sábado, 30 de agosto de 2014

una expresión anulada de androide

Hay seis palomas en actividad alimenticia frenética sobre los restos de una bolsa de basura rota, toda esparcida por la vereda. Se mueven como moscas, hacen dibujos tridimensionales en apariencia sin sentido, paran mil veces en una misma ubicación y mil veces la desprecian, como en un histeriqueo geográfico. Suponés que este comportamiento tiene su lógica, el ritual de palomas comiendo basura tiene que ser una pieza que encaje a la perfección entre otras piezas, y estas otras entre otras, y así todo el caos y el misterio del universo serían en potencia una estructura ordenada y comprensible. Esa idea te tranquiliza, es lo más cercano que tenés a la fe. También tenés tus rituales de comer basura, para ese momento del día llevás más o menos una hora visualizando la hamburguesa gigante que vas a engullir en unos minutos. Y quisieras no tener tan fresca en tu mente la imagen asqueante de las palomas mosca. Pensás que ver algo no te lleva ni tiempo ni energía, no hacés ningún esfuerzo y ves un árbol, ves una mujer bostezando, ves un pack de gaseosas haciendo equilibrio sobre otro. Tu cerebro absorbe y almacena esa información, sospechás que para siempre, y sospechás que pesa. Quisieras no tener palomas mosca ocupando lugar en tu mente pero no es algo que puedas controlar. Tampoco podés controlar tu peso, dice tu hermana. Pero vos te sentís estable en tus 120 kilos, te sentís casi feliz, estable casi feliz y a veces humillado desesperado monstruoso infrahumano infravivo. Llevás tu masa plena de sensaciones a buscar una hamburguesa única, objeto nutricional sagrado especialidad de un lugar de comidas que descubriste hace poco y que te queda cerca y es misterioso por fuera y surrealista por dentro. Tu caminar es costoso pero también relajado y ves un árbol y una mujer bostezando y visualizás tu hamburguesa y atacan las palomas mosca y te preguntás seriamente cómo fue que tu hermana quedó atrapada en una idiosincrasia tan obscenamente prejuiciosa y monocromática. Pensás que hay algo zombi en la mirada de tu hermana, y que cuando habla de tu alimentación y de las proporciones de basura en tu comida hay algo asesino en su voz. Ayer sufriste un exceso emocional cuando te contó que está embarazada, que vas a ser tío. Te lo dijo y sonrió y después te miró largamente en una expresión anulada de androide que te dio frío y tuviste que ponerte ese buzo de sumo que ella detesta. Tu hermana tiene miedo de que su hijo o hija se parezca a vos, todavía no terminó de admitírselo, pero desde tu perspectiva está claro que la atmósfera helada interponiéndose entre los dos después de una noticia que en general hace que la gente se abrace, tiene que haberse originado en ese temor oscuro, en noches de investigación precaria en internet, desvelos de hacer cálculos genéticos. Llegás a destino, esperás treinta años y te toca  pedir la hamburguesa a la señora de pelo cósmico, cuando estás afuera otra vez mirás la hora y pensás que en ese lugar te pasa algo raro con la conciencia del tiempo, o con la conciencia en general. Ibas a detenerte en el análisis de ese fenómeno pero hay una inundación de baba en tu boca y te volvés muy básico, el estímulo aromático te mete en un trance y te entregás a ese placer masoquista hasta que a mitad de la cuadra número dos de las tres que tenés que caminar das el mordisco inaugural y reenvolvés tu comida. Te gusta dar un mordisco secreto en la calle y después contenerte y comer el resto con los demás. Masticar este bocado te pone la mente en blanco, cosa que dura tres o cuatro pasos, después la conciencia reaparece como si nunca se hubiera ido y te encontrás absorto en una recapitulación de tu genealogía, un desfile de caras y cuerpos y dramas metidos en un paisaje que te resulta tragicómico, tu hermana y vos aflorando de la misma ramita como ilustración chistosa de las posibilidades que esconde una sopa de genes acotada. Tu hermana siendo una pieza conflictiva que se resiste a la idea de encajar en su parte cuando en realidad siempre estuvo ahí atascada, trabada en su interpretación de la realidad, fantaseando para sentir que se mueve. Cruzás la calle y ves tu reflejo distorsionado en la vidriera de una juguetería, sos una mole desfigurada en avance feroz por la ciudad pero a medida que caminás la imagen va ganando nitidez y vas perdiendo monstruosidad. Llega el punto en que te topás con tu versión más humana y no podés evitar parar y mirarte con cierta profundidad, mirarte a los ojos, y te sentís un ser completo, y te imaginás un sobrino idéntico a vos.      

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