viernes, 5 de noviembre de 2010

punzada cotidiana de la culpa

Se sienta a esperar en una de las sillas de tapizado floral y mira por la ventana cómo el clima va completando un cuadro perfecto. Las nubes densas se abren paso, se agrupan, se fusionan, podrían portar enormes volúmenes de gas tóxico. Eso afuera, lo suficientemente lejos y arriba. Más abajo y adentro la atmósfera es completamente diferente, a volumen casi imperceptible suena una música que jamás podría provocar emociones en nadie. Es raro cuando el señor de traje por momentos marca el compás con el pie. Espera y mira por la ventana el cuadro perfecto que acentúa la ridiculez de la sala de espera. Los otros cuadros que cuelgan de las paredes, piensa, no parecen haber sido pintados por criaturas con alma, flores naranjas en jardines verdosos que si se suman a la música funcional se genera una sensación de coherencia. Sonríe cuando nota que se siente a gusto en medio de esa primavera plastificada, es el alivio de estar esperando, un tiempo muerto en que la punzada cotidiana de la culpa no tiene cabida. Agarra una revista de frivolidades para escaparle a cualquier cuestionamiento profundo que podría aparecer si siguiera en ese tipo de pensamiento analítico. Hojea y mira las fotos, vestidos que le gustan y vestidos que no, zapatos y maquillaje. Con el maquillaje tiene sus reservas, de lejos acerca pero de cerca pone una distancia. Tiene una ilustración vívida de este fenómeno cuando pregunta a la secretaria si el doctor va a tardar en llegar y entonces una barrera pesada de textura, color e incluso aroma se hace presente entre ellas. El doctor va a tardar por los menos una hora más. Vuelve a su tapizado floral y a su revista con satisfacción, le queda larga espera libre de responsabilidades. En frente el señor de traje que lee un diario sube la mirada, duda, y finalmente se decide a acercarse al escritorio de la secretaria y sugerirle, amablemente, que tal vez se estén dando los turnos de manera poco acertada, suponiéndole a cada uno una duración que no se corresponde con la realidad, una duración bastante menor. El señor da a entender que no es la primera vez que tiene que esperar largamente en la sala floral, ni la segunda ni la tercera, a través de sus ojos, de su voz, salpica un odio infinito por las esperas. La secretaria le explica, amablemente, que la duración de cada turno es variable, que depende de la patología del paciente, que se hace un promedio. El señor insiste en el hecho de que siempre le toca larga espera, podría sospecharse un mal cálculo del promedio. La secretaria repite, robótica, que la duración depende de la patología del paciente. El señor no puede más que rendirse, vuelve a su tapizado floral y a su diario. Por un momento mira por la ventana la tormenta y su expresión es triste, muy triste.

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