domingo, 21 de agosto de 2011

una repetición incansable de siempre lo mismo

Mira las otras mesas y después la pared, después la ventana grande, detalles del paisaje urbano medio agitado a esa hora, después la pantalla plana estática allá arriba, fácil. Ahí para, ahí extrañamente decide que puede descansar la vista. Mira con total desinterés al grupo de gente que lleva carteles con la foto de alguien. Un rostro anónimo repetido en unos cuantos carteles, también en remeras. Una cara normal, que ya no existe en su formato vivo, sonríe desde fotocopia color o estampado gomoso entre otras caras normales que se quejan a los gritos o haciendo un silencio fruncido que quiere intimidar. Una señora llora, habla y llora, quiebra en llanto y en habla inconexa. No puede escuchar lo que dice, en vez del audio correspondiente hay un jazz con reminiscencias tropicales que no logra darse cuenta de dónde sale. Se distrae y reinicia el movimiento ocular más o menos azaroso, mira las otras mesas, después a una mujer y después el monitor de la notebook de la mujer, otra pantalla que difícilmente podría contribuir al descanso de su vista. Pero de nuevo lo mismo, ahí para, agudiza sus sentidos y alcanza a entender que la mujer lee un mail que habla de un chico que desapareció. Otra cara sonriente en un cuerpo con ropa normal, gorra roja, una foto en la que juega con un perro grande. El texto que acompaña fue escrito para conmover y también para activar: se pide que no te quedes de brazos cruzados, se pide justicia. Texto mal escrito para conmover, contradictorio y tristemente gracioso, hay un chico que juega con su perro y abajo un texto sintomático que termina hablando de dios. Mira a la mujer que pone reenviar, mira con todo el disimulo que le es posible a la mujer que pone reenviar y a la vez inicia lo que parece un llanto silencioso, se fascina con la actitud, se compara. Piensa en anticuerpos, en grados de inmunidad, piensa en el vacío inllenable que queda entre esa mujer llorosa que reenvía y las caras sonrientes de unos chicos que mataron y ahora empapelan la urbe, se repiten en distintas calles céntricas, toman un color amarillento, se van poniendo olvidables. Piensa en anticuerpos, piensa en sus pensamientos y con tristeza admite la primera insinuación del camino que van tomando: el cálculo, la conclusión y la segunda conclusión más abarcativa, más ambiciosa y se diría poética, que siempre es la misma y tiene que ver con sus ideas pesimistas sobre el mundo y, concretamente, sobre la mediocridad de las personas que lo habitan. Mira a la mujer que reenviaba, ahora toma sprite de un vaso largo, desentendida de su computadora, con la atención puesta en algo que pasa en la calle. Mira sus ojos todavía acuosos, piensa en anticuerpos y siente el zumbido mental del cálculo en curso, infrenable, como una verdadera máquina hecha de materiales sólidos, pesados. Es frustrante. Mira a la mujer y quiere ser ella. En serio quiere ser ella, alimenta un poco eso y llega a sentir una necesidad impostergable y acalorada de ser ella. Pero se aterra y como toda reacción pide la cuenta. Mira las otras mesas y después la pared, después la ventana y sin querer se adentra en el paisaje, en una repetición incansable de siempre lo mismo.