domingo, 27 de febrero de 2011

retroalimentación positiva de delación

Tenía camisa blanca y corbata negra con detalle presuntuoso brillante como su guitarra. Tenía un vendaje en el dedo meñique de la mano derecha que caería al décimo rasguido de su primer tema, sin que por esto alterara el curso de su poesía indigerible. Hay quien afirma que el vendaje habría sido voluntariamente arrojado sobre el público. La noche era fresca y llovían enormes cantidades de un líquido de composición dudosa, pero la escena puertas adentro competía con cualquier clima adverso lo suficientemente bien como para que varios de los presentes se retiraran desesperados. Muchos no tuvimos la suerte de ese impulso y en cambio sufrimos un episodio de inmovilización y aturdimiento auditivopsicológico que nos dejó sentados en nuestros lugares no pudiendo hacer otra cosa que un esfuerzo agudo por mantener la compostura, incluso cayeron en el cuadro aquellos para los que la compostura y su mantenimiento nunca fue tema de preocupación. Es que habíamos entendido al instante el grado de monstruosidad, el potencial destructivo escondido bajo el aspecto no del todo antropomórfico del cantautor. La manera en que la transpiración se acumulaba en gotas sobre su cara era tal vez el primer indicio. Subyugados nos aferramos principalmente a la contemplación de la tormenta a través de las ventanas, nuestros ojos buscaban perderse en la lejanía pero todo estaba muy cerca o muy interceptado y ningún punto en la superficie de ese espacio físico servía de apoyo para fingir un estado meditativo. No fue posible evitar que nuestras miradas empezaran a cruzarse en una retroalimentación positiva de delación, algo paranoica al principio, más relajada y sostenida al ir entendiendo que el cantautor jamás notaría la perturbación de su público. Se llegó al punto en que alguien se permitió una carcajada grave, maliciosa, que en unos pocos segundos se diseminó como epidemia para terminar siendo solamente una más en el enredo de risas múltiples. Así fue que la impermeabilidad inicial del cantautor descubrió su límite, quebrándose su estado de ensoñación de una sola vez y con cierta violencia. Cesaron su voz y guitarra, paseó una mirada amenazante por caras de ojos que se volvían esquivos casi sin excepción, y dijo, simplemente, que el público estaba lleno de monstruos. Dejó el instrumento en equilibrio ridículo sobre una banqueta, se dirigió a la puerta y salió, perdiéndose en la densidad de la tormenta. Adentro el silencio permaneció intacto hasta caer la guitarra y surgir de ella una serie de sonidos diabólicos. Hay quien afirma haber visto al cantautor monstruo a través de la ventana con los brazos abiertos, recibiendo la lluvia, emitiendo un canto de palabras incomprensibles.

domingo, 20 de febrero de 2011

desperfectos técnicos inmemoriales

Su ubicación privilegiada le permitía ver que abajo del sofá había dos monedas de un peso. Descansó ahí su vista, le estaba siendo difícil mirar las caras de sus congéneres sentados en frente, pensó que ellos podían ver lo que había abajo de su propio sillón individual. Sofá y sillón, hermanos violetas los dos nacidos en década remota, sus patitas de madera dejaban un espacio saludable entre piso y mueble en que las monedas de un peso eran altamente visibles y podían producir destellos importantes al ser alcanzadas por luces de velador. Propiedad todo de tía abuela o algún equivalente, supuso. Subió la mirada y se esforzó en escuchar lo que se hablaba pero una vez más su atención se desvió, un mosquito empezó a sobrevolar su cabeza, su oreja, hizo el zumbido de insecto nocturno que él no puede evitar asociar con el insomnio. Después apareció el perro gris, blanco en sus épocas de oro, que inició una carrera con movimientos desencajados como un monstruito sin esperanza de vida. Era inútil, con estímulos de ese tipo nunca podría concentrarse en el contexto. No conocía casi a las personas que festejaban ahí un cumpleaños, solamente a quienes lo habían llevado sin darle demasiada información, y empezaba a sentirse autista y a hacerse problema por lo que podría generar su autismo en ese feliz cumpleaños tan ajeno, comiendo pizza tan ajena y aportando nada. Cuando pudo preguntó dónde estaba el baño y resultó que para llegar a ese destino básico había que adentrarse en la inmensidad de la casa de efectivamente tía abuela, y era imposible llegar solo, tendrían que acompañarlo sobrino y perro gris. Atravesaron una puerta y la cerraron, quedando desentendidos completamente de la realidad del cumpleaños para entrar a otra de pasillos oscuros en que desperfectos técnicos inmemoriales hacían imposible iluminar el camino. “No te preocupes, la luz del baño anda”, le dijo sobrino con una sonrisa ida, y cuando llegaron la prendió y preguntó si era capaz de volver solo. Él dijo que sí porque era mejor opción perderse a que sobrino se quedara merodeando cerca suyo con su altura y sonrisa intimidantes. Cuando fue momento de ingresar en el sistema de pasillos oscuros él notó que no tenía idea de qué dirección tomar, y vagó al azar con creciente terror y entusiasmo. Había muy cerca una tía abuela durmiendo profundamente, podía escuchar su respiración pausada y arrítmica, y por más que agudizara la audición nada remitía al cumpleaños. Estuvo caminando sin noción del tiempo y ya sin miedo, evolucionado a un estado de armonía con ese paisaje. Sus ojos viraron a un formato nuevo que le permitía percibir formas, tuvo que dejar de moverse y sentarse en el suelo para vivir a pleno el embelesamiento. Una forma en particular lo tomó por sorpresa a unos metros sobre la pared. La forma habló, “vine a buscarte”, era sobrino, y caminaron de vuelta sin necesidad de explicaciones extra por parte de ninguno de los dos. Cuando pasaron la puerta que daba a la reunión se toparon con el contraste de una situación bien concreta, todos buscaban cambio en sus bolsillos y billeteras, dos pesos que nadie tenía y eran indispensables para pagar con precisión un delivery clandestino sin tener que recurrir a fórmulas demasiado complejas para esa altura de la noche. Entonces él habló por primera vez, de hecho casi gritó que había dos pesos abajo del sofá. Y todo se volvió mucho más raro.

viernes, 4 de febrero de 2011

cómo es ceder en pos de un trato armonioso para con los otros

Esa noche del asado en lo de tu prima sé que deseaste fervorosamente mi muerte.

Te agarraste una amargura sin fin, la repasabas todos los días terminando a veces en un llanto de bronca o en una enumeración mental de venganzas sutiles, ineficientes, que buscabas concretar para castigarme a diario.

Pero el tiempo transcurrió, la memoria transcurrió, dejaste de lustrar tus pensamientos tan definitivos, dejaste de pulirlos y se desvanecieron. O peor, se redujeron a recuerdos semigraciosos. A donde había incendio forestal crecieron unos pastos saludables sin sentido.

Y fue pensando en esos pastos, tratando de explicar sus raíces, su semilla, que en la verdulería te dieron una bolsa de verduras confundidas y decidiste tomártelo como una señal. Reconozco que era fácil en aquel contexto vegetal. Y te dijiste: esto ya lo viví, te dijiste: esto es una analogía de nuestros intercambios de ideas. Y en un esfuerzo sobrehumano asumiste una actitud de dejarte convencer, quisiste darles una oportunidad a esas verduras, diseñaste una simulación culposa de cómo es ceder en pos de un trato armonioso para con los otros. Decidiste castigarte y cocinar una comida errónea en nuestro honor, y eso fue exactamente lo que hiciste.

En tu boca los pedazos de la preparación duraban, tu lengua recorría mecánicamente toda su textura, que era especialmente áspera. Cada bocado tenía un significado especial como de ritual macabro, de práctica vudú que se iba poniendo bastante vergonzosa hacia el final. Se iba volviendo nada más que un tanteo de la desesperación propia, de la miseria autoproporcionada. Otro remedio que fracasa.

En un intento de cerrar el episodio te serviste de postre un whisky. Perdiéndote en tu típica cavilación alcohólica dudaste de la validez del malentendido, de su real importancia. Con malestar mediste el grado de soberbia necesario para que una persona se maneje así en la vida, encontrando señales en las verdulerías y haciéndose excéntrico cargo de ellas.

Era mejor, capaz, que todo quedara en unas verduras confundidas más bien anecdóticas, risibles. Bolsas que no preocupen a nadie, que pasen desapercibidas y ni siquiera sea condición conocer su contenido. Ahí están las verduras y es irrelevante si son las necesarias, las que fuiste a buscar, la papa y la cebolla concretas y sencillas, es irrelevante o más bien es perturbador sí saberlo, creer saberlo, se trata de conocimientos que no colaboran con el debido fluir de los malentendidos no entendidos como tales. Lo que podría significar un blanqueo generalizado de los problemas de comunicación de la humanidad, y sus consecuencias devastadoras.

Para este punto tu experimento se sabía fallido, en triste fase terminal, imposible de volverse útil. Otro remedio que fracasa.