domingo, 20 de febrero de 2011

desperfectos técnicos inmemoriales

Su ubicación privilegiada le permitía ver que abajo del sofá había dos monedas de un peso. Descansó ahí su vista, le estaba siendo difícil mirar las caras de sus congéneres sentados en frente, pensó que ellos podían ver lo que había abajo de su propio sillón individual. Sofá y sillón, hermanos violetas los dos nacidos en década remota, sus patitas de madera dejaban un espacio saludable entre piso y mueble en que las monedas de un peso eran altamente visibles y podían producir destellos importantes al ser alcanzadas por luces de velador. Propiedad todo de tía abuela o algún equivalente, supuso. Subió la mirada y se esforzó en escuchar lo que se hablaba pero una vez más su atención se desvió, un mosquito empezó a sobrevolar su cabeza, su oreja, hizo el zumbido de insecto nocturno que él no puede evitar asociar con el insomnio. Después apareció el perro gris, blanco en sus épocas de oro, que inició una carrera con movimientos desencajados como un monstruito sin esperanza de vida. Era inútil, con estímulos de ese tipo nunca podría concentrarse en el contexto. No conocía casi a las personas que festejaban ahí un cumpleaños, solamente a quienes lo habían llevado sin darle demasiada información, y empezaba a sentirse autista y a hacerse problema por lo que podría generar su autismo en ese feliz cumpleaños tan ajeno, comiendo pizza tan ajena y aportando nada. Cuando pudo preguntó dónde estaba el baño y resultó que para llegar a ese destino básico había que adentrarse en la inmensidad de la casa de efectivamente tía abuela, y era imposible llegar solo, tendrían que acompañarlo sobrino y perro gris. Atravesaron una puerta y la cerraron, quedando desentendidos completamente de la realidad del cumpleaños para entrar a otra de pasillos oscuros en que desperfectos técnicos inmemoriales hacían imposible iluminar el camino. “No te preocupes, la luz del baño anda”, le dijo sobrino con una sonrisa ida, y cuando llegaron la prendió y preguntó si era capaz de volver solo. Él dijo que sí porque era mejor opción perderse a que sobrino se quedara merodeando cerca suyo con su altura y sonrisa intimidantes. Cuando fue momento de ingresar en el sistema de pasillos oscuros él notó que no tenía idea de qué dirección tomar, y vagó al azar con creciente terror y entusiasmo. Había muy cerca una tía abuela durmiendo profundamente, podía escuchar su respiración pausada y arrítmica, y por más que agudizara la audición nada remitía al cumpleaños. Estuvo caminando sin noción del tiempo y ya sin miedo, evolucionado a un estado de armonía con ese paisaje. Sus ojos viraron a un formato nuevo que le permitía percibir formas, tuvo que dejar de moverse y sentarse en el suelo para vivir a pleno el embelesamiento. Una forma en particular lo tomó por sorpresa a unos metros sobre la pared. La forma habló, “vine a buscarte”, era sobrino, y caminaron de vuelta sin necesidad de explicaciones extra por parte de ninguno de los dos. Cuando pasaron la puerta que daba a la reunión se toparon con el contraste de una situación bien concreta, todos buscaban cambio en sus bolsillos y billeteras, dos pesos que nadie tenía y eran indispensables para pagar con precisión un delivery clandestino sin tener que recurrir a fórmulas demasiado complejas para esa altura de la noche. Entonces él habló por primera vez, de hecho casi gritó que había dos pesos abajo del sofá. Y todo se volvió mucho más raro.

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