viernes, 4 de febrero de 2011

cómo es ceder en pos de un trato armonioso para con los otros

Esa noche del asado en lo de tu prima sé que deseaste fervorosamente mi muerte.

Te agarraste una amargura sin fin, la repasabas todos los días terminando a veces en un llanto de bronca o en una enumeración mental de venganzas sutiles, ineficientes, que buscabas concretar para castigarme a diario.

Pero el tiempo transcurrió, la memoria transcurrió, dejaste de lustrar tus pensamientos tan definitivos, dejaste de pulirlos y se desvanecieron. O peor, se redujeron a recuerdos semigraciosos. A donde había incendio forestal crecieron unos pastos saludables sin sentido.

Y fue pensando en esos pastos, tratando de explicar sus raíces, su semilla, que en la verdulería te dieron una bolsa de verduras confundidas y decidiste tomártelo como una señal. Reconozco que era fácil en aquel contexto vegetal. Y te dijiste: esto ya lo viví, te dijiste: esto es una analogía de nuestros intercambios de ideas. Y en un esfuerzo sobrehumano asumiste una actitud de dejarte convencer, quisiste darles una oportunidad a esas verduras, diseñaste una simulación culposa de cómo es ceder en pos de un trato armonioso para con los otros. Decidiste castigarte y cocinar una comida errónea en nuestro honor, y eso fue exactamente lo que hiciste.

En tu boca los pedazos de la preparación duraban, tu lengua recorría mecánicamente toda su textura, que era especialmente áspera. Cada bocado tenía un significado especial como de ritual macabro, de práctica vudú que se iba poniendo bastante vergonzosa hacia el final. Se iba volviendo nada más que un tanteo de la desesperación propia, de la miseria autoproporcionada. Otro remedio que fracasa.

En un intento de cerrar el episodio te serviste de postre un whisky. Perdiéndote en tu típica cavilación alcohólica dudaste de la validez del malentendido, de su real importancia. Con malestar mediste el grado de soberbia necesario para que una persona se maneje así en la vida, encontrando señales en las verdulerías y haciéndose excéntrico cargo de ellas.

Era mejor, capaz, que todo quedara en unas verduras confundidas más bien anecdóticas, risibles. Bolsas que no preocupen a nadie, que pasen desapercibidas y ni siquiera sea condición conocer su contenido. Ahí están las verduras y es irrelevante si son las necesarias, las que fuiste a buscar, la papa y la cebolla concretas y sencillas, es irrelevante o más bien es perturbador sí saberlo, creer saberlo, se trata de conocimientos que no colaboran con el debido fluir de los malentendidos no entendidos como tales. Lo que podría significar un blanqueo generalizado de los problemas de comunicación de la humanidad, y sus consecuencias devastadoras.

Para este punto tu experimento se sabía fallido, en triste fase terminal, imposible de volverse útil. Otro remedio que fracasa.

No hay comentarios: