miércoles, 12 de diciembre de 2012

con la insolencia que da la sinceridad absoluta


Son tres hermanos de cuatro, nueve, y doce años. Una nena, dos nenes. Sufrieron quemaduras graves en un incendio doméstico que indignó a toda la comunidad, los nenes estaban literalmente encerrados en su hogar casilla rodante mientras mamá trabajaba. Sufrieron quemaduras graves que desdibujaron caras y cuerpos, sus formatos actuales suelen percibirse como monstruosos. Caminan los tres despacio en una formación típica que lidera el más grande. Su postura y su tensión indican que intenta proteger, su actitud quiere ser de ofensa pero evade todas las miradas que recibe, se sabe raro y entiende con profundidad de dónde viene esa rareza y también a dónde lo puede llevar. Muy cerca de él va la más chica, en su alegría infantil desprejuiciada juega con todos y todo, canta con una voz cristalina que hace un contraste chocante con su fisonomía. El del medio se aparta de los otros un par de metros, es un fantasma que rechaza su puesto en el trío de quemados, pero a su vez es su sentido de pertenencia a ese grupo lo que lo mantiene cerca de los otros dos, aunque apenas al alcance, como marcando una frontera. Caminan los tres despacio y a su paso todavía brota un murmullo que siempre suena más o menos igual, siempre en modalidad de secreto grave, severo, voces trágicas que intentan mantener subyacente una compasión poco creíble. Se deja la debida distancia entre el murmullo y los nenes, se deja una frialdad que separe convenientemente murmullo de nenes, hay suficiente espacio para que los ojos se claven sin necesidad de disimular el morbo, hay algo de regresión medieval en la escena. Van a comprar golosinas y el más grande es el que habla, la evasión de miradas no le resta solidez a su actitud orgullosa. Pregunta a su hermana qué golosina prefiere y en su voz se puede encontrar algo de ternura. Es en este tipo de detalle que se manifiesta la complejidad de su historia, su manera de enfrentar el presente asumiendo ese rol protector paranoico: tiene dos hermanos a su cargo y el resto de la humanidad está compuesta por enemigos. Por eso pide lo que quiere en un tono desafiante, con la insolencia que da la sinceridad absoluta. Ya tiene rasgos de hombre en la cara y una dureza imposible a su edad, así es que en el murmullo que brota a su paso ya no hay tanta compasión para él. El hermano es entonces el depositario del grueso de la humareda conmiserativa, llegaron a adjudicarle una sensibilidad profunda, algún tipo de genialidad, le sonríen cuando lo ven. Y es cierto que es sensible y que es genial pero esa introspección madura esconde más, hay que ser muy hipócrita o muy cobarde para no poder ver la parte fantasmagórica, la podredumbre en su alma, imposible a su edad. Cuando van a comprar golosinas el más grande es el que habla, pregunta a su hermana qué golosina prefiere y ella se sumerge en un entusiasmo conmovedor que amenaza con no terminar nunca mientras el del medio permanece silencioso y mimetizado, prácticamente imperceptible. Finalmente ella toma su decisión, levanta su bracito raro y sonriendo señala una caja llena de encendedores.

jueves, 8 de noviembre de 2012

empezar a gestar la intención de destruirlo

Me explica de su lesión extraña por exceso de flexibilidad en el pulgar de su mano izquierda, me explica que se ve obligada a adquirir un repuesto importado e incorporarlo a su instrumento musical para mitigar los efectos dolorosos de su lesión extraña en el pulgar de su mano izquierda. Me detalla las problemáticas que eso implica, cómo aportan esas problemáticas a la problemática general en su vida, da a entender las proporciones de cada problemática, mentalmente hago un gráfico ilustrativo que casi por sí solo muta en sus distintas versiones posibles, como una música de fondo necesaria. Me explica toda una serie de problemáticas de las que no quiero enterarme, yo tomo esa información y hago gráficos, reordeno, perfecciono, por deporte, por costumbre, por no tener opción. Me detalla a niveles microscópicos, en cualquier momento va a nacer y desarrollarse en mí una resistencia a escuchar sus problemáticas que ya no va a sobrellevarse imaginando gráficos, mi cara va a tomar formas tensas, desconsideradas, va a ser indispensable la contención forzosa de mi expresión facial en un molde de decencia. Durante años trabajé en ese molde, lo pulí, lo refiné, me replanteé sus formas, esa fue una etapa de optimismo que terminó cuando fui conciente de que el molde se había vuelto muy poco propenso a ser retocado, una pérdida de entusiasmo que era un primer indicio de falta de confianza. Después llegó la resignación, entenderlo como obsoleto, empezar a gestar la intención de destruirlo. Me explica, me detalla y yo me contengo en el molde, una sonrisa recatada, unos ojos interesados, una boca de habla restringida, un molde que se siente incómodo, rígido, un molde obsoleto, cuestionable. Afina sus explicaciones, describe de manera obsesiva, me dice el nombre de su lesión y no alcanzo a entenderlo pero mi cabeza asiente, mi boca no pregunta, el molde dicta que hay que fingir haber entendido, es más fácil, es menos energía expulsada al mundo exterior, es apatía, es el colmo. En un momento enumera los nombres de sus hijos, llegamos a esto por un camino sinuoso que se inició recorriendo pequeñas dolencias personales, pasó por enfermedades y operaciones sufridas, y va terminando inesperadamente en composición familiar. Sus hijos tienen nombres horribles pero mi sonrisa es recatada y mi cabeza asiente, mi boca se restringe, sube la temperatura del molde, se pone amenazable, hago gráficos con las enfermedades y a la vez soy dos o tres partes que discuten sobre la situación del molde, su destino, su culpabilidad, las posibilidades de un molde nuevo. Ella se ríe estridentemente de algo que digo, nunca pretendí que fuera así de gracioso pero ella se ríe con furia, inspira y  amaga con retomar la conversación monólogo pero su mirada se topa con la de alguien que buscaba y se hacen unas expresiones de urgencia y alegría y ella sale al encuentro del otro personaje con ese paso frágil que tiene, ese paso al borde de fallar y esa sonrisa por nada, se aleja. Mi bebida ya no está fría, puede ser que haga cuarenta minutos que ando con ese vaso en la mano y toda la noche con ese molde en la cara, activando y desactivando, transpirando, escondiendo una cara melancólica, aburrida, pequeñas cosas imposibles de resolver, tedio, cara de un martirio crónico hecho de millones de pedazos autónomos, ninguno grande, sustancioso.

lunes, 22 de octubre de 2012

profundidades de una realidad objetiva cuya existencia considera indiscutible


Sábado, más de las 00:00 hs, una noche que no se perfilaba fría había llegado a ser esencialmente otoñal. Agarra un abrigo, pone determinados objetos en determinados bolsillos, hay mucho de carácter obsesivo en sus movimientos, en sus elecciones. Abre la puerta y ahí permanece, necesita tomarse un tiempo para adaptarse al aire nocturno. Inspira un fluido que encuentra puro, sin vicio, que le resulta desconcertante. Respira profundamente en un intento de limpiarse del aire de adentro de su casa, como si hubiera hecho costra en sus pulmones ese aire denso respirado demasiadas veces, demasiados ciclos de un mismo aire al que por mucho tiempo no le había dado oportunidad de renovarse. Después de este feliz momento físico se asoma realmente a la vereda y su situación desmejora. A unos pocos pasos a su izquierda un hombre de traje con un portafolios constituyen, por un par de razones, una imagen aterradora que le provoca un momento de parálisis. El portafolios parado sobre el suelo en la postura vertical típica de los portafolios, el hombre de traje con los dos pies sobre el suelo pero no erguido en la postura vertical típica de los hombres de traje, en cambio quiebra su cintura formando un ángulo agudo, la cabeza cerca del suelo, un brazo extendido prolongándose en una mano que se aferra a la manija del portafolios, cada partícula del conjunto imperturbable en su quietud. Superada la impresión inicial cierra automáticamente la puerta y se entrega a una caminata de rapidez desproporcionada. Siempre tuvo miedo, no miedo fóbico, no miedo a algo concreto si no un miedo básico como forma de enfrentar la vida. Dos cuadras después empieza a recuperar su condición racional, su impulso de escape alcanza un nivel conciente, llega a saborear un poco la transición y frena, visualiza su destino y reacomoda su dirección con un giro de 180 grados. Cuando vuelve a pasar por su punto de partida el hombre de traje con portafolios ya no está, no por eso desacelera. Nota que se le hizo necesario emprender su búsqueda. Fantasea con encontrarlo e interrogarlo, fantasea con un desenlace complejo que molesta mucho a su mecanismo mental ahora dominante, algo como un policía de la lógica y la estadística le va indicando las incongruencias, le va censurando la imaginación y obligando a adentrarse en las profundidades de una realidad objetiva cuya existencia considera indiscutible, paradójicamente, su fantasía más controvertida. Camina rápido y en dilema, su policía mental no deja de cuestionar las tendencias irracionales de su pensamiento y a la vez su objetivo de encontrar al hombre de traje genera una apertura en sus sentidos, su camino se ve enriquecido con todo tipo de sensación. Los colores preponderantes del paisaje ya no tienen el componente gris del principio, todo subió unos grados en intensidad y amenaza con seguir subiendo, respira con agitación un aire sin vicio, adictivo, camina con rapidez desproporcionada mientras el policía no deja de hacerle correcciones, los colores siguen protagónicos, es inevitable, tiene que encontrar al hombre de traje e interrogarlo. Dobla una esquina sospechosamente gris y recupera con violencia la noción del tiempo y demás nociones del estilo, que hasta ese instante no sabía perdidas. A unos pocos pasos a su izquierda tres hombres de traje con sus respectivos portafolios constituyen, por un par de razones, una imagen aterradora que le provoca un momento de parálisis. Les dedica el mínimo de atención que le es posible y reanuda su marcha histérica por un camino que perdió intensidad. Siempre tuvo miedo, siempre necesitó un recato en las apariencias, un emparejamiento voluntario en sus emociones que roza la hipocresía.

lunes, 17 de septiembre de 2012

un monstruo que sale de su escondite



Saca un formulario, aparentemente con muy poco por rellenar. Un hombre de lentes oscuros tocó el timbre de tu casa, vos saliste y él sacó un formulario. Algo de la escena me intimidó, sorprendentemente parecías encarnar a una persona saludable y bienintencionada, me quedé mirándolos  sin que pudieran verme a mí. Cómo es que cedés con amabilidad a dar algún tipo de información, te conozco desde hace miles de años, se diría que tenemos viajes kármicos parecidos, y la reacción que correspondía era otra, más del tipo indiferencia, excusas, o una de tus paranoias complejas que implican una serie esmerada de insultos. Yo era invisible pero ustedes estaban a mi alcance a un nivel de ver detalles, noto que el hombre tiene el formulario girado 180 grados con respecto a la disposición esperable, estadísticamente avalada, y su escritura se adapta perfectamente a ese formato al revés. De derecha a izquierda anota palabras y números que le vas dictando con tu voz demacrada por años de uso incorrecto, salen las palabras de tu boca como cascotes y el hombre las toma virtuosamente, las asimila y escribe con el correcto grado de giro. Son cosas que les pasan a los autodidactas, pensé, un análisis profundo del objetivo, un patrón velado que se va descubriendo despacio por un camino largo y ridículo, un pulido del método endeble que se dio a luz, un objetivo aparentemente logrado y un orgullo raro, incomprensible para la mayoría de los mortales. Son cosas que les pasan a los autodidactas. Veo que se saca los lentes oscuros, veo la totalidad de su cara y la información extra que da esa imagen ampliada parece activar una zona de mi cerebro que se ocupa del reconocimiento. Casi que conozco a este hombre, sé que era algo como profesor de gimnasia en la cárcel, sé que alteró drásticamente la composición y la  felicidad de dos familias al fugarse con una adolescente. Mi conocimiento sobre él es precario, adquirido sin querer por la escucha de conversaciones repetitivas y dramáticas sobre este episodio de fuga que al final terminó en una seguidilla de eventos retorcidos y fue desencadenando tragedia de manera exponencial. En mi círculo íntimo esta historia fue retomada hasta el hartazgo, en el mejor de los casos para afinar su grado de precisión, a veces simplemente para exprimirle lo que se pudiera de ese placer pegajoso que da el chisme. En definitiva, vos con tu voz de cascotes dando información generosamente a un hombre destructor de familias que ahora llena formularios al revés autodidácticamente, la escena se me hacía importante, significativa, parecían personas saludables, bienintencionadas, la escena se me hacía por demás enigmática y tuve un impulso muy fuerte de acercarme y participar. Salí de mi escondite, di un par de pasos y me topé con sus miradas de repente agresivas. Reaccionaron a mi presencia, ahora sí, exactamente como esperaba. Se diluyó mi impulso, interrumpí el acercamiento y bajé mi mirada maricona hasta el piso. Me alejé, seguí caminando hacia ninguna parte, imposible acercarme sin habilidades sociales, sin carisma y sin historia. Me conocés, sabés de mis métodos rastreros, indirectos, demasiado faltos de hipocresía. Un monstruo que sale de su escondite y paradójicamente no tiene nada que esconder. Seguí caminando hacia ninguna parte mientras ustedes intercambiaban informaciones de formulario y pretendían esconder un poco sus respectivas monstruosidades.        

sábado, 11 de agosto de 2012

ser como un insecto empieza a tener sus ventajas


Aunque todavía nunca hablamos llegué a conocer bien tu voz, ser como un insecto empieza a tener sus ventajas. Un insecto se mete en los espacios imperceptibles que quedan entre las cosas grandes y sólidas, las cosas verdaderas que lo exceden, su cuerpo de insecto escaso y atérmico se mimetiza en los escombros, en la basura, entra en agujeros del mundo que un humano común ni siquiera sabe que existen. Un insecto que padece sus patas quebradizas, manipula objetos con una torpeza tal que se la pasa asumiendo su estado de inferioridad, aceptándolo, dándole cabida, unas patas constantemente al límite de su fuerza y flexibilidad, tocando siempre con una frialdad horrorosa, una sensación muy fuerte de impersonalidad. Un insecto, un bicho, mueve sus alas endebles sin hacer demasiado ruido, se entrega a un vuelo de sacrificio y adoración alrededor de la luz en un ritual eterno y no reconocido, incluso puede caer muerto y nunca despertar el más mínimo interés, menos un momento de empatía o compasión, en un humano común. Un humano común que le compró a creerse insecto entonces se vuelve prácticamente inmaterial, tanto para sí mismo como para los que lo rodean. Y ser invisible, intocable, no tener sustancia ni forma, resulta un factor importante en la habilidad de escuchar conversaciones de otros, en el deporte de acceder y permanecer sin ser visto en ubicaciones extremas, en el arte de estar siempre lo suficientemente cerca tuyo como para escuchar todo lo que decís y cómo lo decís, absorberlo pasivamente en un deleite miserable y culposo, ir volviéndome cada vez más bicho. 

jueves, 12 de julio de 2012

una intensidad especial, un amague de volverse placer


Entra alguien, no mira quién, mantiene la concentración, los ojos fijos en la hoja que tiene en frente. Lo que hay en esa hoja por momentos le resulta indescifrable pero es necesario que nadie lo sepa. Entra alguien más, no mira quién, trata de mantener la concentración aunque falla en agudizar sus sentidos, están debilitados, empieza a fastidiarse con tanta gente alrededor toqueteando su paz interior falsa. Por qué es que están haciendo su trabajo en un centro budista, no es una pregunta importante, se describió como provisional este traslado a nuevo hábitat que empieza a promover cambios sutiles de conducta. Varios parecen obligarse a reflexionar con cierta profundidad, se juntan de a dos o tres y fuerzan una conversación que a la vez quieren hacer liviana. También hay quien mira a su alrededor y dice que no le gusta el fanatismo, este comentario es ignorado. Entran dos personas, no mira quiénes, su foco sigue en la hoja pero sabe cómo asimilar lo que queda en las zonas marginales del campo visual y obtiene cierta información, dos personas esta vez, no mira realmente quiénes. Su situación es de una miseria brutal, terminó de entender que no va a poder resolver todo lo que tiene que resolver y eso puede ser un problema importante, hay mucho en juego, una última oportunidad de llegar a ser feliz en la vida, y acaba de decidir que no va a poder resolver todo. Entra alguien, esta vez siente el impulso de mirar y hace un movimiento ágil mínimo que encuentra con eficacia su objetivo, desconocido para su conciencia: otros dos ojos que con misma maniobra llegan a enfocar perfectamente los suyos. Una mirada te puede descolocar pero este no es el caso, esta mirada se siente calculada y cumple con transmitir fríamente un mensaje exuberante, invasivo, con algo de enfermedad que no tarda en consumirte por completo. Y podría ser también una especie de advertencia: sabés lo que me pasa y sé qué te pasa a vos, habría que hacerse cargo. Nunca hablaron realmente, se saludaron un par de veces, conoce poco su voz. El momento pasa sin que los implicados muestren algún tipo de tensión, respectivos nuevos movimientos hacen a cada cual volver a su posición y actividad anteriores. La hoja en frente, igual de indescifrable, igual de ofensiva y ahora además una gota de transpiración paradójicamente helada recorriéndole la espalda con mucha suavidad, un calor repentino, una serie reacciones físicas que por un momento le dan a su miseria una intensidad especial, un amague de volverse placer. Empieza a sentir una curiosidad muy grande, primero recuerda detalles, su ropa de hoy, su ropa de ayer, algún gesto que ya reconoce como típico, con eso extrapola, imagina compulsivamente, elabora fantasías que se infiltran sin resistencia y hacen que pierda lo que quedaba de su concentración, la hoja es sólo un blanco en donde reposar una mirada que no ve absolutamente nada. Se hace preguntas concretas, culposas, qué gusto tiene tu boca, qué te hace calentar, con quién cogés, siente celos, siente envidia y otra vez transpiración helada que le recorre la espalda, siente culpa, vergüenza, se siente un insecto, un bicho que camina por la hoja que tiene en frente, frágil, aplastable, llega al final de la mesa y se cae o se tira, patalea panza arriba a gran velocidad.

miércoles, 27 de junio de 2012

una parte pura de su alma, pura y bruta


Velorio de su propia madre, suena un teléfono de otra era en la piecita mínima destinada a las pertenencias de los implicados más cercanos, o a los implicados mismos, si necesitaran tirarse en un sillón verdoso a respirar aire un poco repugnante. El teléfono suena y atiende, escucha cómo alguien pregunta si pueden llevarle un té con leche al primer piso. Su reacción es decir que sí y su segunda reacción, inmediata, es corregirse con decisión: no, esto es otro velorio. Es otro velorio. Corta y tiene que pasar casi un año para que pueda reírse del episodio y después analizarlo, intentar una disección no muy diestra. En principio sí lleva el té con leche al primer piso. Arma una posible explicación basada en su agobie mental durante el velorio de su propia madre, y la hipotética tendencia de las mentes agobiadas de volver a un estado primordial de pérdida de prejuicios y consecuente afloramiento, en este caso, de un personaje servicial que lleva té con leche al primer piso sin cuestionarse el contexto. Trata de verlo como una parte pura de su alma, pura y bruta, sobreviviente a las reformas y desgastes que fue acumulando con el tiempo. No puede realmente convencerse y se deja llevar por otra duda: cómo es que alguien pide un té con leche en un velorio. Se ríe otra vez. Da vueltas en la cama en un insomnio tranquilo, bien recibido por desembocar en un domingo vacío de actividades, vacío de todo, da vueltas lentas y se ríe otra vez. Es una risa que amaga con volverse llanto y eventualmente lo hace, siendo la transición larga y con puntos de confusión en que la risa y el llanto sincronizan y emergen en simultáneo, sonando a ruido agónico de animal chico. Se calma y siente un cansancio pesado, enseguida se duerme aunque afuera ya amanece y los pájaros empiezan a expresarse insufribles. Se levanta al mediodía y almuerza inconscientemente, pizza helado pizza, un capicúa insalubre que le despierta cierta nostalgia. Más tarde un té con leche. Nunca toma té con leche pero decide recibir el impulso con naturalidad, se conforma con admitirse que es una acción forzada y, sobre todo, con saber que es muy importante completarla. Se mete de lleno en la tarea, agua a hervir, fósforo, elección de taza con platito, nunca usa taza con platito, saquito de té, azúcar, dos tercios de agua a la taza, vapor, revolver un poco y mirar la interacción de las sustancias, por último el tercio de leche, sabe que esto es todo muy importante. Es un té con leche perfecto y no lo toma, se volvió sagrado, deduce que fue preparado sólo para su contemplación. Mira el líquido homogéneo, cómo va perdiendo vapor, calor, y en su mente pasa algo parecido, se entibia, se ordena. Puede acordarse de las vueltas de la noche y siente amargura. Al  final entiende, lo que al amanecer había sido emoción exuberante ahora con el sol infernal entrándole por la ventana era retomar fríamente un duelo.

sábado, 19 de mayo de 2012

demás contenidos brutales de la mente humana


Cuando camina la vereda no es tan tiesa como se supone, un efecto dado por el amortiguado virtuoso de todos sus movimientos, capaz innecesario en el aspecto físico, capaz necesario en el estético, con certeza involuntario a esta altura de su vida. Lleva auriculares grandes, ruidosos, de un color que fosforesce proponiendo reconsiderar el optimismo. De hecho varios transeúntes lo perciben como una señal y esbozan una pregunta, qué tan gris es en realidad ese día nublado. No alcanzan un estado de reflexión, la mayoría no logra más que un pensamiento frágil, sin peso, altamente devorable por las neurosis o los prejuicios o los demás contenidos brutales de la mente humana. Se limitan a dedicar una mirada de interés al aparato naranja, que en general no sostienen demasiado, en general quieren que pase inadvertida esa mirada que mira al aparato y no a la persona que lo lleva. Yo me muevo en la misma dirección que la persona que lo lleva, a una distancia razonable, puedo escuchar bastante de la música que el aparato dispara. Podría asegurar que es coldplay, por esa manera particular que tiene coldplay de nunca llegar a tocar mi alma, de rodearla, si es que semejante cosa existe. Veo que saca un cigarrillo, lo enciende y fuma con cierta actitud de estar cumpliendo con una obligación. Inspira el humo como cualquiera, lo interesantes es que se entrega a la sensación de que el humo es metabolizado por su cuerpo como una sustancia nutritiva. Lo vuelve partículas energéticas, vitaminas, compuestos inexistentes que son de luz y  son absorbidas por su cuerpo en sutiles actos sagrados. Una sensación que podríamos interpretar como narcisista: piensa que se alimenta del cigarrillo. Yo sé todo esto porque puedo leer los pensamientos de la gente, para decirlo de una manera simplificada. Esto sucede desde que me fue transplantado un corazón de cabra en el año 2008. Leer los pensamientos de la gente es una actividad molesta y fascinante, no se parece a escuchar ni se parece a ver, no se trata en verdad de leer, prefiero describirlo como pensar con el cerebro de otro, siendo que el cerebro de otro es una máquina con un lenguaje casi exclusivo que comparte bastante poco con el del cerebro propio. Hay que encontrar patrones, hay que volverse lo más irracional posible para acceder apenas a una proporción muy chica de lo que pasa en las cabezas de la gente. Me es prácticamente inevitable seguir a determinadas personas, a una distancia razonable, es de lo más adictivo que existe. No creo llegar a conocer mejor a nadie, en general eso no pasa, no desentraño grandes misterios de sus mecanismos internos, no hay tal cosa de penetrar en sus profundidades, en realidad la primera conclusión importante que saqué desde que leo pensamientos es que la gente es básicamente transparente. Es más fácil conocer a alguien si no se tiene la habilidad de leer sus pensamientos.