domingo, 13 de octubre de 2013

un veneno tibio en tu torrente sanguíneo

Un día normal, una serie de microcolapsos en puntos dispersos de la ciudad, una variedad de injusticias y tragedias que nunca llegarían a trascender. Te entretiene obsesionarte con los caminos retorcidos que sigue la información. Podés asustarte un poco, hay algo de tema inabordable que te obliga a un tanteo de dimensiones, como un juego de nenes con los ojos vendados. Lo que buscás es concreto, certezas, tamaños, distancias, una medición que te de el control, reducir algo infinito a algo delimitado. Eso te pasa, y un frío que empezó en tus pies y va subiendo por tu cuerpo acompañado por la ansiedad que da cualquier sufrimiento gradual. Llueve y quedaste bajo la protección precaria de lo que una señora llamó alero. La señora estuvo unos cinco minutos con vos, taladrando tu cabeza, tenía un paraguas rojo gigante y hacía su travesía por partes, te explicó, paraba cuando encontraba un lugar donde recuperarse del estrés que le causaba la tormenta. Apenas llegada hizo un intento de conversación que ni siquiera entendiste. Se incomodó frente a tu silencio, la tensión entre ustedes crecía y parecía que nada iba a poder frenar esa potente fuerza, hasta que un perro llegó al refugio. Empapado, gris y de ojos melancólicos, cuando la señora lo vio se alegró, le dio una bienvenida calurosa, pero tuvo una segunda reacción, una expresión fugaz de terror que recorrió su cara. La vulnerabilidad del perro gris le había traído un recuerdo de una noticia que había visto en facebook ese miso día, te explicó. Resultó que vos también la habías visto y también te había impactado, pero por otras razones. De hecho tu mente había resuelto entrar en esa angustia de la información, en esa necesidad de estadística, de medir y controlar, justo después de ese paso desafortunado por la red social. No querías acordarte. Te concentraste entonces en la señora, que ahora te hablaba de una foto de un lechón y unos cachorros corriendo juntos por una pradera, se te ocurrió sonreírle con ese tipo de mirada que sólo un psicótico es capaz de proporcionar, ella entonces abrió su paraguas y retomó su aventura climática, se desprendió de tu compañía aliviada, dejando el rastro de un escalofrío. El animal gris la siguió como un ente protector. Otra vez en soledad no pudiste posponer más un repaso en frío de esa cuestión de facebook. Una loca mutilaperros sube las fotos de su fechoría. Decenas de personas conmocionadas, indignadas hasta las lágrimas, se manifiestan, las une un intenso amor a los animales, un amor desbordante, incontenible, una emoción siempre a punto de explotar en miles de colores mágicos. Algo que pensás que no contribuye: cuando te metés en el link que lleva a la página que dio la noticia te encontrás con las fotos del animal en pleno sufrimiento. A esta altura sobrevuela la contradicción pero después de leer los comentarios lo que sentís ya es un malestar físico, un veneno tibio en tu torrente sanguíneo, un calor raro de cuando tenés fiebre. Decenas de personas llenas de amor ideando toda una gama de torturas salvajes, sádicas, sospechás que babean de placer cuando se cuentan entre ellos todo lo que le harían a esa pobre loca que se topó con ese pobre perro, qué fácil ese odio, qué fácil ese amor, cuánto miedo cuando entendés que escondían esas garras. Cuánto de esto hay en la humanidad, otra vez, estadísticas, no sé, cronómetros, cuántos robos, cuántos muertos, cuánto glifosato, cuánta prensa, cuántas mutilaciones de perros a cargo de una enferma mental, querés verlo de lejos como si fuera un planeta, una esfera perfecta rodeada de vacío. Vos también ibas al psiquiatra, tenías menos de veinte años y andabas visitando ese tipo de profesional, te medicaban, la locura era leve, las dosis chicas, las recetas rosas, la familia, la gente del entorno, algún amigo capaz, te trataban bien, te trataban con sonrisas tensas, como a alguien con problemas porque efectivamente tenías problemas, estaba en el conocimiento de todos, y así te ganaste ciertas actitudes y te perdiste otras. Después te dieron una especie de alta, no más medicación, de repente te dieron un certificado de normalidad con mucha pinta de falsificado, y te largaron al mundo a ver cómo te defendías, y el mundo era un lugar horrible, pero lo peor no era eso, horrible comprabas, con horrible podías intentar ser feliz, lo peor era otra cosa. Las garras escondidas, lo horrible que no puede ser horrible con sinceridad y es horrible nada más en los rincones oscuros, es horrible reprimido. Hasta locos mutilaperros sin careta, hasta cielo apocalíptico y lluvia fría debajo de un alero, hasta ahí comprabas.