jueves, 9 de octubre de 2014

situación de meticulosidad

El sábado me levanté temprano y limpié y ordené aproximadamente la mitad de la casa. El domingo me levanté temprano y limpié y ordené la otra mitad. Después recorría las habitaciones como zombie maravillándome con las texturas libres de polvo, redescubriéndolas, y a la vez adivinando angustiosamente cuánto podía durar esta situación de meticulosidad. Empecé esa semana con un nerviosismo raro, controlando en un estado semiconsciente cómo evolucionaban la mugre y la desorganización, tratando de impedir sus avances en los minutos libres con estrategias superficiales que al principio parecían funcionar pero con el correr de los días ya no fueron suficientes. Entonces otra vez me levanté temprano el sábado y limpié y ordené en profundidad la mitad de la casa. El domingo me desperté a la madrugada y pasé por un episodio de insomnio de unas horas seguido por otro de somnolencia brutal que duró hasta pasado el mediodía, no me levanté temprano, no limpié la otra mitad de la casa. Sobre el episodio de insomnio: esa noche la computadora habló, dijo que la base de datos de virus había sido actualizada, y lo dijo a un volumen tal que sentí que escuchaba con todo mi cuerpo, tuve un dolor eléctrico fugaz que me despertó a un nivel que no creía posible. Y tanteando esa vigilia extraña me trabé en unos pensamientos espeluznantes sobre la muerte. Fue arduo, un laberinto adentro de otro laberinto, un mármol gigante que había que derribar arañándolo con las propias manos, fue solitario y terrorífico. Cuando me desperté a las doce y media con el recuerdo de esos pensamientos creí que iba a necesitar el día entero para procesarlos y primero me desanimé pero enseguida supe que yo ya no estaba en ese estado de sensibilidad especial, no pude evocar las sensaciones de horror, en mi cabeza quedaban nada más que unas palabras sueltas dando unas vueltas agónicas, y me sentí la mitad de mí, y también un poco psicópata cuando la muerte no me producía ninguna preocupación y en cambio la condición despareja en el orden y limpieza de mi casa me estaba generando mucha ansiedad. Entonces me levanté y empecé a ordenar y limpiar la mitad de la casa que no había sido ordenada y limpiada el día anterior y cada un minuto miraba el reloj y sabía que no me iba a ser posible en el poco tiempo que tenía quedar conforme con el grado de minuciosidad de mi trabajo, y me entregué a una actividad compulsiva carente de método, y lo que obtuve al final fueron áreas chicas de límites borrosos de orden y limpieza más o menos razonables para mis estándares, intercaladas azarosamente con otras áreas que no había alcanzado a intervenir. Después pensé que hubiera sido mejor mantener la homogeneidad en suciedad y desorden porque ahora una mitad de mi casa estaba limpia y ordenada y en la otra mitad tenía un mosaico ridículo sin un patrón, sin una guía lógica en la que apoyarme para calcular las proporciones de suciedad y desorden a las que me enfrentaba, sin querer había creado un factor nuevo que contribuía al caos.
Así fue como se dio el desfasaje en el orden y limpieza de mi casa, que con los días se fue haciendo más y más complejo. Es interesante, partí de una casa absolutamente sucia y desordenada y unos días después me es muy difícil describirla en estos parámetros, mi casa se volvió polifacética, con dimensiones cambiantes, está fuera de mi control. Y toda esta problemática mantiene mi mente y mi cuerpo ocupados de día, pero no de noche. Y esta noche, en medio de otra sesión de pensamientos espeluznantes sobre la muerte, blanqueo mi obsesión inédita por el orden y la limpieza, la reconozco como síntoma, araño un rato el mármol, y termino fantaseando que puedo volar. Puedo volar y voy a rescatarte a la terraza del edificio abandonado, y vos descubrís que también podés volar y paseamos por el cielo y es un poco melancólico, porque este rescate es para rescatarme a mí y a nadie más, es para descansar del laberinto surrealista en donde varios quedamos deambulando, sintomáticos, hablándote sin que estés, armándote de nuevo con pedazos de cosas que vamos encontrando, es repetitivo y es agobiante, hay una lucha entre aceptar los hechos crudamente y asimilar la realidad con algún grado de metáfora, es repetitivo, y entonces paseamos por el cielo y es un poco melancólico pero igual nos gusta sentir el aire frío en la cara y en los brazos.