sábado, 5 de abril de 2014

el pasado comprimido y metido en grietas

Dice que no soporta las formalidades pero se adapta sospechosamente bien a ellas. Analizo su comportamiento a cierta distancia, unos neurocirujanos de trajes caros la aceptaron en su conversación, todos toman champagne, todos se mueven con naturalidad en un ambiente esencialmente artificial. Hay ese pánico, hay esa tensión bien al fondo en sus ojos, y a la vez puede mostrarse interesada y decir lo correcto y reírse recatadamente de cosas que están cerca de producirle indignación. Me confunde esa manera de contradecirse, me pregunto si es solamente hipocresía, si hay realmente complejidad, si hay elaboración, si ahora mismo representa casi en simultáneo los roles de dos personajes incompatibles. Porque cuando puede me lanza unas miradas de reproche y de complicidad, se siente evaluada y se siente orgullosa de su arte manipulatorio, oscila medio a los tumbos en sus distintas personalidades. Pienso en cómo fue educada, marcas extrañas en su vida temprana, el manicomio familiar, la herencia genética y dramas asociados, trato de encontrarle explicación a sus grandes momentos de irracionalidad, que se parecen demasiado a brotes psicóticos. Ella sabe, los dos sabemos, en el presente está todo el pasado comprimido y metido en grietas, llega a ser físico, llega a sentirse como un peso o un dolor. Un neurocirujano de frente transpirada cuenta cómo logró que le fabricaran un bisturí de oro, lo tiene en exhibición en una sala especial de su casa. Ella le regala una expresión cuidada de asombro que incluye una sonrisa perfecta, que también es para mí.


Dice que no soporta las formalidades pero en muchas situaciones son su única alternativa, no puede encontrar otra manera de comportarse. Arriba de la mesa hay una botella de coca cola que ya no tiene gaseosa y ahora está llena de un jugo de fruta ficticia de color espeluznante. Hay olor raro, como a comida para animales, porque hace un par de horas está cocinando algún tipo de semilla en una olla enorme y recalentada que parece al borde de la explosión. Esa zona de la cocina se volvió como un infierno, no me acerco, desde unos metros le digo que llegamos, y ese plural la paraliza. La casa es una extensión de su cuerpo y se siente invadida, se siente humillada con alguien viendo esa botella -que entiendo que ella considera un objeto privado, revelador de secretos vergonzosos- y oliendo esa emanación extraña de las semillas. Es una provocación de mi parte llegar con alguien que se asome y diga hola y la vea a ella revolviendo el contenido de la olla, con los pelos erizados por el vapor, vestida con su ropa gris de estar encerrada en casa alimentando sus obsesiones. Le digo: él consiguió cómo colarnos mañana en un evento raro de médicos. Brilla algo en su cara, como en un intento de tener un alma, pero se apaga rápido. Es frustrante. Quisiera poder demostrarle que no adherimos a esa perspectiva retorcida que ella cuida celosamente, que ni siquiera podemos concebirla. Le llevo esa mirada de un tercero inocente que no se va a fijar en sus pantalones grises de hace catorce años de la manera desaprobadora que ella espera, que no va a detectar ni uno de la infinidad de errores estéticos que se juntan entre su presencia física y la casa. Le va a decir hola, un poco contento de verla, la alegría de cuando ves a un amigo, eso que te hace sonreír, estoy seguro de que a ella eso no le pasa, ella ve a un amigo y se preocupa, se pone en formal y se siente ridícula y actúa y quisiera que la dejaran en paz en su espacio personal separado del resto del mundo por una cosa espesa que le nubla las lucecitas que se prenden en la vida cuando hay un calor humano.

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