sábado, 27 de noviembre de 2010

fenómeno dual de reconocimiento – desconocimiento

Caminata bajo el sol radiante del mediodía, se le ocurre que la capa de ozono finalmente dejó de existir. Un rayo ultravioleta le da justo en el medio de la frente y la lámina de sustancia mucosa que a veces siente recubrir su cráneo está ahora burbujeando, se licua, genera una presión insoportable sobre su piel, un dolor frío por dentro y caliente por fuera. Cruza para la plaza buscando sombra, frescura vegetal, y ve que Agustín pasa a unos metros. Nota que el mismo Agustín que siempre ve de cerca ahora está a una distancia y en un contexto poco habituales, resultando entonces un Agustín distinto, como visto por primera vez. Prefiere no llamarlo ni interceptarlo, en cambio adopta una actitud analítica y se limita a seguir sus movimientos con la mirada. Qué es esa dualidad de reconocer a Agustín con tanta facilidad y en simultáneo verlo por primera vez. Se sorprende, en la misma caminata ya había tenido dos encuentros de esa naturaleza con personas que no veía hacía años. La memoria reciente incluso le revela un intento de razonar el mecanismo de reconocimiento que se habría disparado, y una consecuente fascinación con el nivel de sutileza de los detalles responsables. Postura y estructura ósea, características de la locomoción y expresión facial serían la clave para una identificación sin esfuerzo a cargo de alguna parte del cerebro que actúa por sí sola, sin que el resto de la masa cerebral se entere. Sigue caminando y muy rápido se esfuma de su mente la conclusión obtenida y contradicciones incipientes, es que el sol está amagando con atravesarle los huesos y resquebrajarlos, disolverlos y aspirárselos. Casi puede ver un humo que asciende desde su cuerpo en dirección al astro. Es evidente, el sol le saca la energía aunque su primo yogui insista en que es exactamente al revés. Como si no tuviera razones para desconfiar de primo yogui, le habían calculado alguna vez con Agustín una apertura a nuevas culturas y experiencias de no más de doce grados, la boca apenas abierta de un pacman tímido. Otro triste caso de persona disfrazada de lo que quiere ser. Enseguida irrumpe en su mente una imagen de primo yogui vestido con traje impecable, testigo de casamiento occidental convencional unos pocos días atrás, y de nuevo piensa en ese fenómeno dual de reconocimiento – desconocimiento que en realidad desde hace años le viene proporcionando pequeñas dosis de malestar. Ahora que le puso ese nombre, supone, va a ser otra cosa. Caminata bajo el sol radiante del mediodía, su gesto vira a otro más vital cuando se encuentra presenciando con atención a tres pájaros marrones en ritual de apareamiento.

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