domingo, 4 de octubre de 2015

orgullo inflable al punto de la imbecilidad

Miré al hombre mayor tratando de pegar un cartel con cinta adhesiva en la puerta de vidrio del centro cultural. Eso duró diez minutos, el hombre de pelo completamente blanco como un robot mal programado, torpe con las manos y la vista que necesitaba alejar y a la vez dejar su cuerpo en el mismo lugar, su cara de hacer esa elongación sin precedentes, su sufrimiento silencioso. Antes había escuchado al hombre de pelo blanco conversar con tres personas, dijo una frase que tenía la palabra “banalidad” al final y antes otras palabras formaban una estructura majestuosa y elevada y envolvente que sostenía la palabra final “banalidad” en lo más alto, y demostró su regocijo con una sonrisa asimétrica el hombre de pelo blanco después de decir esa frase que no logro recordar pero sí me acuerdo de ese dibujo arquitectónico en mi mente. Fue un alivio verlo en esta otra situación de pegar un cartel que lo hacía parecer tan frágil y perdido, atentando contra sí mismo en un mundo dócil, hecho de materiales inertes. Me serví un vino y di una vuelta mirando las obras, mirando los colores y texturas y demás cosas que afloraban, sintiéndome un ser aislado y deforme. Entonces vi que a unos metros estaba el carnicero de mi barrio. Su presencia era insólita, su traje gris impecable en un lugar en donde nadie tenía un traje y su pose refinada con copa de líquido claro en la mano eran más del plano de la fantasía. Hablaba con expresión de dolor y concentración, el ceño fruncido sobre sus ojos era una fuerza implacable contra unos párpados inflamados que se esforzaban en contrarrestar su peso. Se sintió amenazado cuando cruzamos miradas, como descubierto en una farsa, y hubo un tambaleo momentáneo de su personaje trajeado que dejó entrever al tipo que yo sí conocía, al carnicero de mi barrio. Esa semana lo había visto tener una disputa acalorada con un señor que compraba asado, lo había visto en una faceta miserable insultando a los gritos como una máquina básica salida de control, su cara roja sobrevolada por gotitas de saliva, su orgullo inflable al punto de la imbecilidad. Se sintió amenazado y yo quise profundizar la amenaza y empecé a acercarme gradualmente hacia él. Tres personas lo escuchaban y sus ceños se iban frunciendo en señal empática, yo me acercaba de a poco y el carnicero me lanzaba miradas sin interrumpir su habla que parecía grave y sin matices, yo me acercaba y casi pateo una escultura hecha de tierra que por poco se vuelve un montículo sin sentido, pensé que esa transformación no habría estado tan mal, pensé que había estado mirando las obras con demasiada buena predisposición y ahora quería tener mala predisposición y que algo me pegara un cachetazo y me sacara de mi estado de conformidad pero miraba los colores y las texturas y nada más afloraba y sintiéndome un ser impermeable, aislado y deforme, retomé mi acercamiento al grupito de ceños fruncidos justo para ver cómo el hombre de pelo blanco se les unía y hacía sonreír a todos asimétricamente. Tuve la necesidad de acercarme lo suficiente como para escuchar lo que decían, pero me interceptó la chica pelirroja que conozco de cuando iba a natación. Yo quería escapar de ella pero ella tiene un magnetismo que nunca pude entender porque no viene de su voz ni de sus ojos ni de nada así, ella ejerce una tortura, te mantiene ahí sin querer escucharla y a la vez sin poder dejar de prestarle atención. Y para cuando ella me dijo que le parecía raro que me gustara música de hace 100 200 300 años yo ni había notado que el grupito del carnicero y pelo blanco y los empáticos nos había fagocitado y ahora formábamos parte de su masa y su funcionamiento y le dije a la chica pelirroja y en realidad también a todos los demás que sí, que me parecía raro, y el carnicero en una actitud renovada, ya no amenazado, sonrió con melancolía y dijo gravemente que todo era raro, que todo humano en algún momento o capaz en todo momento era eso, un animal sintiéndose raro, luchando contra la rareza del mundo, y lo miramos conmovidos y estuvimos tan de acuerdo que generamos un calor y una luz y un movimiento en el aire que emanamos placenteramente para afuera de nuestro grupito fagocitador, y la puerta de vidrio se abrió y el cartel pegado con cinta adhesiva se cayó.

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