sábado, 31 de diciembre de 2011

una tecnología emisora de ondas que te atraviesan constantemente y empezás a notarlo. O sea, una paranoia


I

El recorrido habitual dejó de parecer habitual, en el momento no supe por qué.
Toca pasar la zona de los pinos, están a la misma distancia y en la misma cantidad de siempre, emanan el horror sutil característico pero también algo más. Toca la zona de los caballos, más cerca en su parcela restringida, el negro y el de color indefinido comen su pasto agónico como si fuera una condena, hacen llevadero su infierno con la aceptación ecuestre que creés entender cuando a un caballo lo mirás fijo a los ojos. Aunque esta vez con una rareza, esto sí fuera de lo habitual: hoy visten una especie de camperas. Los dos caballos en primavera con camperas o chalecos, algún tipo de abrigo o indumentaria protectora de confección especial para caballos. Después en un plano retorcidamente convergente con el camino aparece el cementerio, las luces desparejas en cuanto a color pero esencialmente blancas las podés llegar a somatizar con un escalofrío profundo, como un crecimiento alienígena en la espalda. Son luces que recién se están prendiendo, acentúan sólo un poco el desgaste de los dibujos de la pared, el perón, la eva perón desfigurada, los murales viejos de otra generación, hasta que dejan de verse cuando toca doblar en la calle de tierra infinita. El día era irremontable desde hacía ya varias horas, siendo las siete de la tarde la sensación era honda, fusión en los sentidos, miedo a enloquecer, sospecha de haberse varado para siempre en una hipersensibilidad molesta. La tierra vuela, entra al colectivo y deshidrata el ambiente, respiro la tierra y llego a sentirle gusto a mundo en decadencia, miro esa cuestión luminosa entre las partículas flotantes en el aire y la poca luz de sol que queda, lo de siempre pero distinto, sigue la advertencia de que algo pasó o de que algo está por pasar y ya está rondando, no sé si como un fantasma o como un aparato, una tecnología emisora de ondas que te atraviesan constantemente y empezás a notarlo.


II

O sea, una paranoia, solamente una paranoia y ni siquiera de las mejores, a base de disciplina, artificial en gran proporción, me pregunto si estoy haciendo un esfuerzo para que no se desvanezca entre el resto de imágenes y cosas audibles que se presentan y son más bien tranquilizadoras: caballos con camperas, botella de plástico que alguien colocó en la parte superior de la esquina de un alambrado campestre de manera que contenga los dos extremos pinchudos amenazantes que de otra forma estarían apuntando hacia la inocencia o la negligencia de las personas, podrían herir a los niños, a los cachorros, a los ancianos. La calle de tierra infinita con su polvareda violenta, romántica, se vuelve entonces tedio y no mucho más, la monotonía reaparece y capaz que no como consecuencia de la actividad mental analítica, me propongo, capaz que todo fue causado por los altibajos de un ciclo hormonal o por un momento en el metabolismo de leve desequilibrio. La cabeza ahora frenada, en una superficialidad que distiende, la tierra volando, entrando al colectivo y deshidratando el ambiente, respiro la tierra y su gusto es a nada. Hay una completa adaptación al contexto, nada conmueve, lo que se escucha es sencillo, aburre, la piel está correctamente seca, inerte, los ojos ni agudos ni torpes, los ojos se limitan a ver, los ojos simplemente ven y, paradójicamente, lo que les toca ver desde esa perspectiva de calma narcótica se vuelve muy complicado. No tan lejos el movimiento humano se percibe descomunal, un patrullero, un vehículo grande negro, su forma recientemente modificada por el impacto con un tercer vehículo, de dos ruedas menos. Marcando un posible límite del posible cuadrado imaginario cuyo centro sería el foco de alteración trágica del paisaje hay algo tirado, tapado con un plástico rojo que queda chico para la magnitud de lo que intenta cubrir, algo que tiene el tamaño de un cadáver. Veo el perfil de un hombre muerto, la tela de su ropa, una mano muy quieta y muy tensa que sobresale en un gesto desesperadamente vital. Doy vuelta la cara con un movimiento bruto y me mareo, me quedo mirando el piso del colectivo, otra vez está espectral.


III

El recorrido habitual dejó de parecer habitual, nunca me preocupó llegar a saber por qué.

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