sábado, 3 de agosto de 2013

un ser contemplativo imposible

Unas gotas de rivotril a la milanesa, un trozado poco esmerado del alimento, un ofrecimiento maligno al perro hiperactivo. El animal recibe su regalo cárnico con total devoción, lo captura en una actitud loca de depredador que él mismo no llega a comprender, unas reminiscencias de naturaleza brutal en su sangre, un impulso irrefrenable para atacar una presa que no va a escapar a ninguna parte, que no tiene ni cara, está cocinada y rebozada en pan rallado. Eso se debe sentir raro. Al rato empieza el tambaleo, se hace evidente la lucha por conseguir su desplazamiento normal, quiere convencerse de que aun es capaz de moverse y logra unos pasos sin dirección clara dejando el rastro de un babeo ininterrumpido, un dibujo cercano a la elipse. Sus ladridos cambiaron a otra frecuencia, ya no son un ruido que sentís rebotar en tu cráneo como una pelotita metálica endemoniada. Le encontrás la gracia, hay algo que pudo insinuar una sonrisa en tu rostro y es que el animal entró en un estado de anestesia profunda que lo hace ver como un ser contemplativo imposible. Yo también sonrío frente a esa expresión tuya de embeleso con el perro zen, también hay algo ahí que nunca sos. Llega el momento en que cae y ahí queda, emite unos ronquidos mínimos como toda actividad y esa es la señal de que tenemos que proceder. Cargarlo en la camioneta es una tarea en general desesperante, su destino: un hogar de bienvenida dudosa. Subyace al traslado una situación genealógica compleja, un divorcio ajeno, dramático, un perro hiperactivo en adopción transitoria, un límite en nuestra paciencia. Una vez tomada la decisión de desadoptarlo empezamos con un ordenamiento frío de información para terminar tomando una decisión emocional, casi instintiva, un falso cálculo que nos dijo a quién le tocaba la tenencia del perro. Partimos, las cosas van saliendo bien, tocamos el timbre de una casa con un sinfín de plantas florecidas en la entrada, un objeto de yeso emula un conejo que lleva una maceta incrustada en su lomo. Abre una señora que en cuanto te ve se tensiona, de inmediato siento una cantidad de adrenalina en el aire que colorea el paisaje con otra intensidad. No perdés el tiempo, la explicación es básica, exponés la situación a la vez que depositamos al perro en la vereda, justo a los pies de la señora.
-Va a venir a buscarlo mañana un muchacho de Ascasubi
le decís como cierre, y la mentira brilla en tu mirada con un dejo de placer.



Pero la señora adivina la verdad, te conoce, siempre tuvo sus reservas con vos, siempre hubo una cosa gélida entre ustedes. Nunca aprendió cómo tratarte pero esta vez es peor, superaste toda expectativa, la hacés sentir acorralada. No puede rechazar al perro, tan tiernamente babeado, ama a los animales y eso es una especie de prioridad incoherente en su vida de sándwiches de mortadela a toda hora. Recibe al animal bajo su tutela en un estado de impotencia que le va a llevar días superar, la indignación es tal que necesita gestar una reacción ofensiva que te humille, aunque sea en una proporción ridícula con respecto al malestar que ella está sintiendo. Entonces cambia la expresión de su cara y le da paso a las pequeñas dosis de veneno personal que pudo fabricar en esos segundos, una sustancia en verdad inocua y desabrida que va largando por la boca en formato de habla. Te hace preguntas que supone incómodas, sus prejuicios se notan fortalecidos, son pilares que sostienen su dignidad lesionada, usa esa carta predecible, aburrida, intenta darle un giro agresivo al cuestionario pero lo único que logra es preguntarte con malicia cuándo es que vas a sentar cabeza. Vos te reís, la situación te emociona de manera singular, empezás a emanar esa mezcla de ira y alegría plena que hace que tus palabras se emitan con soltura, cantando casi, arrancás con un murmullo poco audible del que apenas se rescatan retazos: ni lo intente, señora, no se atreva a cuestionar mi modo de vivir, qué ilusa, señora. Ella tiene miedo y ese miedo te enciende, te reís con más potencia y con más inspiración: usted porque sentó cabeza de nacimiento, usted nació de cabeza sentada y no sabe de qué se trata el mundo. Nos vamos alejando, subís el volumen para compensar la distancia, tu trance te tomó por completo y ya no se entiende a quién le hablás pero pedís desesperadamente nuestra atención, necesitás que visualicemos algo, necesitás que nos concentremos en una imagen, describís cómo la cabeza de la señora está sentada literalmente en una silla de madera con apoyabrazos, bien dura y medio jaulosa la silla, barrotes, y su cabeza sentada en eso desde siempre y para siempre. Ahí llegaste al clímax. Lo que sigue es un decaimiento gradual hacia un estado autista, un silencio prolongado que quiere equilibrar todo lo que pasó.  

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