sábado, 31 de diciembre de 2011

una tecnología emisora de ondas que te atraviesan constantemente y empezás a notarlo. O sea, una paranoia


I

El recorrido habitual dejó de parecer habitual, en el momento no supe por qué.
Toca pasar la zona de los pinos, están a la misma distancia y en la misma cantidad de siempre, emanan el horror sutil característico pero también algo más. Toca la zona de los caballos, más cerca en su parcela restringida, el negro y el de color indefinido comen su pasto agónico como si fuera una condena, hacen llevadero su infierno con la aceptación ecuestre que creés entender cuando a un caballo lo mirás fijo a los ojos. Aunque esta vez con una rareza, esto sí fuera de lo habitual: hoy visten una especie de camperas. Los dos caballos en primavera con camperas o chalecos, algún tipo de abrigo o indumentaria protectora de confección especial para caballos. Después en un plano retorcidamente convergente con el camino aparece el cementerio, las luces desparejas en cuanto a color pero esencialmente blancas las podés llegar a somatizar con un escalofrío profundo, como un crecimiento alienígena en la espalda. Son luces que recién se están prendiendo, acentúan sólo un poco el desgaste de los dibujos de la pared, el perón, la eva perón desfigurada, los murales viejos de otra generación, hasta que dejan de verse cuando toca doblar en la calle de tierra infinita. El día era irremontable desde hacía ya varias horas, siendo las siete de la tarde la sensación era honda, fusión en los sentidos, miedo a enloquecer, sospecha de haberse varado para siempre en una hipersensibilidad molesta. La tierra vuela, entra al colectivo y deshidrata el ambiente, respiro la tierra y llego a sentirle gusto a mundo en decadencia, miro esa cuestión luminosa entre las partículas flotantes en el aire y la poca luz de sol que queda, lo de siempre pero distinto, sigue la advertencia de que algo pasó o de que algo está por pasar y ya está rondando, no sé si como un fantasma o como un aparato, una tecnología emisora de ondas que te atraviesan constantemente y empezás a notarlo.


II

O sea, una paranoia, solamente una paranoia y ni siquiera de las mejores, a base de disciplina, artificial en gran proporción, me pregunto si estoy haciendo un esfuerzo para que no se desvanezca entre el resto de imágenes y cosas audibles que se presentan y son más bien tranquilizadoras: caballos con camperas, botella de plástico que alguien colocó en la parte superior de la esquina de un alambrado campestre de manera que contenga los dos extremos pinchudos amenazantes que de otra forma estarían apuntando hacia la inocencia o la negligencia de las personas, podrían herir a los niños, a los cachorros, a los ancianos. La calle de tierra infinita con su polvareda violenta, romántica, se vuelve entonces tedio y no mucho más, la monotonía reaparece y capaz que no como consecuencia de la actividad mental analítica, me propongo, capaz que todo fue causado por los altibajos de un ciclo hormonal o por un momento en el metabolismo de leve desequilibrio. La cabeza ahora frenada, en una superficialidad que distiende, la tierra volando, entrando al colectivo y deshidratando el ambiente, respiro la tierra y su gusto es a nada. Hay una completa adaptación al contexto, nada conmueve, lo que se escucha es sencillo, aburre, la piel está correctamente seca, inerte, los ojos ni agudos ni torpes, los ojos se limitan a ver, los ojos simplemente ven y, paradójicamente, lo que les toca ver desde esa perspectiva de calma narcótica se vuelve muy complicado. No tan lejos el movimiento humano se percibe descomunal, un patrullero, un vehículo grande negro, su forma recientemente modificada por el impacto con un tercer vehículo, de dos ruedas menos. Marcando un posible límite del posible cuadrado imaginario cuyo centro sería el foco de alteración trágica del paisaje hay algo tirado, tapado con un plástico rojo que queda chico para la magnitud de lo que intenta cubrir, algo que tiene el tamaño de un cadáver. Veo el perfil de un hombre muerto, la tela de su ropa, una mano muy quieta y muy tensa que sobresale en un gesto desesperadamente vital. Doy vuelta la cara con un movimiento bruto y me mareo, me quedo mirando el piso del colectivo, otra vez está espectral.


III

El recorrido habitual dejó de parecer habitual, nunca me preocupó llegar a saber por qué.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

consecuente posición de enfermo mental inmune


Otra vez vio al Gardel de material no humano sentado en su banco, en ese emplazamiento algo ridículo por su cercanía excesiva a la calle, pensó que nunca humanos de material humano elegirían sentarse ahí si no fuera para sacarse foto con el muñeco. No esperaba cruzárselo, el Gardel venía siendo víctima del accionar vandálico deportivo por parte de unos personajes no demasiado salvajes, no demasiado creativos, les reprochaba, con un primer episodio de despojo inocente de su sombrero, y otro más perverso que implicó la mutilación desprolija de una de sus manos. Entonces el Gardel fue retirado para su reparación y se lo vio en las noticias, en primeros planos que hacían pensar que no tenía grandes posibilidades de subsistir, se lo notaba débil, de contextura anciana, casi un títere, incluso alguien sugirió cubrirlo por las noches con una estructura plástica protectora. Fue por esto un poco sorpresiva la presencia del muñeco y se acercó porque sospechaba un refuerzo a su baja solidez, un necesario paliativo a su fragilidad, y ahí estaba, ni muy evidente ni muy creíble para alguien que no conociera con cierto detalle al Gardel previo, notó con satisfacción una capa fina de barniz, brillante al punto de desagradar a cualquiera. Quiso testear el grado de seguridad que le daría al Gardel este nuevo material, primero tocó, después raspó con una uña repetidas veces aumentando gradualmente profundidad y velocidad, siendo su análisis voluntariamente interrumpido cuando vio que un policía se acercaba. Reaccionó saliendo a su encuentro, capaz en un intento inconsciente de alejarse de la posible evidencia. Tuvieron un diálogo en principio pobre, total confusión de uno de los lados, consecuente posición de enfermo mental inmune en el otro, rol que adoptó con espontaneidad y enseguida se propuso llevar al extremo. Se desempeñó con virtuosismo, la cautela justa, la original interacción con los transeúntes indignados que buscaban algún responsable de esta criatura no apta para la circulación normal en una ciudad. El policía no encontraba alternativas a las frases memorizadas años atrás, y las recitaba como un nene de hace cien años a la vez que su cara tomaba un color rosa fuerte que dejaba al descubierto su esencia violenta en general reprimida, emitía sus sonidos nefastos con una tensión cortante en las mandíbulas, con movimientos robóticas en los brazos, la criatura no apta ahora hablándole al Gardel, cantándole un tango que deviene en una música china, bailando un baile chino que deviene en coreografía alocada, lo que testea ahora es algo interno y complejo, se diría que se mide, prueba qué tanto puede desprenderse de su barniz propio, el policía se comunica con otros policías por medio de su aparato negro, después ruge hacia la nada que vienen los refuerzos, saca unas esposas y captura al malviviente.

miércoles, 12 de octubre de 2011

a la buena de dios


Varado a nuestro lado un colectivo coincidente con el nuestro en forma y dimensiones pero ampliamente superior en desperfectos y dejadez. Posicionados ventanilla con ventanilla en un paralelismo perfecto pudimos ver con claridad que un contingente de criaturas antropomórficas comenzaba un descenso indeseado, resignado, del vehículo. Resultó que ese contingente era, más precisamente, de curas. Estuve de acuerdo con quien dijo que nuestro colectivo tendría sus problemas pero al lado del de los curas éramos Gardel, lo dijo y al término emitió una carcajada corta interrogativa por haber alcanzado justo en ese instante el entendimiento de una incongruencia que venía analizando a nivel inconsciente, venía sospechando y a la vez diseccionando esa sospecha sin saberlo y por eso su mirada no se sostenía en nuestra dirección si no que se desviaba desde nosotros hacia el parabrisas del colectivo de los curas para después volver hacia nosotros en un acto sí dirigido por la voluntad enseguida vencido por la tendencia autómata al parabrisas, otra vez, como imantada, sin razón aparente hasta que se llegó a la interpretación: la verdad era que en el colectivo de los curas no había ningún parabrisas. Tampoco señales que indicaran que el parabrisas podría haber estado ahí minutos atrás, horas atrás, meses atrás. A dónde, a qué iban, en un avance bruto con algo de impúdico, a la buena de Dios, nosotros éramos, sin duda, Gardel, y estábamos convencidos de que nuestro viaje se iba a reanudar inminentemente y en cambio el de los curas se iba a suspender dejándolos en ese limbo terrible que era el ente de control en que Dios quiso que nuestros colectivos estacionaran en paralelo en mitad de un viaje que en nuestro caso venía siendo pacífico, aburrido, hasta el momento en que los dos uniformados aparecieron y nos frenaron. Lo primero que pasó fue que uno de ellos intercambió unas palabras con nuestro conductor, y el otro, de ojo analítico, intercambió unas miradas con nuestro colectivo, como si se estuviera dando una comunicación profunda entre ellos, realmente mutua. Después nos redirigieron a una zona que ya no era el costado de la ruta si no las entrañas mismas de un lugar edificado sin identidad, sin particularidades, ubicado en el medio de la nada y casi invisible desde afuera. Resultó que nuestro colectivo estaba en infracción leve, un deterioro que había sabido permanecer encubierto pero afloró sin resistencia ante el ojo analítico del uniformado, sobresaliente en su labor. El conductor fue llevado hacia una construcción chica y ruinosa, vimos que atravesó una puerta que se cerró sin misterio y para nosotros empezó una espera onírica, demasiado corta o demasiado larga, y cuando del triste recinto salieron el conductor y personajes nuevos que se habían sumado sigilosamente a lo largo del sueño corto y largo y nos comunicaron que reanudábamos el viaje fue más onírico todavía. Para muchos casi una mala noticia, se interrumpía el seguimiento minucioso de la situación de los curas, que se ponía tensa, hasta había un enviado medio amarillo debo decir que recopilaba información y nos la hacía llegar sin disimulo, mientras yo contemplaba de lleno la miseria de uno de los curas, que miraba abatido y desde afuera de la realidad cómo se sucedían los hechos. Pero el viaje se retomó y llegamos a la ciudad y no me acuerdo de que algo notable haya pasado en ese trayecto de vuelta, esto fue hace muchos años, y nunca supimos el destino de los curas.

domingo, 21 de agosto de 2011

una repetición incansable de siempre lo mismo

Mira las otras mesas y después la pared, después la ventana grande, detalles del paisaje urbano medio agitado a esa hora, después la pantalla plana estática allá arriba, fácil. Ahí para, ahí extrañamente decide que puede descansar la vista. Mira con total desinterés al grupo de gente que lleva carteles con la foto de alguien. Un rostro anónimo repetido en unos cuantos carteles, también en remeras. Una cara normal, que ya no existe en su formato vivo, sonríe desde fotocopia color o estampado gomoso entre otras caras normales que se quejan a los gritos o haciendo un silencio fruncido que quiere intimidar. Una señora llora, habla y llora, quiebra en llanto y en habla inconexa. No puede escuchar lo que dice, en vez del audio correspondiente hay un jazz con reminiscencias tropicales que no logra darse cuenta de dónde sale. Se distrae y reinicia el movimiento ocular más o menos azaroso, mira las otras mesas, después a una mujer y después el monitor de la notebook de la mujer, otra pantalla que difícilmente podría contribuir al descanso de su vista. Pero de nuevo lo mismo, ahí para, agudiza sus sentidos y alcanza a entender que la mujer lee un mail que habla de un chico que desapareció. Otra cara sonriente en un cuerpo con ropa normal, gorra roja, una foto en la que juega con un perro grande. El texto que acompaña fue escrito para conmover y también para activar: se pide que no te quedes de brazos cruzados, se pide justicia. Texto mal escrito para conmover, contradictorio y tristemente gracioso, hay un chico que juega con su perro y abajo un texto sintomático que termina hablando de dios. Mira a la mujer que pone reenviar, mira con todo el disimulo que le es posible a la mujer que pone reenviar y a la vez inicia lo que parece un llanto silencioso, se fascina con la actitud, se compara. Piensa en anticuerpos, en grados de inmunidad, piensa en el vacío inllenable que queda entre esa mujer llorosa que reenvía y las caras sonrientes de unos chicos que mataron y ahora empapelan la urbe, se repiten en distintas calles céntricas, toman un color amarillento, se van poniendo olvidables. Piensa en anticuerpos, piensa en sus pensamientos y con tristeza admite la primera insinuación del camino que van tomando: el cálculo, la conclusión y la segunda conclusión más abarcativa, más ambiciosa y se diría poética, que siempre es la misma y tiene que ver con sus ideas pesimistas sobre el mundo y, concretamente, sobre la mediocridad de las personas que lo habitan. Mira a la mujer que reenviaba, ahora toma sprite de un vaso largo, desentendida de su computadora, con la atención puesta en algo que pasa en la calle. Mira sus ojos todavía acuosos, piensa en anticuerpos y siente el zumbido mental del cálculo en curso, infrenable, como una verdadera máquina hecha de materiales sólidos, pesados. Es frustrante. Mira a la mujer y quiere ser ella. En serio quiere ser ella, alimenta un poco eso y llega a sentir una necesidad impostergable y acalorada de ser ella. Pero se aterra y como toda reacción pide la cuenta. Mira las otras mesas y después la pared, después la ventana y sin querer se adentra en el paisaje, en una repetición incansable de siempre lo mismo.

sábado, 21 de mayo de 2011

menesteres de jardinería


Había complejidad tanto en el dolor que sentía en su espalda como en la manera que tenía de recibirlo. Parecía haber adherido a una aceptación de los malestares, no completamente ingenua, que implicaba un giro con algo de novedoso, accediendo su actitud a otro nivel de profundidad. Un giro que estaba resultando problemático al momento de explicarlo, de predicarlo. Lo que empezó como comentario fue cristalizando en discusión y los presentes, en reacción automática, se disputaron sus roles. La descripción de la aceptación del dolor se hizo ambiciosa, surgieron analogías rebuscadas primero, después comparaciones eternas en que los presentes enumeraban afecciones propias y sus respectivas aceptaciones postulándolas como posibles miembros de esa categoría recientemente creada, defendiéndolas ante un jurado cada vez más despiadado. Hubo quien estiró la discusión en otras direcciones, haciendo crecer unas ramas que otro consideró intrusas y al instante procedió a podar, el ejercicio se repitió y las sucesivas podas se fueron acompañando además por unas semillas nuevas que el podador paradójicamente intentaba infiltrar en la tierra removida. Viendo amenazada la temática inicial por estos menesteres de jardinería dolor de espalda quiso proponer, con su tono desacomodado de haber perdido la calma, que ahora entonces habría que discutir sobre cómo se debe discutir. Presa de sus hábitos contracturados hizo sonar su proposición más a aclaración soberbia, como si los demás necesitaran advertencias, los demás como dolor de ojos y dolor de hueso de pierna, que ya estaban inmersos en esa otra discusión sin tener que ir considerando y analizando estos cambios de rumbo y anotarlos en algún tipo de acta. Pero dolor de espalda, incapaz de percibir las fluctuaciones naturales de su contexto, dejaba aflorar una vez más sus intenciones siempre latentes y algo patológicas de poner sobre la mesa toda su sarta de pulcras deducciones acerca de, en este caso, cómo se debe discutir. Sus deducciones y demás construcciones trabajadas en secreto, celosamente guardadas en su cráneo blindado, que ahora encontraba legal, oportuno, encontraba correcto escupir embebidas en esa baba característica que usa para unir sus cosas y lanzarlas en actitud atacante. Sin poder ver que dolor de ojos se sabía impermeable a todo tipo de razonamiento lógico baboso, y en su creatividad infantil seguía emanando ramas, cada vez más desproporcionadas, cada vez más necesitadas de esa cinta adhesiva ancha que queda muy desprolija, varias vueltas de esa cinta adhesiva ancha para que sus ramas no cayeran al vacío. Y dolor de hueso de pierna al principio también adhería a sus propias reglas, que juntas constituían una mezcla ecléctica que oscilaba entre la debilidad y la fortaleza, el derrumbe completo y la ofensiva fulminante, en principio hacía eso pero después se contentó con mirar el paisaje, con sacar unas fotos y ponerles rótulos con la idea de que ese material ilustrativo en algún momento le fuera de utilidad en cuestiones prácticas de la vida. Después se dio un intercambio de roles, también una especie de alianza momentánea, y por último una aceptación generalizada, no completamente ingenua, de que todo se había vuelto por demás doloroso y subjetivo, frustrante y también, al final, olvidable.

jueves, 21 de abril de 2011

sectores enrojecidos en disposición azarosa

Los ojos le ardían. Escuchó el griterío de chicos jugando y advirtió que algunos se hamacaban violentamente. Los miró y sin proponérselo imaginó la caída de uno de ellos, y la consecuente ruptura de su pequeña nuca. Pulió la imagen, ubicó cada detalle visualizable en el lugar justo, y lo hizo con total naturalidad, sin los reproches de otras épocas. Incluso continuó el episodio en una historia absurda en la ambulancia que tuvo que terminar en seco cuando el trabajo mental que implicaba crear empezó a ser desgastante. Se sentó en un banco, a la sombra. Cerca las madres de los chicos conversaban, parecían desentendidas de las actividades de sus críos pero a intervalos regulares dirigían miradas robóticas hacia el sector hamacas, en su inevitable programación maternal. Dedicó una pequeña reflexión a esta manera que tiene el humano de parecer legítimo dentro del reino animal, al lado de los demás mamíferos peludos y orejones. Tras sus lentes oscuros los ojos le ardían más, recordó mirarse al espejo esa mañana y por primera vez reconocer a nivel del todo conciente una afección que desde hacía unas semanas amagaba con volvérsele estable. En ese momento le había puesto el nombre humorístico de habilidad, en un arranque inusitado de tomar lo malo con un optimismo atontante. Pero la verdad era que en la superficie blanca de sus ojos se formaban sectores enrojecidos en disposición azarosa y según un patrón temporal todavía no descubierto pero sí ahora sospechado. Nunca consultaría a un médico por esto, tampoco por tantas otras cuestiones. En su última visita al dermatólogo, que era un profesional permitido por la gravedad de sus síntomas cutáneos, se le había recetado psicólogo o yoga. La decepción de esa vez había tocado algún límite y nunca volvería a pedir un turno al dermatólogo. Estaba claro, nunca practicaría yoga ni iría a un psicólogo, nunca consultaría a un médico por la nueva habilidad de sus ojos y nunca volvería al dermatólogo. Pero esa tarde de día feriado había un excedente perturbador, esa tarde sabía que esos nunca estaban ahí más bien por tradición, o por dar algún tipo de seguridad, y sabía también que tenían su origen en un barro pseudogenético muy miserable que, por supuesto, nunca revolvería. La lucidez empezó a molestarle mucho más que la condición nueva de sus ojos, que pasó a un segundo plano lejano y olvidado, y entonces volvió a ver sin esforzarse. Miró el cielo amarronado y se sacó los lentes, era de un celeste perfecto. Notó también que el verde del pasto tenía su cosa idílica, de hecho a donde mirara había un brillo especial y se dejó embelesar, el sol parecía haber perdido su poder lacerante. Pasó trotando una mujer de traje impecablemente deportivo, en su cara se leía la concentración en superar el malestar autoinfligido. Lo raro era el papel que llevaba en la mano izquierda. Sin mirarlo lo sostenía más o menos en alto, obligándose a reducir al mínimo el movimiento del brazo implicado, y parecía no cumplir ninguna función. Ese detalle de rareza en ese paisaje tan resplandeciente hizo que se sintiera todavía mejor. Le arrebató la paz un alarido bestial de madre: uno de los chicos había caído de la hamaca. Desde ahí no se veía sangre.

lunes, 28 de marzo de 2011

lo relativo del alma humana

El cerrajero trabaja en la puerta de la casa amarilla y blanca que le decimos el vaticano. De rodillas mira trágico sus herramientas, en actitud de contener la ira. Al llegar el vecino de la obsesión con las plantas con su candor habitual no puede evitar hacerlo partícipe de su miseria. Quiere enterarlo de que las cosas van mal, quiere enterarlo sin querer pero le sale muy queriendo. Inicia su comentario venenoso a un volumen de secreto, el hecho de que al de las plantas sólo le lleguen retazos agrega una tensión extra. Habla con vocabulario estrictamente técnico, un problema de nombres de metales y precios, y se enciende particularmente al momento de involucrar al habitante del vaticano en la complejidad ridícula del conflicto. En principio lo culpa de una distracción más o menos inocente, después la incriminación va a evolucionar a negligencia grave para terminar prácticamente en complot extraterrestre. El de las plantas lo escucha más nervioso que intrigado y oscila entre sonrisa falsa y mirada perdida al horizonte, también falsa. El cerrajero continúa, intenta ahora cambiar la perspectiva de su problema, desmenuzar la situación a su manera, más bien destriparla. Toma el lugar del habitante, ensaya una empatía dudosa y piensa con la cabeza del habitante al punto de mutarle la voz a un sonido infrahumano. Se va en direcciones oscuras que asustan al de las plantas lo suficiente como para que improvise una frase amable de retirada y entre a su hogar, contiguo al vaticano. Cierra bien rápido la puerta y tarda siete segundos en prender la luz. Después de tal descargo el cerrajero decide que es el fin de su jornada y junta las herramientas. Hace ruidos fuertes, de provocación, como testeando sus límites de ser un reprimido. Al día siguiente el sol brilla insidioso y el de las plantas hace su salida matutina con un entusiasmo que de golpe se le vuelve endeble, para él no es una opción desentenderse del temprano cerrajero y sus posibles complicaciones. Endurece su cara y saluda, para su sorpresa, a un ser humano renovado que le explica que la suerte dio un giro. Con el mismo tono grisáceo de sus comentarios venenosos ahora intenta un despliegue de bendiciones que de todas formas suena al tipo de barbaridades que ayer trataba de no decir del todo, una escena siempre triste ver en bruto lo relativo del alma humana. Sospechosamente oportuno el habitante del vaticano entra en escena con un paquete de metales benignos recién adquiridos para el cerrajero. Se genera entre ellos una luminosidad, una conexión fraternal tal vez excesiva y el de las plantas se siente turbado. Él es neurofisiólogo, y no sabe si sentirse contagiado o no. En verdad piensa que es una decisión que debe tomar. Lejos de fluirle la energía positiva circunstancial como a esta gente relativa de su vecindad el neurofisiólogo se debate internamente y en su cara no hay nada. En su mano hay regadera y decide mejor ocuparse de sus criaturas verdes con el esmero de siempre. Por esta vez frunce su ceño un poco más, actuando mal un énfasis en su ensimismamiento.

domingo, 27 de febrero de 2011

retroalimentación positiva de delación

Tenía camisa blanca y corbata negra con detalle presuntuoso brillante como su guitarra. Tenía un vendaje en el dedo meñique de la mano derecha que caería al décimo rasguido de su primer tema, sin que por esto alterara el curso de su poesía indigerible. Hay quien afirma que el vendaje habría sido voluntariamente arrojado sobre el público. La noche era fresca y llovían enormes cantidades de un líquido de composición dudosa, pero la escena puertas adentro competía con cualquier clima adverso lo suficientemente bien como para que varios de los presentes se retiraran desesperados. Muchos no tuvimos la suerte de ese impulso y en cambio sufrimos un episodio de inmovilización y aturdimiento auditivopsicológico que nos dejó sentados en nuestros lugares no pudiendo hacer otra cosa que un esfuerzo agudo por mantener la compostura, incluso cayeron en el cuadro aquellos para los que la compostura y su mantenimiento nunca fue tema de preocupación. Es que habíamos entendido al instante el grado de monstruosidad, el potencial destructivo escondido bajo el aspecto no del todo antropomórfico del cantautor. La manera en que la transpiración se acumulaba en gotas sobre su cara era tal vez el primer indicio. Subyugados nos aferramos principalmente a la contemplación de la tormenta a través de las ventanas, nuestros ojos buscaban perderse en la lejanía pero todo estaba muy cerca o muy interceptado y ningún punto en la superficie de ese espacio físico servía de apoyo para fingir un estado meditativo. No fue posible evitar que nuestras miradas empezaran a cruzarse en una retroalimentación positiva de delación, algo paranoica al principio, más relajada y sostenida al ir entendiendo que el cantautor jamás notaría la perturbación de su público. Se llegó al punto en que alguien se permitió una carcajada grave, maliciosa, que en unos pocos segundos se diseminó como epidemia para terminar siendo solamente una más en el enredo de risas múltiples. Así fue que la impermeabilidad inicial del cantautor descubrió su límite, quebrándose su estado de ensoñación de una sola vez y con cierta violencia. Cesaron su voz y guitarra, paseó una mirada amenazante por caras de ojos que se volvían esquivos casi sin excepción, y dijo, simplemente, que el público estaba lleno de monstruos. Dejó el instrumento en equilibrio ridículo sobre una banqueta, se dirigió a la puerta y salió, perdiéndose en la densidad de la tormenta. Adentro el silencio permaneció intacto hasta caer la guitarra y surgir de ella una serie de sonidos diabólicos. Hay quien afirma haber visto al cantautor monstruo a través de la ventana con los brazos abiertos, recibiendo la lluvia, emitiendo un canto de palabras incomprensibles.

domingo, 20 de febrero de 2011

desperfectos técnicos inmemoriales

Su ubicación privilegiada le permitía ver que abajo del sofá había dos monedas de un peso. Descansó ahí su vista, le estaba siendo difícil mirar las caras de sus congéneres sentados en frente, pensó que ellos podían ver lo que había abajo de su propio sillón individual. Sofá y sillón, hermanos violetas los dos nacidos en década remota, sus patitas de madera dejaban un espacio saludable entre piso y mueble en que las monedas de un peso eran altamente visibles y podían producir destellos importantes al ser alcanzadas por luces de velador. Propiedad todo de tía abuela o algún equivalente, supuso. Subió la mirada y se esforzó en escuchar lo que se hablaba pero una vez más su atención se desvió, un mosquito empezó a sobrevolar su cabeza, su oreja, hizo el zumbido de insecto nocturno que él no puede evitar asociar con el insomnio. Después apareció el perro gris, blanco en sus épocas de oro, que inició una carrera con movimientos desencajados como un monstruito sin esperanza de vida. Era inútil, con estímulos de ese tipo nunca podría concentrarse en el contexto. No conocía casi a las personas que festejaban ahí un cumpleaños, solamente a quienes lo habían llevado sin darle demasiada información, y empezaba a sentirse autista y a hacerse problema por lo que podría generar su autismo en ese feliz cumpleaños tan ajeno, comiendo pizza tan ajena y aportando nada. Cuando pudo preguntó dónde estaba el baño y resultó que para llegar a ese destino básico había que adentrarse en la inmensidad de la casa de efectivamente tía abuela, y era imposible llegar solo, tendrían que acompañarlo sobrino y perro gris. Atravesaron una puerta y la cerraron, quedando desentendidos completamente de la realidad del cumpleaños para entrar a otra de pasillos oscuros en que desperfectos técnicos inmemoriales hacían imposible iluminar el camino. “No te preocupes, la luz del baño anda”, le dijo sobrino con una sonrisa ida, y cuando llegaron la prendió y preguntó si era capaz de volver solo. Él dijo que sí porque era mejor opción perderse a que sobrino se quedara merodeando cerca suyo con su altura y sonrisa intimidantes. Cuando fue momento de ingresar en el sistema de pasillos oscuros él notó que no tenía idea de qué dirección tomar, y vagó al azar con creciente terror y entusiasmo. Había muy cerca una tía abuela durmiendo profundamente, podía escuchar su respiración pausada y arrítmica, y por más que agudizara la audición nada remitía al cumpleaños. Estuvo caminando sin noción del tiempo y ya sin miedo, evolucionado a un estado de armonía con ese paisaje. Sus ojos viraron a un formato nuevo que le permitía percibir formas, tuvo que dejar de moverse y sentarse en el suelo para vivir a pleno el embelesamiento. Una forma en particular lo tomó por sorpresa a unos metros sobre la pared. La forma habló, “vine a buscarte”, era sobrino, y caminaron de vuelta sin necesidad de explicaciones extra por parte de ninguno de los dos. Cuando pasaron la puerta que daba a la reunión se toparon con el contraste de una situación bien concreta, todos buscaban cambio en sus bolsillos y billeteras, dos pesos que nadie tenía y eran indispensables para pagar con precisión un delivery clandestino sin tener que recurrir a fórmulas demasiado complejas para esa altura de la noche. Entonces él habló por primera vez, de hecho casi gritó que había dos pesos abajo del sofá. Y todo se volvió mucho más raro.

viernes, 4 de febrero de 2011

cómo es ceder en pos de un trato armonioso para con los otros

Esa noche del asado en lo de tu prima sé que deseaste fervorosamente mi muerte.

Te agarraste una amargura sin fin, la repasabas todos los días terminando a veces en un llanto de bronca o en una enumeración mental de venganzas sutiles, ineficientes, que buscabas concretar para castigarme a diario.

Pero el tiempo transcurrió, la memoria transcurrió, dejaste de lustrar tus pensamientos tan definitivos, dejaste de pulirlos y se desvanecieron. O peor, se redujeron a recuerdos semigraciosos. A donde había incendio forestal crecieron unos pastos saludables sin sentido.

Y fue pensando en esos pastos, tratando de explicar sus raíces, su semilla, que en la verdulería te dieron una bolsa de verduras confundidas y decidiste tomártelo como una señal. Reconozco que era fácil en aquel contexto vegetal. Y te dijiste: esto ya lo viví, te dijiste: esto es una analogía de nuestros intercambios de ideas. Y en un esfuerzo sobrehumano asumiste una actitud de dejarte convencer, quisiste darles una oportunidad a esas verduras, diseñaste una simulación culposa de cómo es ceder en pos de un trato armonioso para con los otros. Decidiste castigarte y cocinar una comida errónea en nuestro honor, y eso fue exactamente lo que hiciste.

En tu boca los pedazos de la preparación duraban, tu lengua recorría mecánicamente toda su textura, que era especialmente áspera. Cada bocado tenía un significado especial como de ritual macabro, de práctica vudú que se iba poniendo bastante vergonzosa hacia el final. Se iba volviendo nada más que un tanteo de la desesperación propia, de la miseria autoproporcionada. Otro remedio que fracasa.

En un intento de cerrar el episodio te serviste de postre un whisky. Perdiéndote en tu típica cavilación alcohólica dudaste de la validez del malentendido, de su real importancia. Con malestar mediste el grado de soberbia necesario para que una persona se maneje así en la vida, encontrando señales en las verdulerías y haciéndose excéntrico cargo de ellas.

Era mejor, capaz, que todo quedara en unas verduras confundidas más bien anecdóticas, risibles. Bolsas que no preocupen a nadie, que pasen desapercibidas y ni siquiera sea condición conocer su contenido. Ahí están las verduras y es irrelevante si son las necesarias, las que fuiste a buscar, la papa y la cebolla concretas y sencillas, es irrelevante o más bien es perturbador sí saberlo, creer saberlo, se trata de conocimientos que no colaboran con el debido fluir de los malentendidos no entendidos como tales. Lo que podría significar un blanqueo generalizado de los problemas de comunicación de la humanidad, y sus consecuencias devastadoras.

Para este punto tu experimento se sabía fallido, en triste fase terminal, imposible de volverse útil. Otro remedio que fracasa.

miércoles, 26 de enero de 2011

primer signo de terror nocturno

En su azucarera viven hormigas. Pueden verse en número de tres a seis al momento de retirar la tapa plástica del objeto y no por mucho tiempo más, se diría que los insectos se adentran automáticamente en la masa de sustancia al percibir la luz. Cuando agrega cuatro cucharadas de azúcar a cada uno de sus cuatro cafés con leche diarios procura evitar la infiltración de hormigas al interior de la taza. Se propone un estado de concentración, de alerta, y deja caer el azúcar muy despacio y desde muy arriba para poder llevar un registro detallado mientras dure el paso del contenido de la cuchara a su recipiente destino. Sin proponérselo desarrolló una necesidad ansiosa de perfeccionar el ejercicio y el azúcar es tirada cada vez desde mayor altura y con mayor lentitud. Así el sonido acompañante sufrió una suerte de especialización, se empezó a notar su particularidad y cobró importancia al punto de llegar a funcionar como indicador de calidad de la maniobra. Fue cuando agregaba la cuarta cucharada de azúcar a su cuarto café con leche de ese día que se percató realmente de lo ridículo de la escena. Siendo las cuatro am no debería sorprender un arrebato leve de lucidez, estando en una casa tan grande y sin otros habitantes, en medio de unas vacaciones insoportables sin otra cosa más que tiempo libre corrosivo, nada debería sorprender demasiado. Subió las escaleras llevando su café culposo y tratando de contener un primer signo de terror nocturno. Últimamente duerme mejor de día, a la noche sufre de un miedo absurdo a cosas que sabe que no existen. Entró a su habitación y notó un perfume tenue que conocía pero no correspondía al contexto, un perfume de hombre, de un hombre en particular, pero no podía acordarse quién. En un acto tal vez de negación, de posponer un enfrentamiento obligado, dejó el café en el escritorio y se acomodó en la silla en su pose retorcida habitual. Retomó el dibujo que el día anterior había dejado a medias, no el que estaba haciendo desde hacía un par de horas atrás, no el verde y violeta, sí el rojo y negro. Pero una nueva ráfaga perfumada entró penetrante y desencadenó una serie de eventos químicos en su sistema nervioso, el olfato podrá ser un sentido primitivo, muy reducido en la especie humana, pero todavía conserva conexiones y poder inesperados. Así es que no pudo seguir siendo indiferente a las circunstancias, miró de golpe hacia la puerta ventana a su izquierda abierta hasta el tope, y no vio nada perturbador. La noche, el patio de la terraza con alguna ropa tendida, la medianera y alguna ropa tendida del vecino. La percepción se le hizo aguda en general y creyó entonces recordar que esa situación ya la había vivido, el mismo olor en el aire ayer o anteayer o no, varios días atrás, el mismo olor casi imperceptible en esa otra ocasión ahora cobraba una intensidad preocupante. Volvió al dibujo por prudencia, decidió comportarse como si alguien estuviera observando. Por eso sus movimientos se volvieron poco creíbles, tan medidos como torpes, y no los pudo soportar más. Con cierto descontrol se paró y cerró la persiana a toda velocidad, odiando el ruido producido y latiéndole el corazón histéricamente. Después se sentó y repasó en su mente la serie de debidos cierres efectuados de todas las ventana, puertas y demás aberturas de la casa. Fue recuperando su ritmo cardíaco normal y mecánicamente empezó a revolver el café. Vio que adentro de la taza flotaba una hormiga muerta.