interceptar a cualquiera que quisiera salir del edificio. Yo hacía de cuenta que ella no estaba ahí, ella también me ignoraba, la tensión se había reducido al mínimo en esa indiferencia mutua que daba comodidad. Habrá estado esperando un par de horas, pero al final logró lo que quería, le fue fácil incluso, y en principio me sorprendió que en ningún momento me dirigiera una mirada de triunfo, ni siquiera una leve. Después entendí lo mucho que teníamos en común, y tuve un instante de empatía. No había ningún placer en mentir, ni en fingir, ni en romper reglas, era una cuestión de supervivencia y no de orgullo. Simplemente por eso es que somos capaces de cosas terribles. Cuando me iba pensaba en cómo estaba perdiendo la sensibilidad, pero sin reprochármelo. Hacía unos cálculos nada más, extrapolaba y consideraba distintas pendientes para una línea hipotética de desensibilización. Y justo en pensamientos así, después de una mañana de hipocresía y mentiras sin sentir nada -una mañana representativa en mi vida- afloró la angustia. Camino por la calle y una estrella amarilla en el pavimento me hace llorar, una estrella que dice juampi y es un juampi que nunca conocí pero lloro porque juampi era una persona y ahora es una estrella amarilla en el pavimento. Llegué y preparé mi comida, me llevé el plato a la computadora a revisar los mails y el monitor, obvio, me miraba hambriento.

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