miércoles, 2 de diciembre de 2015

ejercicio de etiquetaje humano

I

Llevás para donar una bolsa gigantesca con ropa a ese lugar que te dijeron en frente a la escuela 666. Te recibe una mujer cansadísima, agotada, autómata, que recién cuando te estás yendo se acuerda de decirte gracias y sonreír. Te vas pensando que ella, además del trabajo voluntario de recibir y clasificar y repartir ropa, tiene que hacerse cargo de sonreírte y agradecerte, de ponerte en un rol de persona caritativa que hace el bien. Esa desproporción infla tu vacío interior. Hacés el bien, tenés ropa que ya no usás, ocupa lugar, está en  proceso de fosilizarse, vos la juntás la metés en una bolsa te la llevás y además de resolver el problema de espacio en tu placard obtenés el reconocimiento de una persona que agradece en representación de otras personas más desamparadas, pone su cara para sonreír y agradecer a la persona de bien que sos vos, cuando vos sabés que más que hacer el bien estás haciendo nada. Te entregás a este ejercicio de etiquetaje humano, lo llevás un poco al ridículo, lo pensás como caminito cerebral aprendido tempranamente, mecanismo de negación incrustado en los cerebros de las personas caritativas que hacen el bien, incrustado en el centro de tu cerebro de donante de ropa y fideos, mecanismo colapsado desde toda perspectiva pero todavía ahí metido en lo más profundo de tu mente. Nunca tuviste que usar ropa que otro descartara, nunca tuviste que agradecer por una remera decolorada en las axilas y estirada medio deforme. Tratás de imaginarte quién recibe tus remeras deformes, cómo es su vida, te proponés seriamente ponerte en su piel y así vas armando una historia tan incompleta tan cliché que si te descuidás se vuelve un cuento de hadas. Caminás inflándote de vacío, sentís la solidez de tu esqueleto, sentís la fofez de ese par de kilos que tu cuerpo no necesita pero igual lleva a cuestas, y aun así podrías estar flotando en el aire, podrías estar levitando.


II

Vas a un cumpleaños, comés choripanes en una casa con otras personas sentadas en reposeras, después van a un boliche. En el boliche hay una competencia de canto que incluye un presentador que parece un ser humano con la totalidad de su cuerpo y su cara metidos en un traje de goma que intenta representar a un ser humano, él da la bienvenida a los participantes y les hace un par de preguntas con una manera de hablar idiotizante. Canta un chico de rulos. Canta una mujer de pelo violeta y camiseta de equipo de fútbol. Canta una chica de brazos muy cortitos, definitivamente alejados de las proporciones esperadas, canta bastante mal, desafina, la gente la aplaude más que a otros que cantaron bien, la gente aplaude esa cuestión de tener brazos muy cortitos. El humano disfrazado de humano anuncia que ganó la chica de los bracitos y se genera un aplauso que empieza con mucho esfuerzo, como hecho de una sustancia babosa y pesada o como caminar en un terreno que se hunde, empieza con esfuerzo para después amenazar con volverse eterno. Pero el aplauso llega a su fin y así la competencia de canto también llega a su fin y se nota un alivio generalizado, hay un recambio en el ambiente, se van algunos y llegan otros, el aire fluye, se arremolina, revuelve los perfumes, los olores, hablás con una chica que de lejos parecía una persona completamente diferente a la que es de cerca, le hablás de cosas simples ella se ríe cuando decís cosas simples que no intentaste que fueran graciosas, ella dice “los gatos naranjas son muy inteligentes” y ahí está en su punto cúlmine de parecer una persona tan distinta a la que habías visto de más lejos, el volumen de la música sube de golpe, hay un ritmo acribillante y tonto y la chica con la que hablás empieza a mover su cabeza, hay una sonrisa gigante y tonta en su rostro y mueve su cabeza a un lado y al otro y disfruta de ese movimiento básico que no es bailar y pensás que capaz se puede medir la estupidez de la gente con ese tipo de movimiento que es la reacción a un tipo de música que fue creada justamente para obtener esa reacción, a tu alrededor hay más y más gente que se suma al movimiento, en contra de tu voluntad el movimiento se apodera de tu cabeza, te movés sin querer y a la vez medís la estupidez de la gente, te movés hasta que algo te sorprende y te paraliza. Un hombre joven, como vos, pero alto atlético rubio de facciones hermosas e hipnóticas que hacen que no puedas dejar de mirarlo, lleva puesta una camisa rayada que fue tuya durante años hasta que te quedó chica y decidiste donarla. Entonces con tu cabeza ya quieta, libre del trance rítmico, te acercás al hombre rubio con pasos decididos, él te ve venir, te mira con tranquilidad y curiosidad mientras vos avanzás sintiendo la solidez de tu esqueleto como nunca antes, alcanzás la distancia que necesitás para cerciorarte de que es tu camisa y para preguntar al rubio casi en su cara y sin preámbulos “de dónde sacaste esa camisa”. Él sonríe y te responde que se la dieron como donación en ese lugar a la vuelta de la escuela 666, él te dice que va siempre ahí a que le den ropa, que le gusta la ropa usada, decolorada, deforme, te dice que esa ropa tiene alma.

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