domingo, 18 de mayo de 2014

un apague en los filtros moderadores de emociones

Te embistió con un contacto visual que solamente un psicótico es capaz de proporcionar. Fue en un cruce obligado en la planta baja al mediodía, no hablaron, lejos quedó el saludo frío y automático habitual, lo único que existió fue esa mirada llena de odio que vos supiste apreciar en su sinceridad pero también te dio un susto fatal. Él iba a decirte algo, lo sabés porque lo viste inspirar tan profundamente como su capacidad pulmonar le permitió, incluso percibiste un adelanto de todo lo que quería expresarte en forma de luces locas saliendo de sus ojos. Se venían unas acusaciones gritadas a tu cara pero lograste esquivarlas magistralmente, te fue fácil, tenés aptitudes para escaparte de la gente. A pesar de tu sobrepeso sos un ente ágil, como ameboso, que se desliza por aquel ámbito laberíntico y endeble como si fuera una gelatina levitante. A salvo en tu escritorio, rodeándote de objetos cotidianos que te daban seguridad, trataste de convencerte con la cabeza estrujada entre tus manos que no habías querido delatarlo. Ese fue el comienzo de un proceso profundo en tu alma, y fue vergonzoso. Primero te reprochaste haber cruzado una línea y lo viviste como algo trágico, buscando desesperadamente la fuerza externa que te había obligado a proceder de esa manera tan ajena a tu esencia. Sobre el final de la jornada llorabas un llanto silencioso y seco, la línea se te había desdibujado, y aunque te debatías en un trance oscuro algo en tus ideas se iba clarificando, a esa posición no habías caído dando un paso desviado de tu camino recto, habías llegado con un montón de pisaditas torcidas como en puntas de pie. Y ahí en ese fondo de pozo fue que te entendiste definitivamente como un ser culpable y cobarde que ya no podía salvarse de su propia conciencia.
El día que siguió fue más triste. Después de una noche de sueño entrecortado te presentaste bien temprano en el trabajo, portando un malestar digestivo que le daba a tu piel un tono verdoso repugnante. En mesa de entrada te notificaron maliciosamente que el compañero que habías delatado había sido transferido y nadie sabía a dónde. Fue una escena de mucha desgracia, las miradas que te juzgaban casi hacían ruido, los rumores que te perseguían como una nube densa a tu alrededor te daban un principio de asma. Temblaste de angustia. Después no podías concentrarte, mirabas el teléfono sostenidamente buscando el valor para hacer averiguaciones sobre su paradero y llegar a comunicarte con él, pedirle perdón, dejarte gritar e insultar si fuera necesario. Un día entero así, una semana entera así de pasividad insoportable, moviéndote en las sombras, alarmándote con los pasos que escuchabas acercarse a tu oficina. Muchos más días iguales, tu piel verde, todo lo demás desteñido o tendiendo al gris.
Llegó un punto en que empezaste a adelgazar. Empezaste a levantar la vista, que hasta hacía poco se la pasaba enfocando el suelo, las paredes, evitando conectar con las personas que te rodeaban, toda gente que recién ahora notabas impermeable, absurda, con moral caricaturesca. Empezaste a enojarte. Algunos que se creían héroes de la compasión se te acercaban con cautela y como dándote limosna, mostrando una apertura demasiado bien delimitada, pero vos ya no te bancabas las conversaciones amistosas tan artificialmente edulcoradas, y te inventaste unas excentricidades para mantenerlos a distancia. Huyeron despavoridos, y aunque se dieron situaciones divertidas en general sufrías, te era arduo abrirte paso en ese estado intenso, con un apague en los filtros moderadores de emociones, con un flujo ininterrumpido de sinceridad y reflexión.
Por qué lo habías delatado. Te dolió mortalmente darte cuenta, y fue una sorpresa y a la vez un despertar de tu parte lúcida que lo había sabido y padecido todo el tiempo. Lo habías delatado porque era lo que se esperaba de vos. Tantos años te estuvieron amaestrando, parecía que habías entrado de lleno en ese viaje gradual que te iba convirtiendo en la mascota perfecta, estúpidamente fiel, carente de complejidades y temerosa del conflicto. Al final resultó que eras un ser humano bastante íntegro, impensadamente capaz de meterse en un viaje nuevo, por más sacrificado que resultara. La gente en realidad no cambia -escuchabas por los pasillos esos de cartulina cuando unas voces gallináceas hablaban de vos- ya se le va a pasar. Pero vos sabías, todavía sentías el vértigo de sobrevolar el espacio gigante que habías encontrado adentro tuyo, no era necesario cambiar, era cuestión de hacer algunos ajustes con todo eso que se tiene. Y después pasaste a la acción.

Cuando te delataron te transfirieron a un lugar sombrío, en la otra punta de la ciudad. Para llegar caminás muchas cuadras y en invierno tu cara se pone rosa y fresca. 

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