domingo, 9 de agosto de 2015

una deidad del amor y la empatía y las gomitas azucaradas

Tosiste y se te cayó el celular, fue la caída número 272 de ese celular. En tu vida tuviste dos celulares, el que te robaron en un colectivo y el otro que todavía tenés y cayó 272 veces desde una altura superior a un metro y sigue funcionando porque es un modelo viejísimo y rústico, sigue funcionando pero cuando se cae se desarma en tres partes. Esa vez levantaste las tres partes y antes de ensamblarlas te quedaste mirando la parte central, la que tiene los componentes electrónicos, que sin su carcasa exhibía una anatomía robótica de círculos y cuadrados luminosos que sentiste hechos para estar ocultos, hubo algo culposo en estar mirándolos, y también algo impresionante cercano al asco. Más tarde conectaste esa experiencia rara de mirar tu celular con otra experiencia rara del día anterior en una clínica espantosa de pulcra, habitada por gente de sonrisa blanqueada y toda hecha de una perfección que te daba sensaciones de irrealidad. En la sala de espera varias veces tuviste miedo de estar soñando, hubo por ejemplo un contacto visual con una nena oriental que sonreía llena de sabiduría. Hubo un momento hipnótico de no poder dejar de mirar los zapatos rosas de la secretaria, en serio no poder dejar de mirarlos. Con el paso de los minutos empezaste a aburrirte y a enrollar y desenrollar tu sobre de papel madera según el ritmo de una música somnífera, te aburrías y enrollabas y desenrollabas y mirabas unos cuadros fríos, demasiado celestes, mirabas pasar secretarias y médicas que dejaban oleadas de perfume y eran como zombis de la perfección, y notaste que en ese lugar había una clara predominancia femenina. La médica que te recibió era tal cual te la habías imaginado, alta, correcta y sin humanidad aparente. Cuando puso la radiografía de tu caja torácica contra la ventana y viste la forma de tus propios huesos brillando sobre un fondo negro tuviste una vuelta a la infancia, un momento espectacular pero también terrorífico, esa era la imagen que habías revivido con el esqueleto asqueante del celular. Después una atmósfera densa, el interés por detalles finos, y al fin el diagnóstico complicado que se venía anunciando. El día después ya habías logrado sepultar la radiografía bajo una pila heterogénea de papeles y unos guantes y una tijera de las grandes, pero cuando se apagaron las luces blancas de tu celular que mirabas en un trance idiota, tosiste otra vez y la pila de cosas pareció perder su peso y su estructura, pareció disolverse, y ya no pudo ser el escondite de nada y en cambio la radiografía se volvió un objeto que te agredía y te oprimía el pecho y te pesaba sobre la espalda. Entonces te fuiste a trabajar con el agobio de estar estrenando esa carga. Llegaste sin hacer ruido y la chica gorda gordísima de la recepción ni se dio cuenta. Te gustó la situación, te quedaste en la puerta sin emitir sonido, tu mente en el futuro cercano de su saludo voluminoso pero frágil, ingenuo, realmente cálido y con mariposas volando torpes alrededor. No estabas para eso, estabas para la oscuridad, para una perspectiva siniestra de la vida, y te quedaste espiándola desde la penumbra, escuchando su respiración siempre agitada, nunca lo suficientemente profunda para abastecer de oxígeno a ese cuerpo gigante. Se levantó para buscar algo, caminó unos pasos de mastodonte llenos de esfuerzo y estaba acalorada y emanaba un olor a golosinas. Volvió a su puesto y se concentró en el monitor de la computadora con una expresión triste de sufrimiento merecido, vos podrías haberla observado durante horas, podrías haberte quedado en tu rincón sombrío controlando sus movimientos sin preocuparte por la rareza de tu actitud, adentrándote en el mundo de la chica gordísima que en general te daba lástima y ahora intentabas redescubrir desde un lugar menos prejuicioso. Pero tuviste muchas ganas de toser. Aguantaste lo máximo que pudiste y cuando saliste de tu escondite tu cara estaba roja y la chica se asustó y vos tosiste una tos agónica y tus ojos estaban hinchados y la chica entró en un estado de gran confusión y se paró sin saber qué hacer y tratando de sonreír sostuvo una mirada tierna en tus ojos deformes y algo de la escena te conmovió y le dijiste “capaz que me voy a morir” y te acercaste y la abrazaste y fue como abrazar a una deidad del amor y la empatía y las gomitas azucaradas. Y ella lloró un par de lagrimones que rodaron por su cara y después la tuya y después cayeron al piso explotando en cientos de gotitas tibias y saladas.  

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