lunes, 22 de octubre de 2012

profundidades de una realidad objetiva cuya existencia considera indiscutible


Sábado, más de las 00:00 hs, una noche que no se perfilaba fría había llegado a ser esencialmente otoñal. Agarra un abrigo, pone determinados objetos en determinados bolsillos, hay mucho de carácter obsesivo en sus movimientos, en sus elecciones. Abre la puerta y ahí permanece, necesita tomarse un tiempo para adaptarse al aire nocturno. Inspira un fluido que encuentra puro, sin vicio, que le resulta desconcertante. Respira profundamente en un intento de limpiarse del aire de adentro de su casa, como si hubiera hecho costra en sus pulmones ese aire denso respirado demasiadas veces, demasiados ciclos de un mismo aire al que por mucho tiempo no le había dado oportunidad de renovarse. Después de este feliz momento físico se asoma realmente a la vereda y su situación desmejora. A unos pocos pasos a su izquierda un hombre de traje con un portafolios constituyen, por un par de razones, una imagen aterradora que le provoca un momento de parálisis. El portafolios parado sobre el suelo en la postura vertical típica de los portafolios, el hombre de traje con los dos pies sobre el suelo pero no erguido en la postura vertical típica de los hombres de traje, en cambio quiebra su cintura formando un ángulo agudo, la cabeza cerca del suelo, un brazo extendido prolongándose en una mano que se aferra a la manija del portafolios, cada partícula del conjunto imperturbable en su quietud. Superada la impresión inicial cierra automáticamente la puerta y se entrega a una caminata de rapidez desproporcionada. Siempre tuvo miedo, no miedo fóbico, no miedo a algo concreto si no un miedo básico como forma de enfrentar la vida. Dos cuadras después empieza a recuperar su condición racional, su impulso de escape alcanza un nivel conciente, llega a saborear un poco la transición y frena, visualiza su destino y reacomoda su dirección con un giro de 180 grados. Cuando vuelve a pasar por su punto de partida el hombre de traje con portafolios ya no está, no por eso desacelera. Nota que se le hizo necesario emprender su búsqueda. Fantasea con encontrarlo e interrogarlo, fantasea con un desenlace complejo que molesta mucho a su mecanismo mental ahora dominante, algo como un policía de la lógica y la estadística le va indicando las incongruencias, le va censurando la imaginación y obligando a adentrarse en las profundidades de una realidad objetiva cuya existencia considera indiscutible, paradójicamente, su fantasía más controvertida. Camina rápido y en dilema, su policía mental no deja de cuestionar las tendencias irracionales de su pensamiento y a la vez su objetivo de encontrar al hombre de traje genera una apertura en sus sentidos, su camino se ve enriquecido con todo tipo de sensación. Los colores preponderantes del paisaje ya no tienen el componente gris del principio, todo subió unos grados en intensidad y amenaza con seguir subiendo, respira con agitación un aire sin vicio, adictivo, camina con rapidez desproporcionada mientras el policía no deja de hacerle correcciones, los colores siguen protagónicos, es inevitable, tiene que encontrar al hombre de traje e interrogarlo. Dobla una esquina sospechosamente gris y recupera con violencia la noción del tiempo y demás nociones del estilo, que hasta ese instante no sabía perdidas. A unos pocos pasos a su izquierda tres hombres de traje con sus respectivos portafolios constituyen, por un par de razones, una imagen aterradora que le provoca un momento de parálisis. Les dedica el mínimo de atención que le es posible y reanuda su marcha histérica por un camino que perdió intensidad. Siempre tuvo miedo, siempre necesitó un recato en las apariencias, un emparejamiento voluntario en sus emociones que roza la hipocresía.