miércoles, 12 de octubre de 2011

a la buena de dios


Varado a nuestro lado un colectivo coincidente con el nuestro en forma y dimensiones pero ampliamente superior en desperfectos y dejadez. Posicionados ventanilla con ventanilla en un paralelismo perfecto pudimos ver con claridad que un contingente de criaturas antropomórficas comenzaba un descenso indeseado, resignado, del vehículo. Resultó que ese contingente era, más precisamente, de curas. Estuve de acuerdo con quien dijo que nuestro colectivo tendría sus problemas pero al lado del de los curas éramos Gardel, lo dijo y al término emitió una carcajada corta interrogativa por haber alcanzado justo en ese instante el entendimiento de una incongruencia que venía analizando a nivel inconsciente, venía sospechando y a la vez diseccionando esa sospecha sin saberlo y por eso su mirada no se sostenía en nuestra dirección si no que se desviaba desde nosotros hacia el parabrisas del colectivo de los curas para después volver hacia nosotros en un acto sí dirigido por la voluntad enseguida vencido por la tendencia autómata al parabrisas, otra vez, como imantada, sin razón aparente hasta que se llegó a la interpretación: la verdad era que en el colectivo de los curas no había ningún parabrisas. Tampoco señales que indicaran que el parabrisas podría haber estado ahí minutos atrás, horas atrás, meses atrás. A dónde, a qué iban, en un avance bruto con algo de impúdico, a la buena de Dios, nosotros éramos, sin duda, Gardel, y estábamos convencidos de que nuestro viaje se iba a reanudar inminentemente y en cambio el de los curas se iba a suspender dejándolos en ese limbo terrible que era el ente de control en que Dios quiso que nuestros colectivos estacionaran en paralelo en mitad de un viaje que en nuestro caso venía siendo pacífico, aburrido, hasta el momento en que los dos uniformados aparecieron y nos frenaron. Lo primero que pasó fue que uno de ellos intercambió unas palabras con nuestro conductor, y el otro, de ojo analítico, intercambió unas miradas con nuestro colectivo, como si se estuviera dando una comunicación profunda entre ellos, realmente mutua. Después nos redirigieron a una zona que ya no era el costado de la ruta si no las entrañas mismas de un lugar edificado sin identidad, sin particularidades, ubicado en el medio de la nada y casi invisible desde afuera. Resultó que nuestro colectivo estaba en infracción leve, un deterioro que había sabido permanecer encubierto pero afloró sin resistencia ante el ojo analítico del uniformado, sobresaliente en su labor. El conductor fue llevado hacia una construcción chica y ruinosa, vimos que atravesó una puerta que se cerró sin misterio y para nosotros empezó una espera onírica, demasiado corta o demasiado larga, y cuando del triste recinto salieron el conductor y personajes nuevos que se habían sumado sigilosamente a lo largo del sueño corto y largo y nos comunicaron que reanudábamos el viaje fue más onírico todavía. Para muchos casi una mala noticia, se interrumpía el seguimiento minucioso de la situación de los curas, que se ponía tensa, hasta había un enviado medio amarillo debo decir que recopilaba información y nos la hacía llegar sin disimulo, mientras yo contemplaba de lleno la miseria de uno de los curas, que miraba abatido y desde afuera de la realidad cómo se sucedían los hechos. Pero el viaje se retomó y llegamos a la ciudad y no me acuerdo de que algo notable haya pasado en ese trayecto de vuelta, esto fue hace muchos años, y nunca supimos el destino de los curas.