jueves, 9 de octubre de 2014

situación de meticulosidad

El sábado me levanté temprano y limpié y ordené aproximadamente la mitad de la casa. El domingo me levanté temprano y limpié y ordené la otra mitad. Después recorría las habitaciones como zombie maravillándome con las texturas libres de polvo, redescubriéndolas, y a la vez adivinando angustiosamente cuánto podía durar esta situación de meticulosidad. Empecé esa semana con un nerviosismo raro, controlando en un estado semiconsciente cómo evolucionaban la mugre y la desorganización, tratando de impedir sus avances en los minutos libres con estrategias superficiales que al principio parecían funcionar pero con el correr de los días ya no fueron suficientes. Entonces otra vez me levanté temprano el sábado y limpié y ordené en profundidad la mitad de la casa. El domingo me desperté a la madrugada y pasé por un episodio de insomnio de unas horas seguido por otro de somnolencia brutal que duró hasta pasado el mediodía, no me levanté temprano, no limpié la otra mitad de la casa. Sobre el episodio de insomnio: esa noche la computadora habló, dijo que la base de datos de virus había sido actualizada, y lo dijo a un volumen tal que sentí que escuchaba con todo mi cuerpo, tuve un dolor eléctrico fugaz que me despertó a un nivel que no creía posible. Y tanteando esa vigilia extraña me trabé en unos pensamientos espeluznantes sobre la muerte. Fue arduo, un laberinto adentro de otro laberinto, un mármol gigante que había que derribar arañándolo con las propias manos, fue solitario y terrorífico. Cuando me desperté a las doce y media con el recuerdo de esos pensamientos creí que iba a necesitar el día entero para procesarlos y primero me desanimé pero enseguida supe que yo ya no estaba en ese estado de sensibilidad especial, no pude evocar las sensaciones de horror, en mi cabeza quedaban nada más que unas palabras sueltas dando unas vueltas agónicas, y me sentí la mitad de mí, y también un poco psicópata cuando la muerte no me producía ninguna preocupación y en cambio la condición despareja en el orden y limpieza de mi casa me estaba generando mucha ansiedad. Entonces me levanté y empecé a ordenar y limpiar la mitad de la casa que no había sido ordenada y limpiada el día anterior y cada un minuto miraba el reloj y sabía que no me iba a ser posible en el poco tiempo que tenía quedar conforme con el grado de minuciosidad de mi trabajo, y me entregué a una actividad compulsiva carente de método, y lo que obtuve al final fueron áreas chicas de límites borrosos de orden y limpieza más o menos razonables para mis estándares, intercaladas azarosamente con otras áreas que no había alcanzado a intervenir. Después pensé que hubiera sido mejor mantener la homogeneidad en suciedad y desorden porque ahora una mitad de mi casa estaba limpia y ordenada y en la otra mitad tenía un mosaico ridículo sin un patrón, sin una guía lógica en la que apoyarme para calcular las proporciones de suciedad y desorden a las que me enfrentaba, sin querer había creado un factor nuevo que contribuía al caos.
Así fue como se dio el desfasaje en el orden y limpieza de mi casa, que con los días se fue haciendo más y más complejo. Es interesante, partí de una casa absolutamente sucia y desordenada y unos días después me es muy difícil describirla en estos parámetros, mi casa se volvió polifacética, con dimensiones cambiantes, está fuera de mi control. Y toda esta problemática mantiene mi mente y mi cuerpo ocupados de día, pero no de noche. Y esta noche, en medio de otra sesión de pensamientos espeluznantes sobre la muerte, blanqueo mi obsesión inédita por el orden y la limpieza, la reconozco como síntoma, araño un rato el mármol, y termino fantaseando que puedo volar. Puedo volar y voy a rescatarte a la terraza del edificio abandonado, y vos descubrís que también podés volar y paseamos por el cielo y es un poco melancólico, porque este rescate es para rescatarme a mí y a nadie más, es para descansar del laberinto surrealista en donde varios quedamos deambulando, sintomáticos, hablándote sin que estés, armándote de nuevo con pedazos de cosas que vamos encontrando, es repetitivo y es agobiante, hay una lucha entre aceptar los hechos crudamente y asimilar la realidad con algún grado de metáfora, es repetitivo, y entonces paseamos por el cielo y es un poco melancólico pero igual nos gusta sentir el aire frío en la cara y en los brazos.


sábado, 30 de agosto de 2014

una expresión anulada de androide

Hay seis palomas en actividad alimenticia frenética sobre los restos de una bolsa de basura rota, toda esparcida por la vereda. Se mueven como moscas, hacen dibujos tridimensionales en apariencia sin sentido, paran mil veces en una misma ubicación y mil veces la desprecian, como en un histeriqueo geográfico. Suponés que este comportamiento tiene su lógica, el ritual de palomas comiendo basura tiene que ser una pieza que encaje a la perfección entre otras piezas, y estas otras entre otras, y así todo el caos y el misterio del universo serían en potencia una estructura ordenada y comprensible. Esa idea te tranquiliza, es lo más cercano que tenés a la fe. También tenés tus rituales de comer basura, para ese momento del día llevás más o menos una hora visualizando la hamburguesa gigante que vas a engullir en unos minutos. Y quisieras no tener tan fresca en tu mente la imagen asqueante de las palomas mosca. Pensás que ver algo no te lleva ni tiempo ni energía, no hacés ningún esfuerzo y ves un árbol, ves una mujer bostezando, ves un pack de gaseosas haciendo equilibrio sobre otro. Tu cerebro absorbe y almacena esa información, sospechás que para siempre, y sospechás que pesa. Quisieras no tener palomas mosca ocupando lugar en tu mente pero no es algo que puedas controlar. Tampoco podés controlar tu peso, dice tu hermana. Pero vos te sentís estable en tus 120 kilos, te sentís casi feliz, estable casi feliz y a veces humillado desesperado monstruoso infrahumano infravivo. Llevás tu masa plena de sensaciones a buscar una hamburguesa única, objeto nutricional sagrado especialidad de un lugar de comidas que descubriste hace poco y que te queda cerca y es misterioso por fuera y surrealista por dentro. Tu caminar es costoso pero también relajado y ves un árbol y una mujer bostezando y visualizás tu hamburguesa y atacan las palomas mosca y te preguntás seriamente cómo fue que tu hermana quedó atrapada en una idiosincrasia tan obscenamente prejuiciosa y monocromática. Pensás que hay algo zombi en la mirada de tu hermana, y que cuando habla de tu alimentación y de las proporciones de basura en tu comida hay algo asesino en su voz. Ayer sufriste un exceso emocional cuando te contó que está embarazada, que vas a ser tío. Te lo dijo y sonrió y después te miró largamente en una expresión anulada de androide que te dio frío y tuviste que ponerte ese buzo de sumo que ella detesta. Tu hermana tiene miedo de que su hijo o hija se parezca a vos, todavía no terminó de admitírselo, pero desde tu perspectiva está claro que la atmósfera helada interponiéndose entre los dos después de una noticia que en general hace que la gente se abrace, tiene que haberse originado en ese temor oscuro, en noches de investigación precaria en internet, desvelos de hacer cálculos genéticos. Llegás a destino, esperás treinta años y te toca  pedir la hamburguesa a la señora de pelo cósmico, cuando estás afuera otra vez mirás la hora y pensás que en ese lugar te pasa algo raro con la conciencia del tiempo, o con la conciencia en general. Ibas a detenerte en el análisis de ese fenómeno pero hay una inundación de baba en tu boca y te volvés muy básico, el estímulo aromático te mete en un trance y te entregás a ese placer masoquista hasta que a mitad de la cuadra número dos de las tres que tenés que caminar das el mordisco inaugural y reenvolvés tu comida. Te gusta dar un mordisco secreto en la calle y después contenerte y comer el resto con los demás. Masticar este bocado te pone la mente en blanco, cosa que dura tres o cuatro pasos, después la conciencia reaparece como si nunca se hubiera ido y te encontrás absorto en una recapitulación de tu genealogía, un desfile de caras y cuerpos y dramas metidos en un paisaje que te resulta tragicómico, tu hermana y vos aflorando de la misma ramita como ilustración chistosa de las posibilidades que esconde una sopa de genes acotada. Tu hermana siendo una pieza conflictiva que se resiste a la idea de encajar en su parte cuando en realidad siempre estuvo ahí atascada, trabada en su interpretación de la realidad, fantaseando para sentir que se mueve. Cruzás la calle y ves tu reflejo distorsionado en la vidriera de una juguetería, sos una mole desfigurada en avance feroz por la ciudad pero a medida que caminás la imagen va ganando nitidez y vas perdiendo monstruosidad. Llega el punto en que te topás con tu versión más humana y no podés evitar parar y mirarte con cierta profundidad, mirarte a los ojos, y te sentís un ser completo, y te imaginás un sobrino idéntico a vos.      

lunes, 30 de junio de 2014

una corrosión profunda, radioactiva

Como tener una bolsa de polietileno en la boca y masticarla, sentir una sensación rara en los dientes, rara y cercana al malestar, sentir un gusto fuerte a absolutamente nada. Eso le dije y ella quedó tiesa. Yo pude relajarme, había logrado dar una definición a mi tedio. O dar una nueva definición a mi tedio. O dar otra definición a mi tedio, y eso me fue suficiente, porque paradójicamente dar otra definición a mi tedio aplacaba mi tedio en el sentido de que proponía algo distinto, porque al tedio se lo aplaca desentendiéndose de la rutina, desorganizándola, teniendo otra definición para algo que durante una eternidad se definió de la misma manera. Ella quedó tiesa en un gesto de disgusto. A veces pienso que podría matarla, a veces pienso que voy a terminar matándola por razones muy ambiguas, por uno de esos ensombrecimientos que me atacan, algo entre la paranoia y la depresión y el deporte no realizado en todos estos años. Pero esa vez no la maté, esa vez salimos a comer afuera. Gastar plata es algo que nos entretiene, nos gusta la plata, gastarla en cosas que no necesitamos, sabemos que es un juego y nos gusta ese juego. Y al mismo tiempo aborrecemos ese juego y nos aborrecemos a nosotros mismos. Pero esa noche fue entretenida y en medio de ese entretenimiento fláccido pensé otra vez en mi tedio, en mi otra definición a mi tedio, y pensé que ya casi no puedo sentir placer. La anhedonia total es mi destino, tarde o temprano voy a sumergirme de lleno en ese estado porque esa es la única dirección en que mi alma sabe evolucionar. Llegué a cierto grado de aceptación de esta fatalidad a la vez que comía una especie de omelette, creo que sonreía cuando comía omelette y aceptaba esa fatalidad y notaba que ella estaba tiesa otra vez. Sentir una sensación rara en los dientes como si hubieran sufrido una corrosión profunda, radioactiva, las terminaciones nerviosas expuestas a un nivel de hipersensibilidad, sensaciones dentarias dramáticas, una bolsa de polietileno en mi boca como una concentración energética causando un sufrimiento especial y confuso, nunca antes experimentado. Ella interrumpió su entumecimiento facial para apenas sonreír y enseguida enfocarse en sus cubiertos, en cortar prolijamente una carne jugosa, como estando a cargo de una intervención quirúrgica de alta complejidad, con esa expresión concentrada que a mi entender es de las mas sinceras e inocentes que le quedan. Una hora antes yo analizaba su comportamiento. Ella se arreglaba antes de salir y yo la observaba desde las sombras y leía su mente, que no es para nada fácil pero yo ya puedo leer su mente a veces, y su mente torturada se deshacía en dibujos complicados cuando se arreglaba porque ser femenina para ella tiene que ver con lo superfluo lo incómodo lo frágil en un mal sentido y entonces ser femenina es estúpido, y a la vez es su esencia ser femenina es una necesidad que padece y cuando antes de que salgamos una noche se arregla es un deleite ver las manifestaciones de ese dilema y ver cómo encuentra el equilibrio en una estética minimalista y casi siempre termina por ponerse esa fina cadena plateada en su cuello con ese dije delicado y brillante, objeto maldito que te hace creer que tiene una simetría perfecta y en realidad es perfectamente asimétrico y todo el tiempo tengo que mirarlo cuando ella sentada en frente mío habla con su voz amarga de los males que la aquejan y que aquejan a la humanidad completa, yo bajo la mirada a cada rato para hipnotizarme con el dije asimétrico. A ella le parece bien que hable de mi tedio y dice que no entiende cómo las personas no hablan más de sus propios tedios, de la versatilidad, de las intensidades mortificantes de sus tedios y dice que su carne no está lo suficientemente jugosa. Pero cuando al final de la cena le preguntan si quiere las sobras ella dice que sí, que las quiere, y unos minutos después le entregan un pedazo geométrico de carne en una bandeja plástica envuelta por una bolsa de polietileno blanca y desproporcionadamente grande que vibra con el movimiento, que hace una música tranquilizadora.

domingo, 15 de junio de 2014

cosa autómata propulsada a chatarra

Tirada en el sillón comés papas fritas, desentonás con la pulcritud que te rodea, que a la vez se adivina de tu propia autoría. Tenés el control remoto bien agarrado y direccionado en una posición estática, hay algo robótico en vos, la pulsación metronómica para cambiar de canal, tu mano libre entrando y saliendo a intervalos regulares de un paquete enorme de papas fritas, pausas en este patrón básico para tomar sorbos de una gaseosa muy muy oscura. La noche es profunda y silenciosa y tenés frío pero lo ignorás, también dejás pasar una situación trágica: parte del control remoto está impregnado en aceite de papa frita, seguís cambiando de canal pensando en nada y sos un ejemplo de complejidad humana, sos una obsesiva patológica y a la vez esta cosa autómata propulsada a chatarra que sólo por momentos sospecha tener una conciencia. Hasta que tu mirada baja y se posa sobre tu panza embutida en un pijama rosa. Metés tu panza para adentro pero el adentro posible no alcanza, notás cómo aunque hagas ese esfuerzo opresor se genera una curva incorrecta en tu cuerpo y te sentís insegura y te acordás a pleno de quién sos. Qué mal día tuviste. Amaneciste en la nebulosa típica de confusión y un poco de angustia, recién te despertaste seriamente cuando pasaron a buscarte en un auto cargado de un olor nauseabundo. Cuidado que este auto se está pudriendo, dijo un compañero tuyo cuando abriste la puerta, entraste y tu cara expresó asco y tus demás compañeros se rieron y después sus caras expresaron distintas intensidades de asco y tu compañero dueño del auto rió una risa vergonzosa y explicó con palabras sueltas algo de una campera y un montón de basura y una cantidad de semanas, y hubo una oleada más de risa de alto grado de sinceridad. Y capaz que en todo el día ese fue el momento de mayor conexión con otras personas. Siempre tuviste un sentido agudo para detectar qué tan lejos está tu alma de las almas de los demás, qué tan lejos están las almas de los demás entre ellas, y siempre tuviste una respuesta emocional importante a estas distancias. Siempre estás persiguiendo a la gente con tus intentos de armonía y una mirada amigable que no sabés que tiene su dejo de locura. Sonreís mucho, llevás a cuestas una filosofía de vestirte de colores y ser paciente y desproporcionadamente amable, y suele pasarte que no soportás más y te rendís y llorás. En el almuerzo quisiste integrar al nuevo y se dio una situación de apatía generalizada, el nuevo es raro, callado, y a los demás su rareza no les resulta estimulante como a vos y comieron en tiempo record teniendo una conversación que difícilmente dejaba espacio para que el nuevo participara y en cuanto pudieron se fueron y quedaste hablando sola y el nuevo en frente, que con la ayuda de un cuchillo reducía a migas más chicas las migas grandes de pan que habían quedado en el mantel y en algún momento de esa sobremesa con el nuevo miraste las migas y el cuchillo y te pareció algo de psicópata y te diste cuenta de que tu plan de integración había sido un fracaso y la gente estaba lejos, el nuevo en frente tuyo terriblemente lejos, y te sentiste cerca de ese punto en que te rendís. Pero tragaste un trago gigante e incómodo de tragar como posponiendo el conglomerado de emotividad que se venía y seguiste con tu jornada que se caracterizó por interacciones gélidas con tus compañeros y con extraños y una acumulación gradual de miseria. Ya siendo de noche te fuiste llorando en un taxi. Las lágrimas caían densas, lavando los colores artificiales que habías puesto en tu cara a la mañana, era como un derretimiento. El chofer paró el auto en un lugar que no era el que le habías dicho pero vos estabas sumida en tu desgracia y no podías hablar y decidiste que lo mejor era pagar y bajar ahí. Con tu mundo interior en llamas ni sentías el frío invernal de la calle, ni los peligros nocturnos temidos desde hacía tantos años, bajaste y te metiste con decisión en la entrada de un pasillo a esperar que el taxi se fuera, y cuando se fue y todo se puso mortalmente oscuro y en el silencio empezaron a brotar ruidos de gente de una idiosincrasia ajena, el mundo exterior se filtró como un viento polar en tu tristeza tibia y notaste el suelo duro bajo tus pies y unas voces como diabólicas que se acercaban y te moviste sigilosamente hasta entender tu ubicación y entonces corriste y en unos cuantos minutos llegaste a tu casa y primero fue un alivio y después fue un golpe darte cuenta de cómo el instinto había encendido todos esos mecanismos en tu cuerpo para poder llevarlo a un destino seguro mientras tu alma estaba lista para inmolarse. Cuando pasó el pico de indignación y sentimientos poderosos y recuperación física te pusiste tu pijama, prendiste el televisor, abriste la alacena y agarraste un paquete enorme de papas fritas.

domingo, 18 de mayo de 2014

un apague en los filtros moderadores de emociones

Te embistió con un contacto visual que solamente un psicótico es capaz de proporcionar. Fue en un cruce obligado en la planta baja al mediodía, no hablaron, lejos quedó el saludo frío y automático habitual, lo único que existió fue esa mirada llena de odio que vos supiste apreciar en su sinceridad pero también te dio un susto fatal. Él iba a decirte algo, lo sabés porque lo viste inspirar tan profundamente como su capacidad pulmonar le permitió, incluso percibiste un adelanto de todo lo que quería expresarte en forma de luces locas saliendo de sus ojos. Se venían unas acusaciones gritadas a tu cara pero lograste esquivarlas magistralmente, te fue fácil, tenés aptitudes para escaparte de la gente. A pesar de tu sobrepeso sos un ente ágil, como ameboso, que se desliza por aquel ámbito laberíntico y endeble como si fuera una gelatina levitante. A salvo en tu escritorio, rodeándote de objetos cotidianos que te daban seguridad, trataste de convencerte con la cabeza estrujada entre tus manos que no habías querido delatarlo. Ese fue el comienzo de un proceso profundo en tu alma, y fue vergonzoso. Primero te reprochaste haber cruzado una línea y lo viviste como algo trágico, buscando desesperadamente la fuerza externa que te había obligado a proceder de esa manera tan ajena a tu esencia. Sobre el final de la jornada llorabas un llanto silencioso y seco, la línea se te había desdibujado, y aunque te debatías en un trance oscuro algo en tus ideas se iba clarificando, a esa posición no habías caído dando un paso desviado de tu camino recto, habías llegado con un montón de pisaditas torcidas como en puntas de pie. Y ahí en ese fondo de pozo fue que te entendiste definitivamente como un ser culpable y cobarde que ya no podía salvarse de su propia conciencia.
El día que siguió fue más triste. Después de una noche de sueño entrecortado te presentaste bien temprano en el trabajo, portando un malestar digestivo que le daba a tu piel un tono verdoso repugnante. En mesa de entrada te notificaron maliciosamente que el compañero que habías delatado había sido transferido y nadie sabía a dónde. Fue una escena de mucha desgracia, las miradas que te juzgaban casi hacían ruido, los rumores que te perseguían como una nube densa a tu alrededor te daban un principio de asma. Temblaste de angustia. Después no podías concentrarte, mirabas el teléfono sostenidamente buscando el valor para hacer averiguaciones sobre su paradero y llegar a comunicarte con él, pedirle perdón, dejarte gritar e insultar si fuera necesario. Un día entero así, una semana entera así de pasividad insoportable, moviéndote en las sombras, alarmándote con los pasos que escuchabas acercarse a tu oficina. Muchos más días iguales, tu piel verde, todo lo demás desteñido o tendiendo al gris.
Llegó un punto en que empezaste a adelgazar. Empezaste a levantar la vista, que hasta hacía poco se la pasaba enfocando el suelo, las paredes, evitando conectar con las personas que te rodeaban, toda gente que recién ahora notabas impermeable, absurda, con moral caricaturesca. Empezaste a enojarte. Algunos que se creían héroes de la compasión se te acercaban con cautela y como dándote limosna, mostrando una apertura demasiado bien delimitada, pero vos ya no te bancabas las conversaciones amistosas tan artificialmente edulcoradas, y te inventaste unas excentricidades para mantenerlos a distancia. Huyeron despavoridos, y aunque se dieron situaciones divertidas en general sufrías, te era arduo abrirte paso en ese estado intenso, con un apague en los filtros moderadores de emociones, con un flujo ininterrumpido de sinceridad y reflexión.
Por qué lo habías delatado. Te dolió mortalmente darte cuenta, y fue una sorpresa y a la vez un despertar de tu parte lúcida que lo había sabido y padecido todo el tiempo. Lo habías delatado porque era lo que se esperaba de vos. Tantos años te estuvieron amaestrando, parecía que habías entrado de lleno en ese viaje gradual que te iba convirtiendo en la mascota perfecta, estúpidamente fiel, carente de complejidades y temerosa del conflicto. Al final resultó que eras un ser humano bastante íntegro, impensadamente capaz de meterse en un viaje nuevo, por más sacrificado que resultara. La gente en realidad no cambia -escuchabas por los pasillos esos de cartulina cuando unas voces gallináceas hablaban de vos- ya se le va a pasar. Pero vos sabías, todavía sentías el vértigo de sobrevolar el espacio gigante que habías encontrado adentro tuyo, no era necesario cambiar, era cuestión de hacer algunos ajustes con todo eso que se tiene. Y después pasaste a la acción.

Cuando te delataron te transfirieron a un lugar sombrío, en la otra punta de la ciudad. Para llegar caminás muchas cuadras y en invierno tu cara se pone rosa y fresca. 

sábado, 5 de abril de 2014

el pasado comprimido y metido en grietas

Dice que no soporta las formalidades pero se adapta sospechosamente bien a ellas. Analizo su comportamiento a cierta distancia, unos neurocirujanos de trajes caros la aceptaron en su conversación, todos toman champagne, todos se mueven con naturalidad en un ambiente esencialmente artificial. Hay ese pánico, hay esa tensión bien al fondo en sus ojos, y a la vez puede mostrarse interesada y decir lo correcto y reírse recatadamente de cosas que están cerca de producirle indignación. Me confunde esa manera de contradecirse, me pregunto si es solamente hipocresía, si hay realmente complejidad, si hay elaboración, si ahora mismo representa casi en simultáneo los roles de dos personajes incompatibles. Porque cuando puede me lanza unas miradas de reproche y de complicidad, se siente evaluada y se siente orgullosa de su arte manipulatorio, oscila medio a los tumbos en sus distintas personalidades. Pienso en cómo fue educada, marcas extrañas en su vida temprana, el manicomio familiar, la herencia genética y dramas asociados, trato de encontrarle explicación a sus grandes momentos de irracionalidad, que se parecen demasiado a brotes psicóticos. Ella sabe, los dos sabemos, en el presente está todo el pasado comprimido y metido en grietas, llega a ser físico, llega a sentirse como un peso o un dolor. Un neurocirujano de frente transpirada cuenta cómo logró que le fabricaran un bisturí de oro, lo tiene en exhibición en una sala especial de su casa. Ella le regala una expresión cuidada de asombro que incluye una sonrisa perfecta, que también es para mí.


Dice que no soporta las formalidades pero en muchas situaciones son su única alternativa, no puede encontrar otra manera de comportarse. Arriba de la mesa hay una botella de coca cola que ya no tiene gaseosa y ahora está llena de un jugo de fruta ficticia de color espeluznante. Hay olor raro, como a comida para animales, porque hace un par de horas está cocinando algún tipo de semilla en una olla enorme y recalentada que parece al borde de la explosión. Esa zona de la cocina se volvió como un infierno, no me acerco, desde unos metros le digo que llegamos, y ese plural la paraliza. La casa es una extensión de su cuerpo y se siente invadida, se siente humillada con alguien viendo esa botella -que entiendo que ella considera un objeto privado, revelador de secretos vergonzosos- y oliendo esa emanación extraña de las semillas. Es una provocación de mi parte llegar con alguien que se asome y diga hola y la vea a ella revolviendo el contenido de la olla, con los pelos erizados por el vapor, vestida con su ropa gris de estar encerrada en casa alimentando sus obsesiones. Le digo: él consiguió cómo colarnos mañana en un evento raro de médicos. Brilla algo en su cara, como en un intento de tener un alma, pero se apaga rápido. Es frustrante. Quisiera poder demostrarle que no adherimos a esa perspectiva retorcida que ella cuida celosamente, que ni siquiera podemos concebirla. Le llevo esa mirada de un tercero inocente que no se va a fijar en sus pantalones grises de hace catorce años de la manera desaprobadora que ella espera, que no va a detectar ni uno de la infinidad de errores estéticos que se juntan entre su presencia física y la casa. Le va a decir hola, un poco contento de verla, la alegría de cuando ves a un amigo, eso que te hace sonreír, estoy seguro de que a ella eso no le pasa, ella ve a un amigo y se preocupa, se pone en formal y se siente ridícula y actúa y quisiera que la dejaran en paz en su espacio personal separado del resto del mundo por una cosa espesa que le nubla las lucecitas que se prenden en la vida cuando hay un calor humano.

domingo, 2 de marzo de 2014

un material con terribles poderes herméticos

Creías que había insectos en la cama que nos picaban a la noche mientras dormíamos, lo dijiste con la seriedad acostumbrada. Investigué y existen insectos con ese comportamiento. Después vi que tenías las piernas decrépitas, unos puntos rojos como constelaciones en tu piel congestionada, latiendo con unos grados extra de calor. Tuve un malestar anímico muy grande cuando tus enfermedades ficticias amenazaron con alcanzar algún plano de la realidad, hubo algo trágico en considerar por primera vez que tus afecciones de todos estos años no habían sido imaginarias. Esa frialdad, la falta total de emociones en tus ojos, eso a mí me decía que era un juego o una mentira, un llamado de atención retorcido y sutil. Tu voz oscura que de la nada salía con la descripción de un síntoma, tu voz lejana y congelada y llena de sensualidad explicando un detalle fisiológico de funcionamiento erróneo, tu voz despreciativa y exenta de cualquier preocupación. Creí que era un solapamiento de tus dotes para la fantasía y tu interés excéntrico por las ciencias médicas. Siempre lo recibí como una especie de poema. Buscaste los insectos, detenida y desesperadamente los buscaste una de las noches que no estuve la semana pasada. Te despertaste en la madrugada con la certeza no cerebral de un caminar de bicho en tu pie. Incluso encontraste un punto rojo bien fresco como evidencia. Buscaste por una hora, sacaste las sábanas, recorriste cada milímetro de materia sospechosa con una linterna y no encontraste nada. No pudiste dormir y dedicaste ese tiempo muerto a limpiar la zona que considerabas afectada. Yo mantuve mi comportamiento típico, entre escéptico y desinteresado, y cuando por fin te fuiste de la casa por unas horas repetí tu búsqueda metódicamente, como en un protocolo de experimentación. Me impresionó la pulcritud que habías conseguido en tu episodio catártico de limpieza. No había el más mínimo rastro de suciedad pero tampoco había marcas de barrido o trapeado, no había olores, ni siquiera a productos químicos de aromas que imitan a la brisa vespertina del mar o a las frutas de microclimas marcianos o a la lavanda. No había insectos, no había posibilidades de vida en ese lugar. Entonces se me ocurrió, de una manera violenta, que era fundamental inspeccionar la madera de la cama. Imaginé un submundo de túneles poblados por una especie maligna chupasangre, cuevas, huevos, crías, desperdicios, un microcosmos denso pasando inadvertido con tanta facilidad. Me hizo mal, me tuvo en una situación muy frustrante, en una postura incómoda alumbrando con la linterna una pata de la cama durante minutos eternos, tan pasivamente, con el hábitat imaginario haciendo ebullición en mi cabeza. El hacha, pensé. Era drástico, digno de un psicótico, pero en el momento no me pedí explicaciones. Sí noté que el hacha se había ido ganando un lugar importante en mis pensamientos automáticos cotidianos, llegar del trabajo y pasar un rato mirándola en una actitud paranoica, reacomodarla, considerar llevármela de la casa, enterrarla en un parque. De una manera silenciosa y gradual me había crecido un estado de alerta desde que el objeto llegara a nuestras vidas, como una luz roja débil pero prendida todo el tiempo. Me permití un minuto de reflexión, un instante para desconocerme, odiarme por perder el sentido y andar viviendo bajo una iluminación incómoda y no ser capaz de enterarme. El hachazo fue decepcionante por varias razones. No fue escandaloso, casi no hubo despliegue de ningún tipo, yo esperaba un poco de caos, por lo menos un ruido no tan ridículo. Llegaste y yo todavía estaba agarrando el hacha con fuerza innecesaria, con los sentidos buscando a pleno y no pudiendo encontrar insectos ni túneles ni crías ni una asimetría microscópica en la madera que pudiera desafiar ese orden perfecto insoportable. Me miraste y levantaste una ceja, te fuiste y desde la cocina me preguntaste si quería un café. Era drástico, en el momento no quise darme explicaciones pero después entendí más. Era la oportunidad única de partir un material con terribles poderes herméticos, el peor cascarón opresor, al fin quebrarlo y ver aflorar milagrosamente una cosa abrumadora oscura pero llena de vitalidad. 

viernes, 31 de enero de 2014

un animal de opciones acotadas

Farmacia, hay que parar, necesita más frascos de su droga. Ya oscureció, vamos al hotel en la camioneta que de nuevo hace el ruido raro, tenemos un agotamiento que nos vuelve un poco delirantes, él tiene doce frascos de su droga pero necesita más. Cuando ve la farmacia revienta de emoción, no dice una sola palabra pero sabemos que vio una farmacia porque reconocemos en su cara, en su cuerpo completo, la reacción de un animal de opciones acotadas, domesticado, un perro que sabe que están por llevarlo a pasear. Tiene doce frascos, saca su recetario y completa su propia receta para dos más. Firma, sello, toda la reglamentación al día, hay un esmero inesperado que guarda para estos casos. Las primeras veces fue divertido, ahora la actividad burocrática se desarrolla bajo una atmósfera de tensión, tinieblas. Reanudamos la marcha con los catorce frascos, tiene catorce pero sabemos que no va a perder oportunidad de incrementar el stock si cruzamos otra farmacia, eso nos mantiene alertas, con los ojos cansados tan abiertos que se siente como si fueran a salirse del cráneo o explotar. Aprendí a agudizar los sentidos un poco más si hay una pausa en su murmullo acostumbrado, casi puedo verlo en el asiento de atrás clavándome la mirada en la nuca, haciendo planes que me incluyen, planes que pueden complicarse. No son tan raros esos momentos, lo ves de lleno en el juego, su conteo circular de frascos, el laberinto farmacéutico, esa música de fondo que resulta tranquilizadora porque está entretenido, lo ves perdido para siempre en su locura y de la nada un silencio, una cosa de lucidez en la expresión. Se liberó abruptamente de su cuadro obsesivo y está creando, está inventándole más lugares al mundo retorcido en que le gusta vivir. Vamos al hotel en la camioneta con los catorce frascos y en uno de esos arrebatos de paz silenciosa me pregunta: tu corazón late con regularidad? Eso que soltó no es solamente un comentario humorístico. De entrada le gustó que mi corazón tenga una prótesis valvular, de entrada noté la curiosidad, el germen de malicia, la necesidad de molestarme con eso. Le digo que todo va bien, que vamos llegando al hotel, que vamos a poder descansar. Le sigo ese humor maldito, yo ya sé que él no duerme, que a esta altura de su vida ya ni sabe cómo intentarlo. Terminamos de comer y todos hablan de ir cada cual a su habitación, yo también, le hacemos esa especie de advertencia, esta noche nadie piensa cuidarlo y a nadie le importa lo que haga. Su decepción es mínima, lo veía venir, la gente tarde o temprano entiende que él no es ni tan frágil ni tan nocivo. Por unos minutos adopta una estrategia de cuidar su comportamiento a ver si le aflojamos a la indiferencia, no lo consigue pero le es fácil asumir su nuevo rol de lastre, de bulto indeseable. Tiene sus frascos, tiene las demás sustancias que necesita, se cambia de camisa, parece una vieja, se calza otra vez sus lentes oscuros y sale. Ya sé lo que va a hacer. Fundamentalmente va a ir de kioscos. Comprar cigarrillos, comprar golosinas fosforescentes que parecen juguetes, entablar conversación con un borracho o con un niño si encuentra, o con alguien que se supone que está trabajando. Después va a mirar tele, va a pasar horas en un zapping mecánico, babeando, con la mente replegada sobre sí misma.


A la mañana lo vamos a buscar, está parado arriba de la cama haciendo malabares con frutas. Nos recibe calurosamente, hablando en varios idiomas, nos tira frutas con ánimo circense, nos quiere ahí participando en su acto. Tampoco nos prendemos en eso, lo calmamos, le decimos que está libre hasta las seis de la tarde, le preguntamos qué quiere hacer. Dice que quiere sumergir su cabeza en sprite. Hace una mímica del sumergido, hace unos gestos de deleite, la cama cruje aportando un color original a la escena. Mientras los otros se miran entre sí resignados a mí se me escapa una sonrisa, ahora yo también quiero sumergir la cabeza en sprite y él lo nota. Así vuelvo a caer, soy su cómplice, en treinta segundos de manipulación volví a ser su cómplice y estamos por salir. Él se toma un tiempo en elegir camisa y yo aprovecho para hacerme un panorama de lo que puede llegar a pasar, reacomodo mis ideas como intentando dejar mucho espacio libre. Sin darme cuenta pongo una mano en mi corazón y siento su golpeteo tímido, es un ritual que me da tranquilidad. Él me está mirando, me dice: a toda máquina, no? y ya de camisa nueva sale como disparado. Los otros me retienen unos segundos, solamente me miran con preocupación y también algo amenazantes, me están diciendo que quedo a cargo, me están recordando la responsabilidad que eso implica. Yo recibo el comunicado con una expresión calma que no sé de dónde saco, después ellos se desvanecen en el paisaje hotelero y yo voy para afuera, troto un poco para alcanzar a mi compañero. Trato de hacer tiempo, un poco cede, se deja convencer de ir a almorzar a un restaurante. Él hasta se pide una comida, la corta en pedazos incoherentemente chicos, hace una papilla con todo y come algún bocado, intercalando con tragos de su frasco encanutado. Incluso hay sobremesa con café y una conversación, dice una genialidad atrás de otra, me va comprando con mucha prolijidad. Después sí, hay que ir a un bar, lo sigo, siempre me sorprende lo bien que se maneja caminando por las calles de cualquier ciudad remota. Encuentra un café muy en penumbras, sin reloj y casi sin ventanas, una música electrónica a bajo volumen con el poder de penetrar cada vez más profundamente en mi cerebro. Nos sentamos y el mozo nos trae unas cartas pero él dice que no son necesarias, que sabemos lo que queremos, y lo que queremos son siete sprites y un balde. El mozo lo mira embelesado, lo reconoció y está a su entera disposición, yo con actitud decidida digo que por ahora con dos sprites vamos a estar bien. Él se queda callado y me mira, no sé si está desconcertado con mi conducta o está trabajando con una frialdad desacostumbrada. Nos traen las bebidas, nos sirven, él se revuelve en su silla sintiendo una incomodidad peligrosa que no dura demasiado, encuentra algo en su campo de visión en donde depositar su energía. Un hombre encorvado de pelo muy largo que toma un café con leche. Parece una momia, me dice. Reflexiona y lo repite en voz más alta, como desafiándose a sacarle jugo a un material reseco. Se ríe más fuerte y se retuerce en la silla, dice riéndose a carcajadas que el hombre parece una momia, decora, algo de Egipto, mezcla con la crisis en Egipto, emigración de momias por la crisis en Egipto. Le quiero decir que se calle pero una actividad rara en mi pecho me distrae, me llevo la mano al corazón y con esta imagen estalla, está entregado a un estado de alegría loca que no puede dominar. Captó la atención de los presentes, captó la atención del hombre del café con leche, que resultó ser alguien de proceder muy eficiente. Lo sabemos porque se levanta., se acerca con muy pocos movimientos y sin preliminares le pega terrible trompada en la cara. Después sale del bar con un caminar como justiciero. Yo con la mano en mi corazón empiezo a temblar y no puedo hablar. Él se ríe, la sangre brota de su nariz y él se ríe tirado en el piso. El mozo le está trayendo servilletas desesperado y me pregunta si estoy bien pero no puedo hablar. Él mira la sangre en su camisa, esa sangre tibia embebida en su propia ropa es como un trofeo. Dice que la sangre podría haber sido transparente, blanca o amarilla como mucho, pero no, la sangre es roja, y eso es perfecto.