domingo, 24 de noviembre de 2013

naturaleza del objeto fantasmagórico

La aparición se da en medio de una oscuridad intermitente, la interrumpen los destellos provenientes de un árbol de navidad. No se olvidó las lucecitas enchufadas toda la noche, decidió dejarlas en su prendido y apagado regular porque el día anterior cuando terminó de colgar en el pino falso todas las bolas y guirnaldas brillantes y después las luces de colores se encendieron y el aire se llenó de esa magia plástica y olor a cables en un quemado gradual, eso le dio una sensación de hogar cálido, armonioso, que quiso prolongar al máximo. Ahora se prepara un café instantáneo un poco antes de la madrugada, insomne y embelesada con los reflejos en los portarretratos, fotos familiares que por una vez pierden su significado para volverse algo abstracto y de una belleza básica muy fácil de apreciar. Revuelve su café con persistencia, un poco alerta, un poco asustada por el silencio que no siente del todo pleno. Cuanta más atención presta más se le desdibuja el entorno, hay sombras que se mueven engañosas, hay sonidos raros al límite de lo audible que se mezclan con los latidos de su corazón cada vez más desesperados, su respiración se agita, alcanza un estado de pánico que llega a su momento cúlmine justo cuando ante sus ojos toma forma un espectro. Es el retorno de su hermano en versión fantasma, en la mano izquierda sostiene algo que intenta alcanzarle en un movimiento exageradamente lento, son papeles, unas pocas hojas que conforman un documento importante: la escritura de un inmueble. Nada es nítido, nada es evidente, pero ella nunca duda de la naturaleza del objeto fantasmagórico, tampoco de la identidad de su portador. Y es en esta escena paranormal, en este formato límite de negociaciones que involucra un documento intangible y no abogados ni escribanos, así es como llega la resolución de un problema que había estado carcomiendo a la familia durante generaciones.
Nunca sospechamos que tu mente sería capaz de idear semejante cosa ridícula. Nos contaste la historia con una emoción rejuvenecedora, un brillo nuevo en los ojos, un estiramiento facial desacostumbrado que te borraba un par de arrugas. Siempre fuiste estable en tu ánimo, estancada en un nivel alto de obsesión y preocupaciones, tiñendo el ambiente de un único color nauseabundo, un aura que cargabas y algunos llegábamos a percibir como un sutil olor a sertal compuesto. No creíamos que pudieras ser tan irracional. Después te fuiste a Hawai y nos dejaste todavía más estupefactos, dolidos incluso, necesitando de tu estilo de vida incoloro para sentirnos un poco menos monocromáticos. Empezaste a tomar clases de un arte marcial extraña y temimos haberte perdido en esta nueva dimensión de aventuras y realización personal. No tolerábamos la idea de que veinte años de entrega apasionada al martirio familiar, secretos, mentiras, enfermedad, resignación, veinte años de ceguera casi total al resto del mundo, concluyeran con la liberación instantánea a cargo de un fantasma. Indagábamos, te hacíamos preguntas maliciosas siempre bajo la careta de admiración y respeto por la llegada del espectro salvador. No, no habías agarrado la escritura, era simbólica, si era simbólica no se había resuelto nada, sí que se había resuelto, estabas en paz con tu difunto hermano y con toda la pesada genealogía implicada, habías desatado esa maraña esclerosada que hasta entonces todos se figuraban perpetua. Un fervor en la mirada, una sinceridad que nos conmovía, no había chance de que te hiciéramos ver que tenías que superar la aparición y volver a tu miseria correspondiente.
Lo mejor fue decidir que estabas loca. Eso estropeaba suficientemente tu estado gratuito de plenitud, y a nosotros nos dejaba en un lugar más parecido al habitual, de nuevo eras un caso perdido del que lamentarse, un blanco fácil que invitaba al manoseo de cada aspecto de su existencia. Entonces la situación volvió a la normalidad bastante rápido. Para nosotros. Vos creo que fuiste feliz para siempre.

domingo, 13 de octubre de 2013

un veneno tibio en tu torrente sanguíneo

Un día normal, una serie de microcolapsos en puntos dispersos de la ciudad, una variedad de injusticias y tragedias que nunca llegarían a trascender. Te entretiene obsesionarte con los caminos retorcidos que sigue la información. Podés asustarte un poco, hay algo de tema inabordable que te obliga a un tanteo de dimensiones, como un juego de nenes con los ojos vendados. Lo que buscás es concreto, certezas, tamaños, distancias, una medición que te de el control, reducir algo infinito a algo delimitado. Eso te pasa, y un frío que empezó en tus pies y va subiendo por tu cuerpo acompañado por la ansiedad que da cualquier sufrimiento gradual. Llueve y quedaste bajo la protección precaria de lo que una señora llamó alero. La señora estuvo unos cinco minutos con vos, taladrando tu cabeza, tenía un paraguas rojo gigante y hacía su travesía por partes, te explicó, paraba cuando encontraba un lugar donde recuperarse del estrés que le causaba la tormenta. Apenas llegada hizo un intento de conversación que ni siquiera entendiste. Se incomodó frente a tu silencio, la tensión entre ustedes crecía y parecía que nada iba a poder frenar esa potente fuerza, hasta que un perro llegó al refugio. Empapado, gris y de ojos melancólicos, cuando la señora lo vio se alegró, le dio una bienvenida calurosa, pero tuvo una segunda reacción, una expresión fugaz de terror que recorrió su cara. La vulnerabilidad del perro gris le había traído un recuerdo de una noticia que había visto en facebook ese miso día, te explicó. Resultó que vos también la habías visto y también te había impactado, pero por otras razones. De hecho tu mente había resuelto entrar en esa angustia de la información, en esa necesidad de estadística, de medir y controlar, justo después de ese paso desafortunado por la red social. No querías acordarte. Te concentraste entonces en la señora, que ahora te hablaba de una foto de un lechón y unos cachorros corriendo juntos por una pradera, se te ocurrió sonreírle con ese tipo de mirada que sólo un psicótico es capaz de proporcionar, ella entonces abrió su paraguas y retomó su aventura climática, se desprendió de tu compañía aliviada, dejando el rastro de un escalofrío. El animal gris la siguió como un ente protector. Otra vez en soledad no pudiste posponer más un repaso en frío de esa cuestión de facebook. Una loca mutilaperros sube las fotos de su fechoría. Decenas de personas conmocionadas, indignadas hasta las lágrimas, se manifiestan, las une un intenso amor a los animales, un amor desbordante, incontenible, una emoción siempre a punto de explotar en miles de colores mágicos. Algo que pensás que no contribuye: cuando te metés en el link que lleva a la página que dio la noticia te encontrás con las fotos del animal en pleno sufrimiento. A esta altura sobrevuela la contradicción pero después de leer los comentarios lo que sentís ya es un malestar físico, un veneno tibio en tu torrente sanguíneo, un calor raro de cuando tenés fiebre. Decenas de personas llenas de amor ideando toda una gama de torturas salvajes, sádicas, sospechás que babean de placer cuando se cuentan entre ellos todo lo que le harían a esa pobre loca que se topó con ese pobre perro, qué fácil ese odio, qué fácil ese amor, cuánto miedo cuando entendés que escondían esas garras. Cuánto de esto hay en la humanidad, otra vez, estadísticas, no sé, cronómetros, cuántos robos, cuántos muertos, cuánto glifosato, cuánta prensa, cuántas mutilaciones de perros a cargo de una enferma mental, querés verlo de lejos como si fuera un planeta, una esfera perfecta rodeada de vacío. Vos también ibas al psiquiatra, tenías menos de veinte años y andabas visitando ese tipo de profesional, te medicaban, la locura era leve, las dosis chicas, las recetas rosas, la familia, la gente del entorno, algún amigo capaz, te trataban bien, te trataban con sonrisas tensas, como a alguien con problemas porque efectivamente tenías problemas, estaba en el conocimiento de todos, y así te ganaste ciertas actitudes y te perdiste otras. Después te dieron una especie de alta, no más medicación, de repente te dieron un certificado de normalidad con mucha pinta de falsificado, y te largaron al mundo a ver cómo te defendías, y el mundo era un lugar horrible, pero lo peor no era eso, horrible comprabas, con horrible podías intentar ser feliz, lo peor era otra cosa. Las garras escondidas, lo horrible que no puede ser horrible con sinceridad y es horrible nada más en los rincones oscuros, es horrible reprimido. Hasta locos mutilaperros sin careta, hasta cielo apocalíptico y lluvia fría debajo de un alero, hasta ahí comprabas.        

sábado, 3 de agosto de 2013

un ser contemplativo imposible

Unas gotas de rivotril a la milanesa, un trozado poco esmerado del alimento, un ofrecimiento maligno al perro hiperactivo. El animal recibe su regalo cárnico con total devoción, lo captura en una actitud loca de depredador que él mismo no llega a comprender, unas reminiscencias de naturaleza brutal en su sangre, un impulso irrefrenable para atacar una presa que no va a escapar a ninguna parte, que no tiene ni cara, está cocinada y rebozada en pan rallado. Eso se debe sentir raro. Al rato empieza el tambaleo, se hace evidente la lucha por conseguir su desplazamiento normal, quiere convencerse de que aun es capaz de moverse y logra unos pasos sin dirección clara dejando el rastro de un babeo ininterrumpido, un dibujo cercano a la elipse. Sus ladridos cambiaron a otra frecuencia, ya no son un ruido que sentís rebotar en tu cráneo como una pelotita metálica endemoniada. Le encontrás la gracia, hay algo que pudo insinuar una sonrisa en tu rostro y es que el animal entró en un estado de anestesia profunda que lo hace ver como un ser contemplativo imposible. Yo también sonrío frente a esa expresión tuya de embeleso con el perro zen, también hay algo ahí que nunca sos. Llega el momento en que cae y ahí queda, emite unos ronquidos mínimos como toda actividad y esa es la señal de que tenemos que proceder. Cargarlo en la camioneta es una tarea en general desesperante, su destino: un hogar de bienvenida dudosa. Subyace al traslado una situación genealógica compleja, un divorcio ajeno, dramático, un perro hiperactivo en adopción transitoria, un límite en nuestra paciencia. Una vez tomada la decisión de desadoptarlo empezamos con un ordenamiento frío de información para terminar tomando una decisión emocional, casi instintiva, un falso cálculo que nos dijo a quién le tocaba la tenencia del perro. Partimos, las cosas van saliendo bien, tocamos el timbre de una casa con un sinfín de plantas florecidas en la entrada, un objeto de yeso emula un conejo que lleva una maceta incrustada en su lomo. Abre una señora que en cuanto te ve se tensiona, de inmediato siento una cantidad de adrenalina en el aire que colorea el paisaje con otra intensidad. No perdés el tiempo, la explicación es básica, exponés la situación a la vez que depositamos al perro en la vereda, justo a los pies de la señora.
-Va a venir a buscarlo mañana un muchacho de Ascasubi
le decís como cierre, y la mentira brilla en tu mirada con un dejo de placer.



Pero la señora adivina la verdad, te conoce, siempre tuvo sus reservas con vos, siempre hubo una cosa gélida entre ustedes. Nunca aprendió cómo tratarte pero esta vez es peor, superaste toda expectativa, la hacés sentir acorralada. No puede rechazar al perro, tan tiernamente babeado, ama a los animales y eso es una especie de prioridad incoherente en su vida de sándwiches de mortadela a toda hora. Recibe al animal bajo su tutela en un estado de impotencia que le va a llevar días superar, la indignación es tal que necesita gestar una reacción ofensiva que te humille, aunque sea en una proporción ridícula con respecto al malestar que ella está sintiendo. Entonces cambia la expresión de su cara y le da paso a las pequeñas dosis de veneno personal que pudo fabricar en esos segundos, una sustancia en verdad inocua y desabrida que va largando por la boca en formato de habla. Te hace preguntas que supone incómodas, sus prejuicios se notan fortalecidos, son pilares que sostienen su dignidad lesionada, usa esa carta predecible, aburrida, intenta darle un giro agresivo al cuestionario pero lo único que logra es preguntarte con malicia cuándo es que vas a sentar cabeza. Vos te reís, la situación te emociona de manera singular, empezás a emanar esa mezcla de ira y alegría plena que hace que tus palabras se emitan con soltura, cantando casi, arrancás con un murmullo poco audible del que apenas se rescatan retazos: ni lo intente, señora, no se atreva a cuestionar mi modo de vivir, qué ilusa, señora. Ella tiene miedo y ese miedo te enciende, te reís con más potencia y con más inspiración: usted porque sentó cabeza de nacimiento, usted nació de cabeza sentada y no sabe de qué se trata el mundo. Nos vamos alejando, subís el volumen para compensar la distancia, tu trance te tomó por completo y ya no se entiende a quién le hablás pero pedís desesperadamente nuestra atención, necesitás que visualicemos algo, necesitás que nos concentremos en una imagen, describís cómo la cabeza de la señora está sentada literalmente en una silla de madera con apoyabrazos, bien dura y medio jaulosa la silla, barrotes, y su cabeza sentada en eso desde siempre y para siempre. Ahí llegaste al clímax. Lo que sigue es un decaimiento gradual hacia un estado autista, un silencio prolongado que quiere equilibrar todo lo que pasó.  

domingo, 30 de junio de 2013

un sonambulismo, una hipnosis que se siente lúcida

Cuando el tren venía hacia mí sentí terror. La oscuridad se entendía falsa, forzada, por encima unos fulgores igual de sintéticos, algo viscoso en el aire que se respiraba con dificultad, algo sutilmente repugnante, y el tren avanzando directamente hacia mí como insecto gigante de ciencia ficción. Yo sufría de una rigidez dolorosa en el cuerpo, sogas pinchudas atándome a una silla metálica, fría, en mis pensamientos un caos contradictorio de estrategias a adoptar, un debate interno elocuente que no alcanzaba ningún tipo de conclusión. Es que el ambiente brindaba una experiencia sensorial inaccesible de tan completa, pude resumir: un salón de brillo plástico y como figura un tren, un tren que caminaba con torpeza, un tren con la particularidad de estar hecho de personas. Decena y media de cuerpos en formación lineal intentando un avance coreográfico, encajado como se pudiese en la música que se imponía con un poco de violencia, una melodía básica, una percusión que consistía en una serie de explosiones y no mucho más, llegué a un clímax de terror paralizante. En una especie de desdoblamiento mi alma miraba desde arriba cómo se sumaban cuerpos al tren, cada uno una amenaza por sí solo, con sus 37 grados de temperatura, con su movimiento incontenible que parecía síntoma de una enfermedad que era necesario contagiar a otros cuerpos vulnerables. La rigidez cedió cuando mi mejor instinto, el de huída, se hizo presente como una catástrofe climática, me tomó por completo y tuve que hacer un esfuerzo enorme para controlar la velocidad de los pasos que me llevaron a la salida. Una vez atravesada la puerta sí fue válido un trote descontrolado, me alejé de la escena desafortunada sin pensar, la entrega al instinto fue completa. Cuando frené me acomodé lentamente al contexto nuevo, los grillos hacían sus ruidos y también los anfibios aportaban a esa otra música, sonidos acuáticos y una claridad siniestra a cargo de la luna. Traté de disfrutarlo, supe que iban a aflorar las preocupaciones, los dilemas, traté pero al tratar ya era tarde, con la conciencia había perdido por completo la sensación agradable, la neurosis otra vez instalada, vuelta a la rigidez, vuelta a la incomodidad, al frío, los zapatos ajustados. Me senté en una piedra helada a decidir cómo seguía el episodio. Volver al salón era una derrota, aunque imperceptible para cualquiera de los presentes era una derrota, también bastante incomprensible para mí pero no era cuestión de lógica, de razones, era lo opuesto. Era el contacto con un núcleo brutal adentro mío, la fuerza que en definitiva te guía por la vida, te sabotea las elecciones, te cega y te hace feliz o te hace salir corriendo, adentrarte en una noche cerrada, adversa, llena de alimañas. No te deja opción, hay como un sonambulismo, una hipnosis que se siente lúcida, acatás, procedés sin dudas de que es lo correcto, lo sabés con todo el cuerpo, es profundamente intuitivo. Podés equivocarte, siempre está esa posibilidad -de eso te hacés cargo en otro momento, con otro tipo de manifestación adentro tuyo- pero el saber lo tenés y es innegable. Me paro, la visión nocturna ya es natural y entiendo mejor el entorno, la audición también se afiló a un nivel asombroso, el ambiente brinda una experiencia sensorial completa, el núcleo brutal adentro mío quiere tomar el control otra vez, ser de nuevo un animal prehistórico perfectamente adaptado para sobrevivir en un lugar que se hace onírico, hay una sensación de alegría, plenitud, hay unos ruidos cerca y una silueta antropomórfica avanzando directamente hacia mí. 

lunes, 27 de mayo de 2013

un material raro, liviano, amarillito

Un psíquico te hace subir al escenario desde el cual propaga su show egocéntrico, extrañamente autorreferencial, vos estás pasando por una experiencia cannábica intensa y un psíquico te elige de entre una multitud ávida de experiencias metafísicas y te hace subir al escenario para que seas partícipe de uno de sus actos. Una vez ahí te vas enterando, hay que decir números, letras, hay que saberse los meses del año en perfecto orden y sus números y letras y cantidad de días, es todo de una complejidad que no esperabas, que no alcanzaste a sospechar a pesar de tu naturaleza neurótica, ahora tal vez apaciguada por la situación química en tu cuerpo. Sos abierto a experiencias nuevas, sos abierto a los distintos tipos de humano, coleccionás amistades sin prejuicios y sin descanso, y terminás accesible a un psíquico, a sus peticiones sin sentido, subido a un escenario tratando de acordarte cuántos días tiene octubre.

No sabrías precisar cantidad exacta, pero podés asegurar que octubre tiene muchísimos días. El último octubre que viviste, además de todos esos días correspondientes, tuvo una atmósfera especial, una variedad de situaciones sin precedentes, te pasaste el mes con la sensación de estar viviendo vidas de otros. El día típico se dividió en unidades nuevas, períodos de tiempo irregulares, libres, cada uno una historia mínima, cada uno con la singularidad de parecer eterno. Ejemplo de período irregular con la singularidad de parecer eterno: es de noche, recorrés caminando una zona de la ciudad que no conocés, buscando una dirección que resultaría inexistente, llevás dos planchas de un metro setenta por un metro cuarenta de un material raro, liviano, amarillito, que tienden a entablar con el viento unas discusiones inútiles. El último octubre que viviste conociste al epiléptico que te consiguió un trabajo en el que casi perdés la vida, tu vida fue salvada heroicamente por un perro llamado Mulita. Eso sobre fin de mes, el principio te encontró en una especie de festividad religiosa, el ambiente imposible de asimilar en actitud relajada, siempre algo oscuro, dañino, observándote desde rincones sombríos, echándote maldiciones. Te mantenías alerta, puro instinto de bestia salvaje, la adrenalina al tope dándote un plus de lucidez, y apareció el epiléptico con un insecticida en la mano. Esa imagen sí te hizo bien. Se presentó y empezó a hablar de cucarachas, después dijo: no fumo ni tomo alcohol, pero me gusta mucho el insecticida. Y no supiste hacer otra cosa que envolverlo en tu manto infalible de amistad. A los pocos días tenías un trabajo que implicaba un material raro, liviano, amarillito, que había que fabricar y había que testear y vender, había que abrirle un lugar en el mercado y a la vez vos sentías estar abriéndote un lugar en el mundo, profundamente agradecido por la existencia de ese material, conmovido y obsesionado con tu nuevo rol en la vida, andabas de noche caminando con planchas del material, visitabas al epiléptico, inhalaban insecticida y también rociaban un poco sobre las planchas para estudiar detenidamente la reacción química que tenía lugar. Una noche se pasaron de inhalación y así se enteraron de la epilepsia del epiléptico. El día que siguió se puso difícil sin compañero de trabajo, remando en soledad situaciones sociales con gente de piedra, tu ánimo roto, tu amigo internado, y una serie de errores técnicos que confabularon contra tu existencia. Otro ejemplo de período irregular con la singularidad de parecer eterno: no podés moverte, te estás asfixiando a causa de una emanación venenosa en un laboratorio semiclandestino muy chico, una de sus paredes con un objeto decorativo desconcertante: un plato blanco mediano con un retrato de J. F. Kennedy. Esa hubiera sido la última imagen procesada por tu cerebro si no fuera por el trance de ladrido obstinado a cargo de Mulita. De entrada habías sentido un cariño especial por ese animal marrón. Eso fue el 31 de octubre pasado, y a la mañana siguiente supiste que te despertabas en otro mes, en otro mundo, había una sensación de monotonía muy angustiante oprimiendo tu alma.

Octubre tiene 31 días. Hay un psíquico mirándote a los ojos, esperando una respuesta, su cara entera te suplica que reacciones, que salgas del coma introspectivo en el que caíste, vos ya volviste al contexto pero no tenés noción del tiempo transcurrido, no sabés qué pasó en tu ausencia, cuál fue la pregunta, qué es lo que demandan esos ojos arrogantes que te hacen doler, que te están pinchando, casi sentís la voz del psíquico abriéndose paso en tu mente desordenada, eso también duele y ya no podés luchar, inspirás, aclarás tu garganta y con mucha seriedad decís: 31.

domingo, 28 de abril de 2013

una de esas serpientes que comen cabras


Fue cuando un auto nos pasó a velocidad diabólica que la conversación que apenas manteníamos terminó de disolverse. La ruta era aburrida, una recta perfecta por cientos de kilómetros, un paisaje sombrío y a la vez un sol blanco quemando todas las texturas, la vegetación tan próxima a la marchitez completa. La luz entrando por la ventanilla, acentuando el azul, el gris de tus ojos helados, hablábamos sin entusiasmo, sin necesidad de entendernos, y un auto pasó a nuestro colectivo en una maniobra presuntuosa, al volante una mujer que intuimos brutal, llena de vitalidad, nos dejamos llevar por la escena sin poder decir nada. Después me levanté actuando una mirada de buscar en la lejanía y caminé para el fondo. Nos une un lazo de tensión que tiene bastante que ver con la distancia que nos separa, si la distancia aumenta el lazo pierde efecto, si la distancia disminuye sentimos una soga apretando nuestros cuellos, un estrangulamiento mutuo. Hablábamos con las gargantas endurecidas como en un deporte, un martirio que aprendimos a disimular con cortesía, hasta que pasó el auto y tomé el incidente como una oportunidad para escapar. Caminé para el fondo y me dejé caer en el primer asiento vacío que encontré. Al lado me encontré un personaje de ojos melosos y contradictorios que me interrogaron o expresaron sorpresa o entusiasmo. Cuando habló sentí una masa abrumadora y molesta de cosas difícil de enfrentar, hubo un malestar físico, hubo una fuerza oprimiendo mi cuerpo y una sonrisa de incomprensión en su cara, un silencio raro, y pronto estuvimos hablando de la noche anterior.

La noche anterior habíamos ido a una fiesta, mi mayor ambición durante esas horas había sido que el tiempo pasara rápido. Me entregué a la tarea de emborracharme en un rincón evitando cualquier salpicadura de alegría ajena. Varios bailaban, vos bailabas con tus ojos melosos encendidos, era un baile con mucho reglamento, mucho requisito, por momentos parecía divertido pero yo me quedé en un rincón mirando indiscretamente a algunas personas y a otras de reojo, trataba de imaginarles historias, necesitaba que las horas pasaran y miraba sin reservas cómo una mujer con un ojo emparchado se desplazaba artísticamente por la pista, en sus tres dimensiones, con un único ojo y un parche del color de su cara en lugar del otro. Era impresionante y no ayudaba al fluir del tiempo, en cambio el tiempo se detenía a cada rato, como cuando vos y la del parche improvisaron una coreografía bastante básica y se rieron como hienas. Después viniste a mi espacio sombrío y me preguntaste: a quién saco a bailar?, y yo te respondí: al pelirrojo, y creo que ese fue todo el intercambio de palabras que mantuvimos la noche anterior.

Ahora el caudal de tu habla había aumentado peligrosamente y una vez más necesité escapar, había que huir de tu voz y también de la pegajosidad de tu mirada, se hizo importante cortar ese vínculo entre ojos para lograr un desentendimiento completo de tu ser, empecé a enfocar la vista en otras direcciones al azar topándome con una serie de imágenes poco cohesivas. Alguien dormía profundamente con su boca abierta como una de esas serpientes que comen cabras, un desencaje en su mandíbula, unos ruidos cercanos al ronquido y por encima tu voz no interrumpible, unos ojos helados que se cruzaron con los míos y el roce de una soga en mi cuello, una mujer leyendo una novela con sus lentes de sol puestos, otros ojos bien oscuros, bien esquivos, unos rayos blancos interceptándolos y revelando una claridad secreta, un brillo fulminante medio dorado, ahí definitivamente el tiempo se detuvo, pero tu voz, tu voz y la ruta, la luz blanca recalentando el momento, la ruta con plantas pinchudas. Divisé los policías y los conos naranjas cuando fue evidente que el colectivo aminoraba su velocidad. Esta escena nueva silenció tu voz milagrosamente. Había policías, conos naranjas, personas con chalecos fosforescentes bajo el sol quemante y algo incandescente que me obligó a voltear la mirada. Adentro noté un desencaje de mandíbulas generalizado, mandíbulas antes encajadas habían pasado a un formato desencajado, los ojos helados, los ojos fulminantes y todo el resto de ojos miraban a través de las ventanillas en la misma dirección, también con un desencaje importante, tus ojos melosos me advirtieron, tu voz también quiso, miré de nuevo para afuera, el auto de velocidad diabólica estacionado en la banquina, desprolijo, puerta abierta, un par de autos más hechos chatarra incandescente, la conductora del auto, brutal, abrazando un cuerpo sin vida, zamarreándolo en un intento desesperado de despertarlo.

martes, 26 de marzo de 2013

contradicciones básicas que te carcomen


Lo sabemos casi desde el principio. En algún momento de esa existencia que lleva, paranoide y rebuscada, emprendió un estudio detallado de tu personalidad, de tu comportamiento, y lo sabemos casi desde ese instante preciso. Qué pretende: llegar a predecir tus reacciones, alcanzar esa situación ventajosa de tener el poder de manipularte, para después nunca usarlo. Te odia profunda y no oficialmente, te odia con un odio que se hace el grisáceo, el invisible, un odio que no para de crearle necesidades destructivas, lo sabemos desde el principio y lo sabemos demasiado bien incluso cuando nos gustaría poder desentendernos del calor de sus pasiones no correspondidas, de ese tipo de emanación múltiple siempre a su alrededor. Se compra cuadernos, libretas, va anotando conclusiones, frases en una supuesta jerga suya propia subjetiva personal y tan impresionante para un lector ocasional, un lector no deseado descubriendo sus profundidades llevadas al papel y grafito en esta era un tanto más silícica, un lector no deseado pero buscado con desesperación, dejás tus cuadernos abiertos en una ubicación tan obvia, calcular quiénes dónde cuándo y dejarles ahí la oportunidad de imbuirse en tu universo paralelo de impensable riqueza, una más de esas contradicciones básicas que te carcomen sin que vos lo sepas pero nosotros lo sabemos, estudiamos tu personalidad, tu comportamiento, no por elección si no por no encontrar escapatoria a tu presencia incisiva, ineludible. Odiás en un romanticismo falto de sutilezas, no se sabe si te mueve la envidia, la humillación, tema tantas veces discutido, qué te da cotidianamente esos empujones que cada día confirmen tu excentricidad, quisiera que se tratara de un odio puro sin intereses de fondo, un odio caprichoso y por eso fascinante. Te estudiamos, para ser una actividad que sentimos como impuesta es notable el tiempo y la energía que nos lleva. Llegamos, dejamos nuestros bolsos y abrigos, nos tiramos en el sillón y se enciende la pantalla más gigante que pudimos comprar, elegimos una programación que no implique pensar y va a darse una conversación intermitente, medio automática, en la que tus actividades de la jornada se irán incluyendo en un proceso gradual sospechosamente ansioso, cómo te vas afinando en ciertas estrategias erróneas, mencionamos, sos virtuoso ya en un par de técnicas que no funcionan en absoluto, decimos, nos reímos de tu persecución encarnizada de ese personaje indiferente, allá lejos de todos nosotros en su mundo de lucidez. Y hay una amargura de fondo porque entendemos que estamos alimentando una cuestión muy oscura, algo que se acerca a la dependencia o a la adicción, algo que nos rebaja. Ni siquiera tenemos esa parafernalia ingeniosa que vos sí, tampoco tu romanticismo anacrónico, ni siquiera una meta, tenemos en cambio una vida correcta y aburrida, nos concentramos en absorber del mundo todo lo que nos haga sentir más agudos o menos ridículos, la ilusión de estar escapando del montón de zombis conformistas sobrealimentados que nos tiene acorralado sin que opongamos resistencia.

miércoles, 20 de febrero de 2013

un gordo satelitando el área


En principio nadie quiso profundizar, recordar con exactitud las circunstancias. Las reacciones fueron diversas pero en ningún caso se invitaba a reconstruir los hechos que habían dejado como saldo un aparato tecnológico inutilizado. Hubo acuerdo tácito en posponer el intercambio de argumentos para después de resolver el problema material, se intentó adoptar una actitud práctica. Eso en principio, y duró poco. Lo que siguió fue el brote silencioso de una variedad de sentimientos intensos en la línea de la desesperación. La atmósfera se llenó de colores violentos, un tanto surrealistas, y en el centro de la escena un aparato tecnológico inutilizado, ajeno, alquilado, imposible de pagar. Un aparato víctima de las miradas sostenidas de todos durante un suspenso doloroso que desembocó repentinamente en urgencia de explicar el siniestro. Cada cual hizo su declaración en medio de un clima de ansiedad e incoherencia, y la conclusión final resultó, como era de esperar, deforme. Frustrados y conscientes de lo terrible del paso de cada segundo, volvieron a concentrar sus esfuerzos en solucionar el desperfecto tangible. Esta vez con una energía especial, desplazamientos, elocuencia telefónica, movimientos e interacciones que podrían considerarse innecesarios pero en realidad tenían un rol importante en subir el ánimo, o en minimizar su decaimiento. Entonces llegaron en un auto blanco a una dirección cercana, con la sensación de haber sido teletransportados. Casa, puerta, timbre, sale un pelado con un alto nivel de preocupación en la mirada y un discurso cordial logrado con esfuerzo. Desde la vereda lo miran maravillados al pelado, lo visualizan al pelado detrás de lentes oscuros injustificables a esa hora, amortiguando unos ojos nerviosos, llorosos en algún caso, se trata de una imagen potente. La comunicación se da en forma compleja, dificultada por la desconfianza que desde el primer momento de contacto se había instalado entre las partes negociantes, el lenguaje técnico no es problema, los números se dicen con pudor. El pelado y los demás implicados suben al auto blanco teletransportador y llegan al lugar de la tragedia. Abundan objetos plásticos, cables, contracturas, un gordo satelitando el área sin poder aportar armonía a la situación. El aparato inútil es suplantado por uno útil de última generación, por un instante yacen uno al lado del otro tan sujetos a comparación, tan mansos, haciendo denso el surrealismo y de alguna manera destacando la intervención del pelado que se va volviendo heroico. El aparato suplente funciona, hay alivio, hay perdonados sin haber todavía culpables, hay un pelado menos preocupado, más seguro, que no duda en suspender la desconfianza inicial para desplegar una nebulosa de conocimientos, un discurso cordial y heroico y objetos plásticos, mal recibido ese pack por todos, en especial por el gordo satélite. Hay un aparato que anda pero la tensión debe continuar, el aparato original ha de ser entregado en pleno uso de sus facultades y eso va a tener un precio que es mejor no calcular. El paso de cada segundo se empieza a sentir punzante otra vez, ojos llorosos y desplazamientos, hay que comunicar la suerte del aparato original para que todo siga su curso. El pelado y el gordo parecen haber entrado en una competencia de egos y se divierten, la retórica es desmedida, el vocabulario no alcanza y se recurre a mímicas extrañas, hay gran aporte a la densidad siempre creciente y en este contexto hay que hacer una confesión telefónica muy difícil, se toma aire, se elige el contacto, se inspira y se exhala aire, un sonido indica que el teléfono destino está sonando, el aire recircula veloz y hay sonidos de que alguien atiende, hay un calor poderoso cuando se escucha el hola más dulce e inocente del cual es capaz un ser humano, hay que informarle justamente a este humano que su aparato ha sido corrompido y ha muerto o entrado en un coma profundo y la situación es de un calor poderoso y una angustia paranormal, se hace la declaración, hay un silencio corto pero eterno, el gordo y el pelado se disputan de maneras encubiertas sus respectivas contribuciones al acto heroico, el silencio es corto pero incomprensiblemente sigue durando y la angustia empeora hasta que del otro lado la voz más sincera y humilde de la cual es capaz un ser humano dice que no importa que todo va a salir bien, y esa voz, entendemos, es la del verdadero héroe de esta historia.      

domingo, 20 de enero de 2013

cosa chiclosa incorruptible


Venías con ese peinado nuevo que te dejó la quimioterapia, en una persecución frenética de tu destino que procurabas mantener en secreto, en silencio. Tu mirada chocaba con la mía y escapaba en otra dirección a la vez que tratabas de armar una sonrisa tranquilizadora, entonces tu careta de paz interior se tensionaba en la región mandibular dándote un aspecto de loco impredecible. No se sabe realmente si te estás muriendo, se dice tanto sobre esto, vos no, vos no decís nada, hay que obligarte a hablar o lo último que hay que hacer es obligarte a hablar, es un dilema importante, se discute y después cada cual procede como le parece, a pesar de los intentos infructuosos de llegar a un acuerdo hay mucha desprolijidad en los resultados. Ayer tuvimos una reunión eterna, siento que todavía estoy ahí en un falso intercambio de ideas, vos me das tu idea y yo te doy la mía y esto no tiene ningún efecto, ninguna consecuencia, me das tu idea y te doy la mía, nos aceptamos nuestras respectivas ideas como en un acto de cortesía, simplemente coleccionamos, ya hace tiempo que desarrollamos mecanismos de inmunidad, impermeabilidad casi infalible, subimos el tono, bajamos el tono, nos desviamos, el paisaje cambia, hacemos café, la reunión sostenidamente improductiva empieza a tener sentido cuando alguien cuenta algo gracioso que le pasó en el banco. No se sabe realmente si te estás muriendo, mi estudio esmerado de tu comportamiento me dice que sucumbiste a la idea de la muerte como en un enamoramiento, pero hay contradicción. Tu cuerpo pesa más que nunca, más te pesa más querés convencernos de tus habilidades levitativas, constantes indicios de ese tipo, una nueva forma de no interesarte por las cosas mundanas, también con su correspondiente disfraz, unos ojos raros que lo único que buscan es un horizonte fantaseado. No me quiero meter con eso, si te estás muriendo acepto que fabriques tu horizonte como quieras, como puedas, que adhieras a ese mutismo para muchos desesperante, no me quiero meter en absoluto. Pretendo acompañarte sin decir nada, ambiciono un silencio significativo pero predigo que el silencio va a ser, en cambio, incómodo, que las palabras significativas van a ser incómodas, que todo lo significativo va a estar estigmatizado y nos van a quedar por el resto de tus días unas conversaciones demasiado parecidas a las que tuvimos siempre. No sé si voy a extrañarte, no creo tener la capacidad de extrañar, sí puedo llegar a tener accesos de culpa, un recuerdo abrupto que desencadena la culpa gigante de haberme olvidado tanto tiempo seguido de alguien querido que se murió. Ahí me detengo, ahí se hace necesario un examen de lo que está sucediendo, hay que ponerlo en lenguaje racional, en lógica, en números, hay que entenderlo a distintos niveles porque de eso se trata. Ya estoy haciendo un duelo. El duelo es una digestión que nunca se consuma, ya mastico esa cosa chiclosa incorruptible, blanda pero siempre igual de entera, engañosa. Venías con tu cabeza impecable, traías dos alfajores blancos en la mano, uno para vos, uno para mí, nos sentamos en la vereda y los comimos con movimientos mandibulares algo agresivos, casi sin hablar.