domingo, 20 de enero de 2013

cosa chiclosa incorruptible


Venías con ese peinado nuevo que te dejó la quimioterapia, en una persecución frenética de tu destino que procurabas mantener en secreto, en silencio. Tu mirada chocaba con la mía y escapaba en otra dirección a la vez que tratabas de armar una sonrisa tranquilizadora, entonces tu careta de paz interior se tensionaba en la región mandibular dándote un aspecto de loco impredecible. No se sabe realmente si te estás muriendo, se dice tanto sobre esto, vos no, vos no decís nada, hay que obligarte a hablar o lo último que hay que hacer es obligarte a hablar, es un dilema importante, se discute y después cada cual procede como le parece, a pesar de los intentos infructuosos de llegar a un acuerdo hay mucha desprolijidad en los resultados. Ayer tuvimos una reunión eterna, siento que todavía estoy ahí en un falso intercambio de ideas, vos me das tu idea y yo te doy la mía y esto no tiene ningún efecto, ninguna consecuencia, me das tu idea y te doy la mía, nos aceptamos nuestras respectivas ideas como en un acto de cortesía, simplemente coleccionamos, ya hace tiempo que desarrollamos mecanismos de inmunidad, impermeabilidad casi infalible, subimos el tono, bajamos el tono, nos desviamos, el paisaje cambia, hacemos café, la reunión sostenidamente improductiva empieza a tener sentido cuando alguien cuenta algo gracioso que le pasó en el banco. No se sabe realmente si te estás muriendo, mi estudio esmerado de tu comportamiento me dice que sucumbiste a la idea de la muerte como en un enamoramiento, pero hay contradicción. Tu cuerpo pesa más que nunca, más te pesa más querés convencernos de tus habilidades levitativas, constantes indicios de ese tipo, una nueva forma de no interesarte por las cosas mundanas, también con su correspondiente disfraz, unos ojos raros que lo único que buscan es un horizonte fantaseado. No me quiero meter con eso, si te estás muriendo acepto que fabriques tu horizonte como quieras, como puedas, que adhieras a ese mutismo para muchos desesperante, no me quiero meter en absoluto. Pretendo acompañarte sin decir nada, ambiciono un silencio significativo pero predigo que el silencio va a ser, en cambio, incómodo, que las palabras significativas van a ser incómodas, que todo lo significativo va a estar estigmatizado y nos van a quedar por el resto de tus días unas conversaciones demasiado parecidas a las que tuvimos siempre. No sé si voy a extrañarte, no creo tener la capacidad de extrañar, sí puedo llegar a tener accesos de culpa, un recuerdo abrupto que desencadena la culpa gigante de haberme olvidado tanto tiempo seguido de alguien querido que se murió. Ahí me detengo, ahí se hace necesario un examen de lo que está sucediendo, hay que ponerlo en lenguaje racional, en lógica, en números, hay que entenderlo a distintos niveles porque de eso se trata. Ya estoy haciendo un duelo. El duelo es una digestión que nunca se consuma, ya mastico esa cosa chiclosa incorruptible, blanda pero siempre igual de entera, engañosa. Venías con tu cabeza impecable, traías dos alfajores blancos en la mano, uno para vos, uno para mí, nos sentamos en la vereda y los comimos con movimientos mandibulares algo agresivos, casi sin hablar.