jueves, 8 de noviembre de 2012

empezar a gestar la intención de destruirlo

Me explica de su lesión extraña por exceso de flexibilidad en el pulgar de su mano izquierda, me explica que se ve obligada a adquirir un repuesto importado e incorporarlo a su instrumento musical para mitigar los efectos dolorosos de su lesión extraña en el pulgar de su mano izquierda. Me detalla las problemáticas que eso implica, cómo aportan esas problemáticas a la problemática general en su vida, da a entender las proporciones de cada problemática, mentalmente hago un gráfico ilustrativo que casi por sí solo muta en sus distintas versiones posibles, como una música de fondo necesaria. Me explica toda una serie de problemáticas de las que no quiero enterarme, yo tomo esa información y hago gráficos, reordeno, perfecciono, por deporte, por costumbre, por no tener opción. Me detalla a niveles microscópicos, en cualquier momento va a nacer y desarrollarse en mí una resistencia a escuchar sus problemáticas que ya no va a sobrellevarse imaginando gráficos, mi cara va a tomar formas tensas, desconsideradas, va a ser indispensable la contención forzosa de mi expresión facial en un molde de decencia. Durante años trabajé en ese molde, lo pulí, lo refiné, me replanteé sus formas, esa fue una etapa de optimismo que terminó cuando fui conciente de que el molde se había vuelto muy poco propenso a ser retocado, una pérdida de entusiasmo que era un primer indicio de falta de confianza. Después llegó la resignación, entenderlo como obsoleto, empezar a gestar la intención de destruirlo. Me explica, me detalla y yo me contengo en el molde, una sonrisa recatada, unos ojos interesados, una boca de habla restringida, un molde que se siente incómodo, rígido, un molde obsoleto, cuestionable. Afina sus explicaciones, describe de manera obsesiva, me dice el nombre de su lesión y no alcanzo a entenderlo pero mi cabeza asiente, mi boca no pregunta, el molde dicta que hay que fingir haber entendido, es más fácil, es menos energía expulsada al mundo exterior, es apatía, es el colmo. En un momento enumera los nombres de sus hijos, llegamos a esto por un camino sinuoso que se inició recorriendo pequeñas dolencias personales, pasó por enfermedades y operaciones sufridas, y va terminando inesperadamente en composición familiar. Sus hijos tienen nombres horribles pero mi sonrisa es recatada y mi cabeza asiente, mi boca se restringe, sube la temperatura del molde, se pone amenazable, hago gráficos con las enfermedades y a la vez soy dos o tres partes que discuten sobre la situación del molde, su destino, su culpabilidad, las posibilidades de un molde nuevo. Ella se ríe estridentemente de algo que digo, nunca pretendí que fuera así de gracioso pero ella se ríe con furia, inspira y  amaga con retomar la conversación monólogo pero su mirada se topa con la de alguien que buscaba y se hacen unas expresiones de urgencia y alegría y ella sale al encuentro del otro personaje con ese paso frágil que tiene, ese paso al borde de fallar y esa sonrisa por nada, se aleja. Mi bebida ya no está fría, puede ser que haga cuarenta minutos que ando con ese vaso en la mano y toda la noche con ese molde en la cara, activando y desactivando, transpirando, escondiendo una cara melancólica, aburrida, pequeñas cosas imposibles de resolver, tedio, cara de un martirio crónico hecho de millones de pedazos autónomos, ninguno grande, sustancioso.

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