domingo, 30 de junio de 2013

un sonambulismo, una hipnosis que se siente lúcida

Cuando el tren venía hacia mí sentí terror. La oscuridad se entendía falsa, forzada, por encima unos fulgores igual de sintéticos, algo viscoso en el aire que se respiraba con dificultad, algo sutilmente repugnante, y el tren avanzando directamente hacia mí como insecto gigante de ciencia ficción. Yo sufría de una rigidez dolorosa en el cuerpo, sogas pinchudas atándome a una silla metálica, fría, en mis pensamientos un caos contradictorio de estrategias a adoptar, un debate interno elocuente que no alcanzaba ningún tipo de conclusión. Es que el ambiente brindaba una experiencia sensorial inaccesible de tan completa, pude resumir: un salón de brillo plástico y como figura un tren, un tren que caminaba con torpeza, un tren con la particularidad de estar hecho de personas. Decena y media de cuerpos en formación lineal intentando un avance coreográfico, encajado como se pudiese en la música que se imponía con un poco de violencia, una melodía básica, una percusión que consistía en una serie de explosiones y no mucho más, llegué a un clímax de terror paralizante. En una especie de desdoblamiento mi alma miraba desde arriba cómo se sumaban cuerpos al tren, cada uno una amenaza por sí solo, con sus 37 grados de temperatura, con su movimiento incontenible que parecía síntoma de una enfermedad que era necesario contagiar a otros cuerpos vulnerables. La rigidez cedió cuando mi mejor instinto, el de huída, se hizo presente como una catástrofe climática, me tomó por completo y tuve que hacer un esfuerzo enorme para controlar la velocidad de los pasos que me llevaron a la salida. Una vez atravesada la puerta sí fue válido un trote descontrolado, me alejé de la escena desafortunada sin pensar, la entrega al instinto fue completa. Cuando frené me acomodé lentamente al contexto nuevo, los grillos hacían sus ruidos y también los anfibios aportaban a esa otra música, sonidos acuáticos y una claridad siniestra a cargo de la luna. Traté de disfrutarlo, supe que iban a aflorar las preocupaciones, los dilemas, traté pero al tratar ya era tarde, con la conciencia había perdido por completo la sensación agradable, la neurosis otra vez instalada, vuelta a la rigidez, vuelta a la incomodidad, al frío, los zapatos ajustados. Me senté en una piedra helada a decidir cómo seguía el episodio. Volver al salón era una derrota, aunque imperceptible para cualquiera de los presentes era una derrota, también bastante incomprensible para mí pero no era cuestión de lógica, de razones, era lo opuesto. Era el contacto con un núcleo brutal adentro mío, la fuerza que en definitiva te guía por la vida, te sabotea las elecciones, te cega y te hace feliz o te hace salir corriendo, adentrarte en una noche cerrada, adversa, llena de alimañas. No te deja opción, hay como un sonambulismo, una hipnosis que se siente lúcida, acatás, procedés sin dudas de que es lo correcto, lo sabés con todo el cuerpo, es profundamente intuitivo. Podés equivocarte, siempre está esa posibilidad -de eso te hacés cargo en otro momento, con otro tipo de manifestación adentro tuyo- pero el saber lo tenés y es innegable. Me paro, la visión nocturna ya es natural y entiendo mejor el entorno, la audición también se afiló a un nivel asombroso, el ambiente brinda una experiencia sensorial completa, el núcleo brutal adentro mío quiere tomar el control otra vez, ser de nuevo un animal prehistórico perfectamente adaptado para sobrevivir en un lugar que se hace onírico, hay una sensación de alegría, plenitud, hay unos ruidos cerca y una silueta antropomórfica avanzando directamente hacia mí. 

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