jueves, 21 de abril de 2011

sectores enrojecidos en disposición azarosa

Los ojos le ardían. Escuchó el griterío de chicos jugando y advirtió que algunos se hamacaban violentamente. Los miró y sin proponérselo imaginó la caída de uno de ellos, y la consecuente ruptura de su pequeña nuca. Pulió la imagen, ubicó cada detalle visualizable en el lugar justo, y lo hizo con total naturalidad, sin los reproches de otras épocas. Incluso continuó el episodio en una historia absurda en la ambulancia que tuvo que terminar en seco cuando el trabajo mental que implicaba crear empezó a ser desgastante. Se sentó en un banco, a la sombra. Cerca las madres de los chicos conversaban, parecían desentendidas de las actividades de sus críos pero a intervalos regulares dirigían miradas robóticas hacia el sector hamacas, en su inevitable programación maternal. Dedicó una pequeña reflexión a esta manera que tiene el humano de parecer legítimo dentro del reino animal, al lado de los demás mamíferos peludos y orejones. Tras sus lentes oscuros los ojos le ardían más, recordó mirarse al espejo esa mañana y por primera vez reconocer a nivel del todo conciente una afección que desde hacía unas semanas amagaba con volvérsele estable. En ese momento le había puesto el nombre humorístico de habilidad, en un arranque inusitado de tomar lo malo con un optimismo atontante. Pero la verdad era que en la superficie blanca de sus ojos se formaban sectores enrojecidos en disposición azarosa y según un patrón temporal todavía no descubierto pero sí ahora sospechado. Nunca consultaría a un médico por esto, tampoco por tantas otras cuestiones. En su última visita al dermatólogo, que era un profesional permitido por la gravedad de sus síntomas cutáneos, se le había recetado psicólogo o yoga. La decepción de esa vez había tocado algún límite y nunca volvería a pedir un turno al dermatólogo. Estaba claro, nunca practicaría yoga ni iría a un psicólogo, nunca consultaría a un médico por la nueva habilidad de sus ojos y nunca volvería al dermatólogo. Pero esa tarde de día feriado había un excedente perturbador, esa tarde sabía que esos nunca estaban ahí más bien por tradición, o por dar algún tipo de seguridad, y sabía también que tenían su origen en un barro pseudogenético muy miserable que, por supuesto, nunca revolvería. La lucidez empezó a molestarle mucho más que la condición nueva de sus ojos, que pasó a un segundo plano lejano y olvidado, y entonces volvió a ver sin esforzarse. Miró el cielo amarronado y se sacó los lentes, era de un celeste perfecto. Notó también que el verde del pasto tenía su cosa idílica, de hecho a donde mirara había un brillo especial y se dejó embelesar, el sol parecía haber perdido su poder lacerante. Pasó trotando una mujer de traje impecablemente deportivo, en su cara se leía la concentración en superar el malestar autoinfligido. Lo raro era el papel que llevaba en la mano izquierda. Sin mirarlo lo sostenía más o menos en alto, obligándose a reducir al mínimo el movimiento del brazo implicado, y parecía no cumplir ninguna función. Ese detalle de rareza en ese paisaje tan resplandeciente hizo que se sintiera todavía mejor. Le arrebató la paz un alarido bestial de madre: uno de los chicos había caído de la hamaca. Desde ahí no se veía sangre.

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