martes, 30 de agosto de 2016

un tipo específico de monstruo

Saqué mi número y miré el monitor en lo alto, tenía 200 personas adelante mío. Caminé a la zona de las cajas, me senté y me dejé invadir por la atmósfera nueva de colores neutros. Veía las estructuras tipo biombo que protegen la intimidad de lo que pasa en las cajas, veía las cabezas desparejas de la gente y no mucho más. Sonaban los distintos monitores anunciando el avance de los turnos y se hacía una música tonta, sonaba el monitor que me correspondía y yo lo miraba y después miraba mi número, cada vez tenía que volver a mirar mi número como si no pudiera aprendérmelo. Empecé a distraerme, el pelo de una mujer sentada bastante adelante mío parecía un par de antenas gruesas u orejas largas de conejo atadas las dos juntas para abajo, un color grisáceo acariciable, eso me parecía desde lejos. Una señora mayor comentó a otra señora mayor sentada a su lado que no le gustaba la disposición de los asientos, que no estábamos ni en un cine ni en un teatro, que si los asientos estuvieran enfrentados sería más ameno porque la gente conversaría más. La señora de al lado le contestó con voz grave y cierta dulzura que por ella estaba bien, que ella no quería conversar. La otra quedó estupefacta, indignadísima, no abrió más la boca. Sonaba la música y yo miraba el monitor y miraba mi número, un hombre se paró y se fue rengueando olvidándose una carpeta. Los que estábamos cerca intercambiamos expresiones sin decidirnos a intervenir, el hombre se alejaba rengueando a toda velocidad y no escuchó cuando por fin una chica de brazo enyesado intentó llamarlo todo lo recatadamente que corresponde a un banco. Se fue y dejó su carpeta. Los que estábamos cerca poníamos caras parecidas y articulábamos frases incompletas, una dijo con actitud de comediante que escuchaba un tic tac. Se acercó el de vigilancia, le contaron que un hombre se había ido y había olvidado su carpeta, aclararon que era rengo, y el vigilante dijo que él no podía hacer nada, que había que dejarla ahí. Nos desconcertó, era un chico joven que parecía simpático y parecía estar de acuerdo con que el protocolo a seguir con las carpetas olvidadas era ridículo, parecía ser uno más de nosotros y eso fue bien recibido por todos, él no podía hacer nada y nos miramos y pusimos caras parecidas otra vez, y hay quien se comportó como si realmente escuchara un tic tac. Pero el tic tac no sonaba, sonaba la música de los turnos y yo escuchaba esa música y miraba los números cambiar en el monitor y miraba mi número en un acto que tenía algo de primitivo. Empecé a sentir que la pierna derecha se me dormía, cambié de posición y casi a la vez tuve un sobresalto. Mi mirada se había cruzado con la de un señor viejo con los ojos muy grandes y completamente grises, no había pupila ni iris ni parte blanca, eran completamente grises y vacíos, y me dio un sobresalto. Después fue peor, estaba a pleno buscando una explicación a los ojos imposibles del viejo cuando vi una cosa todavía más terrible, un monstruo gris se levantó de su asiento y caminó con dificultad para adentro de la estructura tipo biombo, claramente era su turno, tenía un par de antenas gruesas u orejas largas atadas las dos juntas para abajo y babeaba una sustancia tipo dragón de Komodo. Mi estado era cercano al shock pero cuando sonó la música me desentendí automáticamente de las experiencias terroríficas recientes y miré con ansiedad el monitor y mi número y de nuevo el monitor para enterarme de que ahora tenía 400 personas adelante mío. Personas o monstruos, porque supe que todas las personas presentes se habían transformado o estaban en proceso de transformarse en monstruos, un tipo específico de monstruo que espera ser atendido en el banco. Aunque había cambiado de postura mi pierna me seguía molestando, la miré y descubrí con horror que se había vuelto algo como una pata de insecto gigante, gris, echa de cientos de piezas imbricadas entre sí formando un apéndice que me resultaba incómodo e incomprensible. Ahí me acordé, el hombre rengo desesperado, él había logrado escapar antes de metamorfosear por completo. Quise hacer lo mismo pero me levanté y sentí un malestar en la totalidad de mi cuerpo, un malestar indescriptible en un cuerpo hecho de materiales nuevos, doloroso e inmanejable. Lo más difícil fue asumir mi condición de monstruo, tuve mi momento más revelador cuando el hombre rengo volvió en busca de su carpeta, estaba nervioso, casi paranoico, yo lo miré suplicante reconociéndolo como mi única posibilidad de salvación y él desvió su mirada aterrorizado. Claro, había visto un monstruo. Sonó la música, miré mi número y miré el monitor, había símbolos grises sin sentido, el mundo monstruoso se había apoderado de mí tan profundamente que llegué a perder las nociones típicas humanas. Fue mediante mis antenas orejas que percibí que era mi turno, puse en movimiento mi anatomía y con serias dificultades logré entrar en la parte embiombada para hacer mi trámite. Cuando salí no había monstruos, los monitores reproducían números de verdad y yo había vuelto a ser una persona, no me sorprendió. Pero antes de poder reingresar a esta situación de normalidad tuve que tragar una acumulación de saliva espesa, venenosa.     

domingo, 7 de agosto de 2016

un payaso subnormal y peligroso

El timing era otro, dijo la mujer de rulos rubia baja de lentes con un blazer sofisticadamente grandote. Lo dijo para poner una distancia entre ella y nosotras que en realidad ya existía, se había instalado en el primer contacto visual y era un bloque de mármol helado que no necesitaba ningún refuerzo. El timing era otro y ahí estábamos, acomodándonos a tiempos ajenos y forcejeando contra un mármol, tratando de que no nos aplastara. Cosas así pasan cuando trabajamos en el casino, hay timing que era otro, hay que esperar por lo que parece un capricho de gente con blazer. Mis compañeras tenían un tema de niñeras y organización familiar, presentaron sus quejas y a cambio nos dieron de cenar gratis, conversamos, o ellas conversaron y yo principalmente escuché, también hice algunas preguntas. Nos mentimos de maneras convincentes. Llegamos a ese punto de las esperas compartidas en que algo se duerme y otra cosa despierta en su lugar, hay un cambio de turnos y el relevo resulta ser un payaso subnormal y peligroso. Entonces el clima se volvió festivo, más risa, más sinceridad, éramos gente babeando entre carcajadas incontenibles. Fue inevitable que se pusieran a revivir anécdotas, yo trataba de unir los retazos que me eran accesibles sin sacar mucho en limpio, había algo de dejarme ver la maravilla, la aventura de cuando yo todavía no existía ahí con ellas, y había indecisión sobre el nivel de secreto al que me daban acceso. Eso lo iban resolviendo con miradas de reproche, miradas de complicidad, me tenían en el límite de su círculo, no me empujaban para afuera del todo y tampoco terminaban de aceptarme. La mujer de rulos rubia baja de lentes venía a comunicarnos detalles absurdos que hacía sonar importantes articulando y pronunciando las palabras como si tuviera la boca llena de chocolates belgas semiderretidos, a esta altura más que persona era caricatura y nos burlábamos de ella a escondidas en un intento infantil de venganza por el mármol del principio. Después alguna de ustedes tres tiró un vaso de fanta y en la alfombra de esa sala tan elegante del casino se hizo una mancha naranja gigante que no podíamos creer que antes fuera el líquido en un vaso que ni siquiera estaba del todo lleno. Optimismo o pesimismo. Ves esa alfombra medio manchada o medio limpia? Cuando llegó la rubia con otro comunicado innecesario la escena de la alfombra beige con una mancha naranja que terminó adoptando forma de mantarraya activó en ella un ataque de pánico o cuestión similar. Afloraron sus inseguridades, sus desórdenes más profundos, su glamour fue absorbido por un aura nauseosa perfecta para el ser temblante en que se había convertido, que retrocedía buscando con la mano algo a lo que aferrarse y hacía un equilibrio imposible en sus zapatos peltre. Así el estado autonarcotizante en el que veníamos nos fue arrebatado violentamente y lo que siguió fue una reacción unánime de dar socorro. Se desplomó ya bajo nuestro cuidado, su cara angelical se había desfigurado a cosa inerte pero estaba viva, emitía unos quejidos y hasta alguna frase en un idioma parecido al nuestro. Tratamos de tranquilizarla y ella fue volviendo en sí, recobrando el brillo en sus ojos y la dicción chocolatosa, logró una respiración profunda y dijo desconsolada casi llorando que estaba bajo mucha presión. La miramos comprensivamente y ella nos devolvió una mirada de abatimiento y orgullo y hermandad. Nos cayó bien, nos cayó mejor, y le servimos un vaso de fanta.