lunes, 28 de marzo de 2011

lo relativo del alma humana

El cerrajero trabaja en la puerta de la casa amarilla y blanca que le decimos el vaticano. De rodillas mira trágico sus herramientas, en actitud de contener la ira. Al llegar el vecino de la obsesión con las plantas con su candor habitual no puede evitar hacerlo partícipe de su miseria. Quiere enterarlo de que las cosas van mal, quiere enterarlo sin querer pero le sale muy queriendo. Inicia su comentario venenoso a un volumen de secreto, el hecho de que al de las plantas sólo le lleguen retazos agrega una tensión extra. Habla con vocabulario estrictamente técnico, un problema de nombres de metales y precios, y se enciende particularmente al momento de involucrar al habitante del vaticano en la complejidad ridícula del conflicto. En principio lo culpa de una distracción más o menos inocente, después la incriminación va a evolucionar a negligencia grave para terminar prácticamente en complot extraterrestre. El de las plantas lo escucha más nervioso que intrigado y oscila entre sonrisa falsa y mirada perdida al horizonte, también falsa. El cerrajero continúa, intenta ahora cambiar la perspectiva de su problema, desmenuzar la situación a su manera, más bien destriparla. Toma el lugar del habitante, ensaya una empatía dudosa y piensa con la cabeza del habitante al punto de mutarle la voz a un sonido infrahumano. Se va en direcciones oscuras que asustan al de las plantas lo suficiente como para que improvise una frase amable de retirada y entre a su hogar, contiguo al vaticano. Cierra bien rápido la puerta y tarda siete segundos en prender la luz. Después de tal descargo el cerrajero decide que es el fin de su jornada y junta las herramientas. Hace ruidos fuertes, de provocación, como testeando sus límites de ser un reprimido. Al día siguiente el sol brilla insidioso y el de las plantas hace su salida matutina con un entusiasmo que de golpe se le vuelve endeble, para él no es una opción desentenderse del temprano cerrajero y sus posibles complicaciones. Endurece su cara y saluda, para su sorpresa, a un ser humano renovado que le explica que la suerte dio un giro. Con el mismo tono grisáceo de sus comentarios venenosos ahora intenta un despliegue de bendiciones que de todas formas suena al tipo de barbaridades que ayer trataba de no decir del todo, una escena siempre triste ver en bruto lo relativo del alma humana. Sospechosamente oportuno el habitante del vaticano entra en escena con un paquete de metales benignos recién adquiridos para el cerrajero. Se genera entre ellos una luminosidad, una conexión fraternal tal vez excesiva y el de las plantas se siente turbado. Él es neurofisiólogo, y no sabe si sentirse contagiado o no. En verdad piensa que es una decisión que debe tomar. Lejos de fluirle la energía positiva circunstancial como a esta gente relativa de su vecindad el neurofisiólogo se debate internamente y en su cara no hay nada. En su mano hay regadera y decide mejor ocuparse de sus criaturas verdes con el esmero de siempre. Por esta vez frunce su ceño un poco más, actuando mal un énfasis en su ensimismamiento.

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