domingo, 28 de abril de 2013

una de esas serpientes que comen cabras


Fue cuando un auto nos pasó a velocidad diabólica que la conversación que apenas manteníamos terminó de disolverse. La ruta era aburrida, una recta perfecta por cientos de kilómetros, un paisaje sombrío y a la vez un sol blanco quemando todas las texturas, la vegetación tan próxima a la marchitez completa. La luz entrando por la ventanilla, acentuando el azul, el gris de tus ojos helados, hablábamos sin entusiasmo, sin necesidad de entendernos, y un auto pasó a nuestro colectivo en una maniobra presuntuosa, al volante una mujer que intuimos brutal, llena de vitalidad, nos dejamos llevar por la escena sin poder decir nada. Después me levanté actuando una mirada de buscar en la lejanía y caminé para el fondo. Nos une un lazo de tensión que tiene bastante que ver con la distancia que nos separa, si la distancia aumenta el lazo pierde efecto, si la distancia disminuye sentimos una soga apretando nuestros cuellos, un estrangulamiento mutuo. Hablábamos con las gargantas endurecidas como en un deporte, un martirio que aprendimos a disimular con cortesía, hasta que pasó el auto y tomé el incidente como una oportunidad para escapar. Caminé para el fondo y me dejé caer en el primer asiento vacío que encontré. Al lado me encontré un personaje de ojos melosos y contradictorios que me interrogaron o expresaron sorpresa o entusiasmo. Cuando habló sentí una masa abrumadora y molesta de cosas difícil de enfrentar, hubo un malestar físico, hubo una fuerza oprimiendo mi cuerpo y una sonrisa de incomprensión en su cara, un silencio raro, y pronto estuvimos hablando de la noche anterior.

La noche anterior habíamos ido a una fiesta, mi mayor ambición durante esas horas había sido que el tiempo pasara rápido. Me entregué a la tarea de emborracharme en un rincón evitando cualquier salpicadura de alegría ajena. Varios bailaban, vos bailabas con tus ojos melosos encendidos, era un baile con mucho reglamento, mucho requisito, por momentos parecía divertido pero yo me quedé en un rincón mirando indiscretamente a algunas personas y a otras de reojo, trataba de imaginarles historias, necesitaba que las horas pasaran y miraba sin reservas cómo una mujer con un ojo emparchado se desplazaba artísticamente por la pista, en sus tres dimensiones, con un único ojo y un parche del color de su cara en lugar del otro. Era impresionante y no ayudaba al fluir del tiempo, en cambio el tiempo se detenía a cada rato, como cuando vos y la del parche improvisaron una coreografía bastante básica y se rieron como hienas. Después viniste a mi espacio sombrío y me preguntaste: a quién saco a bailar?, y yo te respondí: al pelirrojo, y creo que ese fue todo el intercambio de palabras que mantuvimos la noche anterior.

Ahora el caudal de tu habla había aumentado peligrosamente y una vez más necesité escapar, había que huir de tu voz y también de la pegajosidad de tu mirada, se hizo importante cortar ese vínculo entre ojos para lograr un desentendimiento completo de tu ser, empecé a enfocar la vista en otras direcciones al azar topándome con una serie de imágenes poco cohesivas. Alguien dormía profundamente con su boca abierta como una de esas serpientes que comen cabras, un desencaje en su mandíbula, unos ruidos cercanos al ronquido y por encima tu voz no interrumpible, unos ojos helados que se cruzaron con los míos y el roce de una soga en mi cuello, una mujer leyendo una novela con sus lentes de sol puestos, otros ojos bien oscuros, bien esquivos, unos rayos blancos interceptándolos y revelando una claridad secreta, un brillo fulminante medio dorado, ahí definitivamente el tiempo se detuvo, pero tu voz, tu voz y la ruta, la luz blanca recalentando el momento, la ruta con plantas pinchudas. Divisé los policías y los conos naranjas cuando fue evidente que el colectivo aminoraba su velocidad. Esta escena nueva silenció tu voz milagrosamente. Había policías, conos naranjas, personas con chalecos fosforescentes bajo el sol quemante y algo incandescente que me obligó a voltear la mirada. Adentro noté un desencaje de mandíbulas generalizado, mandíbulas antes encajadas habían pasado a un formato desencajado, los ojos helados, los ojos fulminantes y todo el resto de ojos miraban a través de las ventanillas en la misma dirección, también con un desencaje importante, tus ojos melosos me advirtieron, tu voz también quiso, miré de nuevo para afuera, el auto de velocidad diabólica estacionado en la banquina, desprolijo, puerta abierta, un par de autos más hechos chatarra incandescente, la conductora del auto, brutal, abrazando un cuerpo sin vida, zamarreándolo en un intento desesperado de despertarlo.