sábado, 21 de mayo de 2011

menesteres de jardinería


Había complejidad tanto en el dolor que sentía en su espalda como en la manera que tenía de recibirlo. Parecía haber adherido a una aceptación de los malestares, no completamente ingenua, que implicaba un giro con algo de novedoso, accediendo su actitud a otro nivel de profundidad. Un giro que estaba resultando problemático al momento de explicarlo, de predicarlo. Lo que empezó como comentario fue cristalizando en discusión y los presentes, en reacción automática, se disputaron sus roles. La descripción de la aceptación del dolor se hizo ambiciosa, surgieron analogías rebuscadas primero, después comparaciones eternas en que los presentes enumeraban afecciones propias y sus respectivas aceptaciones postulándolas como posibles miembros de esa categoría recientemente creada, defendiéndolas ante un jurado cada vez más despiadado. Hubo quien estiró la discusión en otras direcciones, haciendo crecer unas ramas que otro consideró intrusas y al instante procedió a podar, el ejercicio se repitió y las sucesivas podas se fueron acompañando además por unas semillas nuevas que el podador paradójicamente intentaba infiltrar en la tierra removida. Viendo amenazada la temática inicial por estos menesteres de jardinería dolor de espalda quiso proponer, con su tono desacomodado de haber perdido la calma, que ahora entonces habría que discutir sobre cómo se debe discutir. Presa de sus hábitos contracturados hizo sonar su proposición más a aclaración soberbia, como si los demás necesitaran advertencias, los demás como dolor de ojos y dolor de hueso de pierna, que ya estaban inmersos en esa otra discusión sin tener que ir considerando y analizando estos cambios de rumbo y anotarlos en algún tipo de acta. Pero dolor de espalda, incapaz de percibir las fluctuaciones naturales de su contexto, dejaba aflorar una vez más sus intenciones siempre latentes y algo patológicas de poner sobre la mesa toda su sarta de pulcras deducciones acerca de, en este caso, cómo se debe discutir. Sus deducciones y demás construcciones trabajadas en secreto, celosamente guardadas en su cráneo blindado, que ahora encontraba legal, oportuno, encontraba correcto escupir embebidas en esa baba característica que usa para unir sus cosas y lanzarlas en actitud atacante. Sin poder ver que dolor de ojos se sabía impermeable a todo tipo de razonamiento lógico baboso, y en su creatividad infantil seguía emanando ramas, cada vez más desproporcionadas, cada vez más necesitadas de esa cinta adhesiva ancha que queda muy desprolija, varias vueltas de esa cinta adhesiva ancha para que sus ramas no cayeran al vacío. Y dolor de hueso de pierna al principio también adhería a sus propias reglas, que juntas constituían una mezcla ecléctica que oscilaba entre la debilidad y la fortaleza, el derrumbe completo y la ofensiva fulminante, en principio hacía eso pero después se contentó con mirar el paisaje, con sacar unas fotos y ponerles rótulos con la idea de que ese material ilustrativo en algún momento le fuera de utilidad en cuestiones prácticas de la vida. Después se dio un intercambio de roles, también una especie de alianza momentánea, y por último una aceptación generalizada, no completamente ingenua, de que todo se había vuelto por demás doloroso y subjetivo, frustrante y también, al final, olvidable.