domingo, 24 de noviembre de 2013

naturaleza del objeto fantasmagórico

La aparición se da en medio de una oscuridad intermitente, la interrumpen los destellos provenientes de un árbol de navidad. No se olvidó las lucecitas enchufadas toda la noche, decidió dejarlas en su prendido y apagado regular porque el día anterior cuando terminó de colgar en el pino falso todas las bolas y guirnaldas brillantes y después las luces de colores se encendieron y el aire se llenó de esa magia plástica y olor a cables en un quemado gradual, eso le dio una sensación de hogar cálido, armonioso, que quiso prolongar al máximo. Ahora se prepara un café instantáneo un poco antes de la madrugada, insomne y embelesada con los reflejos en los portarretratos, fotos familiares que por una vez pierden su significado para volverse algo abstracto y de una belleza básica muy fácil de apreciar. Revuelve su café con persistencia, un poco alerta, un poco asustada por el silencio que no siente del todo pleno. Cuanta más atención presta más se le desdibuja el entorno, hay sombras que se mueven engañosas, hay sonidos raros al límite de lo audible que se mezclan con los latidos de su corazón cada vez más desesperados, su respiración se agita, alcanza un estado de pánico que llega a su momento cúlmine justo cuando ante sus ojos toma forma un espectro. Es el retorno de su hermano en versión fantasma, en la mano izquierda sostiene algo que intenta alcanzarle en un movimiento exageradamente lento, son papeles, unas pocas hojas que conforman un documento importante: la escritura de un inmueble. Nada es nítido, nada es evidente, pero ella nunca duda de la naturaleza del objeto fantasmagórico, tampoco de la identidad de su portador. Y es en esta escena paranormal, en este formato límite de negociaciones que involucra un documento intangible y no abogados ni escribanos, así es como llega la resolución de un problema que había estado carcomiendo a la familia durante generaciones.
Nunca sospechamos que tu mente sería capaz de idear semejante cosa ridícula. Nos contaste la historia con una emoción rejuvenecedora, un brillo nuevo en los ojos, un estiramiento facial desacostumbrado que te borraba un par de arrugas. Siempre fuiste estable en tu ánimo, estancada en un nivel alto de obsesión y preocupaciones, tiñendo el ambiente de un único color nauseabundo, un aura que cargabas y algunos llegábamos a percibir como un sutil olor a sertal compuesto. No creíamos que pudieras ser tan irracional. Después te fuiste a Hawai y nos dejaste todavía más estupefactos, dolidos incluso, necesitando de tu estilo de vida incoloro para sentirnos un poco menos monocromáticos. Empezaste a tomar clases de un arte marcial extraña y temimos haberte perdido en esta nueva dimensión de aventuras y realización personal. No tolerábamos la idea de que veinte años de entrega apasionada al martirio familiar, secretos, mentiras, enfermedad, resignación, veinte años de ceguera casi total al resto del mundo, concluyeran con la liberación instantánea a cargo de un fantasma. Indagábamos, te hacíamos preguntas maliciosas siempre bajo la careta de admiración y respeto por la llegada del espectro salvador. No, no habías agarrado la escritura, era simbólica, si era simbólica no se había resuelto nada, sí que se había resuelto, estabas en paz con tu difunto hermano y con toda la pesada genealogía implicada, habías desatado esa maraña esclerosada que hasta entonces todos se figuraban perpetua. Un fervor en la mirada, una sinceridad que nos conmovía, no había chance de que te hiciéramos ver que tenías que superar la aparición y volver a tu miseria correspondiente.
Lo mejor fue decidir que estabas loca. Eso estropeaba suficientemente tu estado gratuito de plenitud, y a nosotros nos dejaba en un lugar más parecido al habitual, de nuevo eras un caso perdido del que lamentarse, un blanco fácil que invitaba al manoseo de cada aspecto de su existencia. Entonces la situación volvió a la normalidad bastante rápido. Para nosotros. Vos creo que fuiste feliz para siempre.