sábado, 31 de enero de 2015

un intercambio comunicativo complejo

Estabas sentado en el escalón de la puerta de una joyería, absorto, abandonado a una expresión de inocencia. Mirabas un perro negro echado a unos metros, después de varios minutos de espera aburrida mirar a ese perro te había desencadenado una serie de cuestiones que recibías con interés. Pensamientos que unos años atrás habrías ubicado dentro de la proyección psicoanalítica y menos años atrás habrías calificado de antropocentrismo, y ahora te pasaba algo nuevo, dejabas que se abriera paso una ráfaga fresca de irracionalidad y esto te traía, además del alivio y la culpa, una confianza inexplicable en tu capacidad para la empatía. A tal punto que podías ser ese perro. Estabas sentado en el escalón de la puerta de una joyería siendo un perro echado en la vereda a unos metros, viendo pasar a los transeúntes humanos, un perro con sus instintos y comportamientos básicos de perro echado durante horas viendo pasar humanos, un perro negro viejo con la profunda sensación, un poco espantosa, de que hay algo muy raro en eso de caminar en dos patas. Estabas en plena experiencia de fusión con algo como un alma colectiva, una energía que tan insistentemente habías convertido en chiste por ejemplo en aquella conversación en casa de la chica tuerta que nunca llegó a decirte su nombre, una conexión íntima y vertiginosa interrumpida en su clímax por la llegada de tu tía y tu prima. Agobiadas por el calor y sorprendidas por tu puntualidad tenían un aspecto pegajoso de perfumes no dando abasto, intensos y mezclados sutilmente con otros compuestos más de tipo corporal, los ojos abiertos al tope, la capacidad para el chillido intacta. La gente cree que sos impuntual, la verdad es que sos puntual pero manipulás tu puntualidad natural para no sentirte condescendiente, considerás que pocas situaciones merecen tu puntualidad, asombrosamente comprar este regalo familiar había resultado ser una de ellas. Cuando entraron a la joyería se desplegó una realidad nueva de aire acondicionado fuerte, una fragancia a frutas y flores falsas, una vendedora pulcra, monocromática. Todo en el paisaje te inspiraba desconfianza y adoptaste una actitud cautelosa que incluía una sonrisa. Se dio un intercambio comunicativo complejo entre tu tía y la vendedora, tu tía con su lenguaje de señas y risas y palabras desconectadas y accesos de habla coherente pero a una velocidad tal que se hacía incomprensible para gran parte de la humanidad, la vendedora asintiendo con expresión de iluminada, sospechaste que levitaba atrás del mostrador. Hubo entendimiento y la vendedora, en una sucesión de movimientos gráciles, buscó unas cajas grises sofisticadas y las fue abriendo y así dejando al descubierto decenas, cientos, miles de anillos. Tuviste miedo, la actividad de abrir cajas grises con anillos adoptó un formato cíclico sin principio ni fin, cortado por el embeleso en que entraron tu tía y tu prima por uno de los anillos, que parecía reunir los requisitos discutidos de antemano y además cargar con una magia hipnotizante. La decisión estaba clara para todos, pero tu opinión, aunque fuera a un nivel de formalidad, era importante. Entonces te consultaron y quedaron calladas, fijos en vos los cuatro ojos idénticos. Y bajo esa atmósfera de presión y silencio, y con el recuerdo de tu experiencia empática sobrevolándote como un hada madrina, te concentraste en el anillo. Te propusiste hacer un esfuerzo por participar en la situación con una actitud abierta, dándole una oportunidad al circo en el que te habían metido. Mirabas el anillo y a la vez tratabas de asimilar el ritual de cumpleaños en toda su dimensión, en todos los detalles que más resistencia te generaban, y te ibas adentrando como en un mundo fantástico de cumplir años, de cumplir setenta años, de cumplir setenta años y hacer una fiesta con un color en especial decorando el salón, un grupo de gente arreglada regalando anillos y cadenas de metales preciosos con medallas grabadas con fechas y deseos y a pesar de la frialdad imposible de disimular en un metal grabado con letras artísticas y los manteles color lila y pétalos de plástico querías poder atravesar ese laberinto de materia brillosa y brindis y fotografía organizada y llegar a la parte tibia y vital y conmovedora que dio origen a esta otra cosa más bien ridícula como consecuencia de errores acumulados generación tras generación, ineptitud de humanos tratando de comunicarse, tratando de decir algo significativo. Mirabas el anillo sin poder entender por qué era ese el elegido, pero dijiste que sí, que era perfecto, y a través de la vidriera viste al perro negro compenetrado en lamer su pata delantera derecha en un acto curativo.


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