jueves, 12 de julio de 2012

una intensidad especial, un amague de volverse placer


Entra alguien, no mira quién, mantiene la concentración, los ojos fijos en la hoja que tiene en frente. Lo que hay en esa hoja por momentos le resulta indescifrable pero es necesario que nadie lo sepa. Entra alguien más, no mira quién, trata de mantener la concentración aunque falla en agudizar sus sentidos, están debilitados, empieza a fastidiarse con tanta gente alrededor toqueteando su paz interior falsa. Por qué es que están haciendo su trabajo en un centro budista, no es una pregunta importante, se describió como provisional este traslado a nuevo hábitat que empieza a promover cambios sutiles de conducta. Varios parecen obligarse a reflexionar con cierta profundidad, se juntan de a dos o tres y fuerzan una conversación que a la vez quieren hacer liviana. También hay quien mira a su alrededor y dice que no le gusta el fanatismo, este comentario es ignorado. Entran dos personas, no mira quiénes, su foco sigue en la hoja pero sabe cómo asimilar lo que queda en las zonas marginales del campo visual y obtiene cierta información, dos personas esta vez, no mira realmente quiénes. Su situación es de una miseria brutal, terminó de entender que no va a poder resolver todo lo que tiene que resolver y eso puede ser un problema importante, hay mucho en juego, una última oportunidad de llegar a ser feliz en la vida, y acaba de decidir que no va a poder resolver todo. Entra alguien, esta vez siente el impulso de mirar y hace un movimiento ágil mínimo que encuentra con eficacia su objetivo, desconocido para su conciencia: otros dos ojos que con misma maniobra llegan a enfocar perfectamente los suyos. Una mirada te puede descolocar pero este no es el caso, esta mirada se siente calculada y cumple con transmitir fríamente un mensaje exuberante, invasivo, con algo de enfermedad que no tarda en consumirte por completo. Y podría ser también una especie de advertencia: sabés lo que me pasa y sé qué te pasa a vos, habría que hacerse cargo. Nunca hablaron realmente, se saludaron un par de veces, conoce poco su voz. El momento pasa sin que los implicados muestren algún tipo de tensión, respectivos nuevos movimientos hacen a cada cual volver a su posición y actividad anteriores. La hoja en frente, igual de indescifrable, igual de ofensiva y ahora además una gota de transpiración paradójicamente helada recorriéndole la espalda con mucha suavidad, un calor repentino, una serie reacciones físicas que por un momento le dan a su miseria una intensidad especial, un amague de volverse placer. Empieza a sentir una curiosidad muy grande, primero recuerda detalles, su ropa de hoy, su ropa de ayer, algún gesto que ya reconoce como típico, con eso extrapola, imagina compulsivamente, elabora fantasías que se infiltran sin resistencia y hacen que pierda lo que quedaba de su concentración, la hoja es sólo un blanco en donde reposar una mirada que no ve absolutamente nada. Se hace preguntas concretas, culposas, qué gusto tiene tu boca, qué te hace calentar, con quién cogés, siente celos, siente envidia y otra vez transpiración helada que le recorre la espalda, siente culpa, vergüenza, se siente un insecto, un bicho que camina por la hoja que tiene en frente, frágil, aplastable, llega al final de la mesa y se cae o se tira, patalea panza arriba a gran velocidad.

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