sábado, 11 de agosto de 2012

ser como un insecto empieza a tener sus ventajas


Aunque todavía nunca hablamos llegué a conocer bien tu voz, ser como un insecto empieza a tener sus ventajas. Un insecto se mete en los espacios imperceptibles que quedan entre las cosas grandes y sólidas, las cosas verdaderas que lo exceden, su cuerpo de insecto escaso y atérmico se mimetiza en los escombros, en la basura, entra en agujeros del mundo que un humano común ni siquiera sabe que existen. Un insecto que padece sus patas quebradizas, manipula objetos con una torpeza tal que se la pasa asumiendo su estado de inferioridad, aceptándolo, dándole cabida, unas patas constantemente al límite de su fuerza y flexibilidad, tocando siempre con una frialdad horrorosa, una sensación muy fuerte de impersonalidad. Un insecto, un bicho, mueve sus alas endebles sin hacer demasiado ruido, se entrega a un vuelo de sacrificio y adoración alrededor de la luz en un ritual eterno y no reconocido, incluso puede caer muerto y nunca despertar el más mínimo interés, menos un momento de empatía o compasión, en un humano común. Un humano común que le compró a creerse insecto entonces se vuelve prácticamente inmaterial, tanto para sí mismo como para los que lo rodean. Y ser invisible, intocable, no tener sustancia ni forma, resulta un factor importante en la habilidad de escuchar conversaciones de otros, en el deporte de acceder y permanecer sin ser visto en ubicaciones extremas, en el arte de estar siempre lo suficientemente cerca tuyo como para escuchar todo lo que decís y cómo lo decís, absorberlo pasivamente en un deleite miserable y culposo, ir volviéndome cada vez más bicho. 

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