domingo, 2 de marzo de 2014

un material con terribles poderes herméticos

Creías que había insectos en la cama que nos picaban a la noche mientras dormíamos, lo dijiste con la seriedad acostumbrada. Investigué y existen insectos con ese comportamiento. Después vi que tenías las piernas decrépitas, unos puntos rojos como constelaciones en tu piel congestionada, latiendo con unos grados extra de calor. Tuve un malestar anímico muy grande cuando tus enfermedades ficticias amenazaron con alcanzar algún plano de la realidad, hubo algo trágico en considerar por primera vez que tus afecciones de todos estos años no habían sido imaginarias. Esa frialdad, la falta total de emociones en tus ojos, eso a mí me decía que era un juego o una mentira, un llamado de atención retorcido y sutil. Tu voz oscura que de la nada salía con la descripción de un síntoma, tu voz lejana y congelada y llena de sensualidad explicando un detalle fisiológico de funcionamiento erróneo, tu voz despreciativa y exenta de cualquier preocupación. Creí que era un solapamiento de tus dotes para la fantasía y tu interés excéntrico por las ciencias médicas. Siempre lo recibí como una especie de poema. Buscaste los insectos, detenida y desesperadamente los buscaste una de las noches que no estuve la semana pasada. Te despertaste en la madrugada con la certeza no cerebral de un caminar de bicho en tu pie. Incluso encontraste un punto rojo bien fresco como evidencia. Buscaste por una hora, sacaste las sábanas, recorriste cada milímetro de materia sospechosa con una linterna y no encontraste nada. No pudiste dormir y dedicaste ese tiempo muerto a limpiar la zona que considerabas afectada. Yo mantuve mi comportamiento típico, entre escéptico y desinteresado, y cuando por fin te fuiste de la casa por unas horas repetí tu búsqueda metódicamente, como en un protocolo de experimentación. Me impresionó la pulcritud que habías conseguido en tu episodio catártico de limpieza. No había el más mínimo rastro de suciedad pero tampoco había marcas de barrido o trapeado, no había olores, ni siquiera a productos químicos de aromas que imitan a la brisa vespertina del mar o a las frutas de microclimas marcianos o a la lavanda. No había insectos, no había posibilidades de vida en ese lugar. Entonces se me ocurrió, de una manera violenta, que era fundamental inspeccionar la madera de la cama. Imaginé un submundo de túneles poblados por una especie maligna chupasangre, cuevas, huevos, crías, desperdicios, un microcosmos denso pasando inadvertido con tanta facilidad. Me hizo mal, me tuvo en una situación muy frustrante, en una postura incómoda alumbrando con la linterna una pata de la cama durante minutos eternos, tan pasivamente, con el hábitat imaginario haciendo ebullición en mi cabeza. El hacha, pensé. Era drástico, digno de un psicótico, pero en el momento no me pedí explicaciones. Sí noté que el hacha se había ido ganando un lugar importante en mis pensamientos automáticos cotidianos, llegar del trabajo y pasar un rato mirándola en una actitud paranoica, reacomodarla, considerar llevármela de la casa, enterrarla en un parque. De una manera silenciosa y gradual me había crecido un estado de alerta desde que el objeto llegara a nuestras vidas, como una luz roja débil pero prendida todo el tiempo. Me permití un minuto de reflexión, un instante para desconocerme, odiarme por perder el sentido y andar viviendo bajo una iluminación incómoda y no ser capaz de enterarme. El hachazo fue decepcionante por varias razones. No fue escandaloso, casi no hubo despliegue de ningún tipo, yo esperaba un poco de caos, por lo menos un ruido no tan ridículo. Llegaste y yo todavía estaba agarrando el hacha con fuerza innecesaria, con los sentidos buscando a pleno y no pudiendo encontrar insectos ni túneles ni crías ni una asimetría microscópica en la madera que pudiera desafiar ese orden perfecto insoportable. Me miraste y levantaste una ceja, te fuiste y desde la cocina me preguntaste si quería un café. Era drástico, en el momento no quise darme explicaciones pero después entendí más. Era la oportunidad única de partir un material con terribles poderes herméticos, el peor cascarón opresor, al fin quebrarlo y ver aflorar milagrosamente una cosa abrumadora oscura pero llena de vitalidad.