domingo, 20 de marzo de 2016

una presencia maldita

19 de febrero, en el correo hago una cola que más adelante pasa por una puerta demasiado chica para la magnificencia del correo y entra a una habitación también desproporcionadamente chica. Alcanzo a ver que en la habitación chica hay un mueble tipo biblioteca y arriba del mueble tipo biblioteca hay un árbol de navidad también llamativo por su tamaño mínimo. Me distraigo con el despliegue de colores metálicos de sus adornos, tiene muchos adornos, diría que más de los que su estructura es capaz de sostener, y esa fuerza que asumo que hace el árbol para sostener la masa de plásticos brillantes se siente como una cosa tensa, y creo que es esa cosa tensa lo que me distrae. También me distrae el hombre que está antes que yo en la cola. Tiene un cuerpo grandote meticulosamente vestido de colores claros, tiene pelo negro abundante, domesticado por un producto gelatinoso que parece de otra época. Adivino su cara, pienso en una nariz grande ganchuda, unos ojos bordeados por infinidad de arrugas, y al instante el hombre se da vuelta. Me asusta la posibilidad de que haya leído mis pensamientos, me asusta más tener que explicarme otra vez que no existe esa habilidad. Su cara se aleja mucho de la que había imaginado, hay grasitud en su piel, hay una película grasosa que queda en evidencia cuando su musculatura facial se mueve en la acción repetitiva de masticar un chicle, esa es la característica más sobresaliente de su cara, o capaz lo es su mirada despreciativa. Después de darse vuelta adopta una pose dominante y empieza un sondeo lento de todo a su alrededor, cuando su mirada se choca con mi mirada no hay ningún tipo de reconocimiento entre humanos, como si el sondeo tuviera la capacidad de atravesarme. Vuelve a su posición convencional en la cola y en muy poco tiempo se lo ve inquieto, con una impaciencia infantil, saca su celular y se sumerge en ese mundo paralelo de posibilidades infinitas hasta que ese mundo también es aburrido o acotado o le produce ansiedad y se le hace necesario repetir su sondeo. Así va del celular al sondeo y del sondeo al celular en un ciclo de duraciones predecibles. Me desafío a que entre nosotros haya un gesto de empatía, entonces cada vez que hace su sondeo le sostengo una mirada expresiva todo lo que puedo. Llego incluso a sonreírle, como resultado él se da vuelta bruscamente y suspende sus sondeos. Fuimos avanzando, al fin me toca atravesar la puerta, cuando entro a la habitación el árbol de navidad se siente como una presencia maldita. Atienden al hombre de la cara grasosa a la misma vez que a mí. Él entrega un papel, yo hago lo mismo, la mujer que recibió mi papel desaparece por una puerta y en cambio la mujer que recibió el papel del hombre se queda perpleja en un gesto medio de imbecilidad. Algo está mal con ese papel, no llego a entender qué, pero algo claramente está mal y la mujer le informa al hombre que no hay posibilidad de que le entregue eso que fue a buscar, y que tiene que hacer otra cola en otra parte del correo para resolver su situación. El hombre se queda unos segundos con las manos sobre el mostrador, los brazos abiertos y la mirada perdida en un lugar del piso, después empieza a mover su cabeza como asintiendo y después negando y se va haciendo audible un murmullo que viene de las profundidades de sus entrañas y habla de esperas de negligentes de hijos de puta. Tiene algo de mantra, pero va subiendo la intensidad hasta un clímax en que el hombre hace silencio, levanta los brazos del mostrador dejando sus manos suspendidas en lo alto, como reprimiendo algo que quiere decir y ya no puede, y se da vuelta y se va. En su retirada dramática engancha con su mano izquierda una guirnalda del árbol navideño y lo hace volar por el aire, cuando cae al suelo hay una explosión de brillo metálico y ruidos de cosas frágiles que se rompen. El hombre se desentiende del accidente y escapa. Los demás no sabemos bien qué hacer, alguien recupera la estructura del árbol y la endereza sobre el mostrador, algunos nos contagiamos de esa actitud y levantamos adornos o pedazos de adornos del piso, hay quien levanta adornos y los cuelga en el árbol otra vez.