viernes, 31 de enero de 2014

un animal de opciones acotadas

Farmacia, hay que parar, necesita más frascos de su droga. Ya oscureció, vamos al hotel en la camioneta que de nuevo hace el ruido raro, tenemos un agotamiento que nos vuelve un poco delirantes, él tiene doce frascos de su droga pero necesita más. Cuando ve la farmacia revienta de emoción, no dice una sola palabra pero sabemos que vio una farmacia porque reconocemos en su cara, en su cuerpo completo, la reacción de un animal de opciones acotadas, domesticado, un perro que sabe que están por llevarlo a pasear. Tiene doce frascos, saca su recetario y completa su propia receta para dos más. Firma, sello, toda la reglamentación al día, hay un esmero inesperado que guarda para estos casos. Las primeras veces fue divertido, ahora la actividad burocrática se desarrolla bajo una atmósfera de tensión, tinieblas. Reanudamos la marcha con los catorce frascos, tiene catorce pero sabemos que no va a perder oportunidad de incrementar el stock si cruzamos otra farmacia, eso nos mantiene alertas, con los ojos cansados tan abiertos que se siente como si fueran a salirse del cráneo o explotar. Aprendí a agudizar los sentidos un poco más si hay una pausa en su murmullo acostumbrado, casi puedo verlo en el asiento de atrás clavándome la mirada en la nuca, haciendo planes que me incluyen, planes que pueden complicarse. No son tan raros esos momentos, lo ves de lleno en el juego, su conteo circular de frascos, el laberinto farmacéutico, esa música de fondo que resulta tranquilizadora porque está entretenido, lo ves perdido para siempre en su locura y de la nada un silencio, una cosa de lucidez en la expresión. Se liberó abruptamente de su cuadro obsesivo y está creando, está inventándole más lugares al mundo retorcido en que le gusta vivir. Vamos al hotel en la camioneta con los catorce frascos y en uno de esos arrebatos de paz silenciosa me pregunta: tu corazón late con regularidad? Eso que soltó no es solamente un comentario humorístico. De entrada le gustó que mi corazón tenga una prótesis valvular, de entrada noté la curiosidad, el germen de malicia, la necesidad de molestarme con eso. Le digo que todo va bien, que vamos llegando al hotel, que vamos a poder descansar. Le sigo ese humor maldito, yo ya sé que él no duerme, que a esta altura de su vida ya ni sabe cómo intentarlo. Terminamos de comer y todos hablan de ir cada cual a su habitación, yo también, le hacemos esa especie de advertencia, esta noche nadie piensa cuidarlo y a nadie le importa lo que haga. Su decepción es mínima, lo veía venir, la gente tarde o temprano entiende que él no es ni tan frágil ni tan nocivo. Por unos minutos adopta una estrategia de cuidar su comportamiento a ver si le aflojamos a la indiferencia, no lo consigue pero le es fácil asumir su nuevo rol de lastre, de bulto indeseable. Tiene sus frascos, tiene las demás sustancias que necesita, se cambia de camisa, parece una vieja, se calza otra vez sus lentes oscuros y sale. Ya sé lo que va a hacer. Fundamentalmente va a ir de kioscos. Comprar cigarrillos, comprar golosinas fosforescentes que parecen juguetes, entablar conversación con un borracho o con un niño si encuentra, o con alguien que se supone que está trabajando. Después va a mirar tele, va a pasar horas en un zapping mecánico, babeando, con la mente replegada sobre sí misma.


A la mañana lo vamos a buscar, está parado arriba de la cama haciendo malabares con frutas. Nos recibe calurosamente, hablando en varios idiomas, nos tira frutas con ánimo circense, nos quiere ahí participando en su acto. Tampoco nos prendemos en eso, lo calmamos, le decimos que está libre hasta las seis de la tarde, le preguntamos qué quiere hacer. Dice que quiere sumergir su cabeza en sprite. Hace una mímica del sumergido, hace unos gestos de deleite, la cama cruje aportando un color original a la escena. Mientras los otros se miran entre sí resignados a mí se me escapa una sonrisa, ahora yo también quiero sumergir la cabeza en sprite y él lo nota. Así vuelvo a caer, soy su cómplice, en treinta segundos de manipulación volví a ser su cómplice y estamos por salir. Él se toma un tiempo en elegir camisa y yo aprovecho para hacerme un panorama de lo que puede llegar a pasar, reacomodo mis ideas como intentando dejar mucho espacio libre. Sin darme cuenta pongo una mano en mi corazón y siento su golpeteo tímido, es un ritual que me da tranquilidad. Él me está mirando, me dice: a toda máquina, no? y ya de camisa nueva sale como disparado. Los otros me retienen unos segundos, solamente me miran con preocupación y también algo amenazantes, me están diciendo que quedo a cargo, me están recordando la responsabilidad que eso implica. Yo recibo el comunicado con una expresión calma que no sé de dónde saco, después ellos se desvanecen en el paisaje hotelero y yo voy para afuera, troto un poco para alcanzar a mi compañero. Trato de hacer tiempo, un poco cede, se deja convencer de ir a almorzar a un restaurante. Él hasta se pide una comida, la corta en pedazos incoherentemente chicos, hace una papilla con todo y come algún bocado, intercalando con tragos de su frasco encanutado. Incluso hay sobremesa con café y una conversación, dice una genialidad atrás de otra, me va comprando con mucha prolijidad. Después sí, hay que ir a un bar, lo sigo, siempre me sorprende lo bien que se maneja caminando por las calles de cualquier ciudad remota. Encuentra un café muy en penumbras, sin reloj y casi sin ventanas, una música electrónica a bajo volumen con el poder de penetrar cada vez más profundamente en mi cerebro. Nos sentamos y el mozo nos trae unas cartas pero él dice que no son necesarias, que sabemos lo que queremos, y lo que queremos son siete sprites y un balde. El mozo lo mira embelesado, lo reconoció y está a su entera disposición, yo con actitud decidida digo que por ahora con dos sprites vamos a estar bien. Él se queda callado y me mira, no sé si está desconcertado con mi conducta o está trabajando con una frialdad desacostumbrada. Nos traen las bebidas, nos sirven, él se revuelve en su silla sintiendo una incomodidad peligrosa que no dura demasiado, encuentra algo en su campo de visión en donde depositar su energía. Un hombre encorvado de pelo muy largo que toma un café con leche. Parece una momia, me dice. Reflexiona y lo repite en voz más alta, como desafiándose a sacarle jugo a un material reseco. Se ríe más fuerte y se retuerce en la silla, dice riéndose a carcajadas que el hombre parece una momia, decora, algo de Egipto, mezcla con la crisis en Egipto, emigración de momias por la crisis en Egipto. Le quiero decir que se calle pero una actividad rara en mi pecho me distrae, me llevo la mano al corazón y con esta imagen estalla, está entregado a un estado de alegría loca que no puede dominar. Captó la atención de los presentes, captó la atención del hombre del café con leche, que resultó ser alguien de proceder muy eficiente. Lo sabemos porque se levanta., se acerca con muy pocos movimientos y sin preliminares le pega terrible trompada en la cara. Después sale del bar con un caminar como justiciero. Yo con la mano en mi corazón empiezo a temblar y no puedo hablar. Él se ríe, la sangre brota de su nariz y él se ríe tirado en el piso. El mozo le está trayendo servilletas desesperado y me pregunta si estoy bien pero no puedo hablar. Él mira la sangre en su camisa, esa sangre tibia embebida en su propia ropa es como un trofeo. Dice que la sangre podría haber sido transparente, blanca o amarilla como mucho, pero no, la sangre es roja, y eso es perfecto.   

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