sábado, 25 de diciembre de 2010

una persona promedio, ideal, bienintencionada

Dormía en la profundidad de un sueño retorcido y el teléfono sonó. Me desperté rápido y sin necesidad de aclimatarme a ese otro paisaje en penumbras, sabía aun en medio de mi pesadilla que esa llamada era importante, sabía quién era y qué quería y sabía al detalle cómo se desarrollaría nuestra conversación y los próximos minutos de mi vida. Hablé con la actitud de quien se levantó temprano, varias horas antes que la indicada en ese momento por el reloj de pared viejo y horrendo del que nunca logré deshacerme, fingí que mi mañana transcurría como la de una persona promedio, ideal, bienintencionada, y me escuché creíble. Fue decepcionante que media hora después mi cara delatara la verdad con total precisión. Lo primero que ella me preguntó cuando llegué fue si había dormido mal y le dije que sí, que sufría de nervios, que este asunto de esperar la beca importante y este otro asunto de seguir pidiendo becas menores. Y ella, siempre luminosa y emanando aromas florales, sonrió de una manera distinta de la que venía sonriendo y opinó que capaz no era tan bueno que me dieran la beca importante. Mis ojos se abrieron mucho más de lo que creía posible en esas circunstancias, interrogando por sí solos, por lo que ella me contó de esa maldición china que dice “que todos tus deseos se hagan realidad”. Esa frase y esa sonrisa profunda hicieron que me replanteara mi existencia en tiempo record, pude respirar profundamente por primera vez en el día. Habrá que adherir a alguna filosofía oriental, le dije torpe, mientras armábamos en la mesa de entrada la carpeta con toda la información que yo había llevado y las hojas extra con las firmas pertinentes que ella me había conseguido. Nos despedimos en el ascensor, yo iba al tercero y ella al primero, y el hombre de traje marrón iba más arriba, su presencia aumentó la ridiculez de la situación. Encontré la oficina correcta y pasé el rato de espera mirando unas fotos puestas bajo el vidrio del mostrador, africanos andando en bicicletas, pedaleando felices por algún lugar de su continente decrépito. Después recibieron mi carpeta, me dieron uno de esos comprobantes que siempre pierdo y pude irme habiendo llevado a cabo el trámite exitosamente. Como no quería volver a cruzarme con ella en el ascensor bajé por las escaleras y lo hice demasiado rápido, perdiendo un poco el aliento. La falta de desayuno además empezaba a dar sus síntomas y por un momento el malestar se hizo agudo. Igual me apuré en salir, en atravesar la puerta enorme del edificio imponente en el que estaba, recién cuando vi luz solar y me puse los lentes oscuros sentí el alivio correspondiente. Caminé unas cuadras sin pensar, después sí traté de resolver por qué siempre que me iba de ese lugar maldito mis pasos me llevaban autómata en direcciones que no eran las de volver. Entonces desaceleré, me concentré un poco en el contexto y vi cómo alguien rociaba esmeradamente con insecticida el ángulo pared - suelo de la fachada de su casa. El veneno volaba, se expandía en una nube que ya varios respirábamos con asco. Subí la mirada intentado seguir el trazo de la nube, buscándole un límite, y en lo alto me distrajo un cartel. Campanas doradas, muérdago, moño rojo, y en letras verdes “que todos tus deseos se hagan realidad”.

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