domingo, 24 de abril de 2016

un cosquilleo en el centro mismo del cerebro

En el parabrisas se iba juntando una mugre de bichos reventados, mugre blanca, amarilla, el contenido de bichos que a cada rato explotaban contra el vidrio, era una cosa impresionante. Paramos por fin en una estación de servicio, la cuarta, quinta estación de servicio asquerosamente igual a la anterior. Bajé del auto y me sumergí en un calor de otro planeta, otra galaxia, respiré un poco de ese aire nuevo y caminé como un zombi a comprar agua. Desde adentro vi cómo el playero borraba la mugre del parabrisas con sus elementos de limpieza, hacía una danza, borraba con movimientos ondulantes el enchastre y yo me entristecía porque a lo largo del viaje la colección de manchas había cobrado un valor, se había vuelto trofeo. Eso me distrajo mientras hacía la cola para pagar el agua. Antes que yo había una familia de gordos muy gordos con paquetitos y comidas en bandejas y bebidas que seguían sacando de las heladeras, y antes de la familia de gordos una familia de flacos muy flacos que se comportaban de manera idéntica. Tardaron una eternidad, en mi mano y brazo derechos y un poco en la panza sentía una sensación helada agradable, una parte de mi cuerpo se congelaba y otra se derretía, y pensando en fenómenos así pero a nivel mundo me encontré otra vez repasando la idea de que este planeta está hecho de extremos absurdos y contradicciones. Me tocó pagar y hasta ese momento no me había dado cuenta de que la chica a cargo era sorda. Sí sabía que era nerviosa y conflictiva y un poco me había estado preparando para enfrentar eso, pero ahora era sorda y eso daba un giro a la situación. Pagué el agua sin problemas, hasta agregué un paquete de gomitas y otro de pastillas chiquititas que son tan dulces que cuando las comés sentís un cosquilleo en el centro mismo del cerebro, pagué y la chica sorda nerviosa y conflictiva me atendió sin conflicto alguno y con una amabilidad que me pareció sincera, y a la vez que me decía que tuviera un buen viaje empezó a llorar. Lloraba con una expresión dramática que le daba una belleza especial, le pregunté si estaba bien y ella dijo que sí con la cabeza y con las manos, y agarró la gaseosa que tenía que pagar el de atrás, su cuerpo seguía haciendo el trabajo y su cara se dedicaba al llanto. Un chico de unos doce trece años la miraba embelesado y culposo.  Empecé a irme y cuando pasé por donde había otra mujer de ahí reponiendo unas botellas no pude evitar decirle que su compañera estaba llorando. Ella dejó lo que hacía y me dio toda su atención, yo no tenía más que decir entonces le repetí que su compañera estaba llorando y me sentí infantil, sobre todo cuando la miramos y a esa distancia parecía trabajar con normalidad. La mujer de las botellas se acercó a su compañera y vi que hablaban y también intercambiaban unas señas básicas, vi que la chica sorda estaba avergonzada, en un momento me dedicó una mirada un poquito maligna a lo que yo respondí “perdón”, no diciéndolo, solamente moviendo los labios, no sé si me vio. Volvió la otra, con una expresión todavía menos humana que la que había mostrado antes, y me dijo que no pasaba nada, me dijo “cree que la discriminan” y siguió con su actividad de las botellas. Ya yéndome pasé por al lado de la mesa en donde se había instalado una de las familias de la cola eterna, el padre le hablaba al hijo con mucha seriedad y tuve el impulso de fingir interés por unas revistas en un expositor ahí cerca para poder espiar. El padre hablaba con las manos juntas en una postura casi de rezo y su hijo tomaba gaseosa, era el chico sensible de doce trece años. El padre lo instruía, le explicaba lo salvaje que era el mundo, lo que había que luchar para una subsistencia más o menos digna, el error de la lástima, eso, el error de la lástima y subyacente una idea no tanto de seres superiores y seres inferiores, como había pensado al principio, si no la legitimación del ninguneo, de la completa indiferencia, de cosas bastante más horribles si nuestros intereses en medio de esta lucha ajetreada injusta desgarradora se vieran amenazados. Y en ese punto se nota cómo hace unos malabares para que la historia de quedarse con cuatro pesos con cincuenta que no le correspondían cierre. Cuatro pesos con cincuenta. Yo miro sin ver las tapas de unas revistas, el padre hace malabares, el hijo absorbe sin ningún cuestionamiento, sin ninguna sospecha, toma gaseosa y absorbe esto otro entendiéndolo como retazo de una verdad absoluta que empieza a reconocer, que se le va haciendo familiar. Yo miro sin ver la tapa de una revista sobre insectos, después la miro viéndola y unos ojos multifacetados me devuelven algo, algo con mucho resentimiento.