miércoles, 26 de enero de 2011

primer signo de terror nocturno

En su azucarera viven hormigas. Pueden verse en número de tres a seis al momento de retirar la tapa plástica del objeto y no por mucho tiempo más, se diría que los insectos se adentran automáticamente en la masa de sustancia al percibir la luz. Cuando agrega cuatro cucharadas de azúcar a cada uno de sus cuatro cafés con leche diarios procura evitar la infiltración de hormigas al interior de la taza. Se propone un estado de concentración, de alerta, y deja caer el azúcar muy despacio y desde muy arriba para poder llevar un registro detallado mientras dure el paso del contenido de la cuchara a su recipiente destino. Sin proponérselo desarrolló una necesidad ansiosa de perfeccionar el ejercicio y el azúcar es tirada cada vez desde mayor altura y con mayor lentitud. Así el sonido acompañante sufrió una suerte de especialización, se empezó a notar su particularidad y cobró importancia al punto de llegar a funcionar como indicador de calidad de la maniobra. Fue cuando agregaba la cuarta cucharada de azúcar a su cuarto café con leche de ese día que se percató realmente de lo ridículo de la escena. Siendo las cuatro am no debería sorprender un arrebato leve de lucidez, estando en una casa tan grande y sin otros habitantes, en medio de unas vacaciones insoportables sin otra cosa más que tiempo libre corrosivo, nada debería sorprender demasiado. Subió las escaleras llevando su café culposo y tratando de contener un primer signo de terror nocturno. Últimamente duerme mejor de día, a la noche sufre de un miedo absurdo a cosas que sabe que no existen. Entró a su habitación y notó un perfume tenue que conocía pero no correspondía al contexto, un perfume de hombre, de un hombre en particular, pero no podía acordarse quién. En un acto tal vez de negación, de posponer un enfrentamiento obligado, dejó el café en el escritorio y se acomodó en la silla en su pose retorcida habitual. Retomó el dibujo que el día anterior había dejado a medias, no el que estaba haciendo desde hacía un par de horas atrás, no el verde y violeta, sí el rojo y negro. Pero una nueva ráfaga perfumada entró penetrante y desencadenó una serie de eventos químicos en su sistema nervioso, el olfato podrá ser un sentido primitivo, muy reducido en la especie humana, pero todavía conserva conexiones y poder inesperados. Así es que no pudo seguir siendo indiferente a las circunstancias, miró de golpe hacia la puerta ventana a su izquierda abierta hasta el tope, y no vio nada perturbador. La noche, el patio de la terraza con alguna ropa tendida, la medianera y alguna ropa tendida del vecino. La percepción se le hizo aguda en general y creyó entonces recordar que esa situación ya la había vivido, el mismo olor en el aire ayer o anteayer o no, varios días atrás, el mismo olor casi imperceptible en esa otra ocasión ahora cobraba una intensidad preocupante. Volvió al dibujo por prudencia, decidió comportarse como si alguien estuviera observando. Por eso sus movimientos se volvieron poco creíbles, tan medidos como torpes, y no los pudo soportar más. Con cierto descontrol se paró y cerró la persiana a toda velocidad, odiando el ruido producido y latiéndole el corazón histéricamente. Después se sentó y repasó en su mente la serie de debidos cierres efectuados de todas las ventana, puertas y demás aberturas de la casa. Fue recuperando su ritmo cardíaco normal y mecánicamente empezó a revolver el café. Vio que adentro de la taza flotaba una hormiga muerta.