domingo, 7 de agosto de 2016

un payaso subnormal y peligroso

El timing era otro, dijo la mujer de rulos rubia baja de lentes con un blazer sofisticadamente grandote. Lo dijo para poner una distancia entre ella y nosotras que en realidad ya existía, se había instalado en el primer contacto visual y era un bloque de mármol helado que no necesitaba ningún refuerzo. El timing era otro y ahí estábamos, acomodándonos a tiempos ajenos y forcejeando contra un mármol, tratando de que no nos aplastara. Cosas así pasan cuando trabajamos en el casino, hay timing que era otro, hay que esperar por lo que parece un capricho de gente con blazer. Mis compañeras tenían un tema de niñeras y organización familiar, presentaron sus quejas y a cambio nos dieron de cenar gratis, conversamos, o ellas conversaron y yo principalmente escuché, también hice algunas preguntas. Nos mentimos de maneras convincentes. Llegamos a ese punto de las esperas compartidas en que algo se duerme y otra cosa despierta en su lugar, hay un cambio de turnos y el relevo resulta ser un payaso subnormal y peligroso. Entonces el clima se volvió festivo, más risa, más sinceridad, éramos gente babeando entre carcajadas incontenibles. Fue inevitable que se pusieran a revivir anécdotas, yo trataba de unir los retazos que me eran accesibles sin sacar mucho en limpio, había algo de dejarme ver la maravilla, la aventura de cuando yo todavía no existía ahí con ellas, y había indecisión sobre el nivel de secreto al que me daban acceso. Eso lo iban resolviendo con miradas de reproche, miradas de complicidad, me tenían en el límite de su círculo, no me empujaban para afuera del todo y tampoco terminaban de aceptarme. La mujer de rulos rubia baja de lentes venía a comunicarnos detalles absurdos que hacía sonar importantes articulando y pronunciando las palabras como si tuviera la boca llena de chocolates belgas semiderretidos, a esta altura más que persona era caricatura y nos burlábamos de ella a escondidas en un intento infantil de venganza por el mármol del principio. Después alguna de ustedes tres tiró un vaso de fanta y en la alfombra de esa sala tan elegante del casino se hizo una mancha naranja gigante que no podíamos creer que antes fuera el líquido en un vaso que ni siquiera estaba del todo lleno. Optimismo o pesimismo. Ves esa alfombra medio manchada o medio limpia? Cuando llegó la rubia con otro comunicado innecesario la escena de la alfombra beige con una mancha naranja que terminó adoptando forma de mantarraya activó en ella un ataque de pánico o cuestión similar. Afloraron sus inseguridades, sus desórdenes más profundos, su glamour fue absorbido por un aura nauseosa perfecta para el ser temblante en que se había convertido, que retrocedía buscando con la mano algo a lo que aferrarse y hacía un equilibrio imposible en sus zapatos peltre. Así el estado autonarcotizante en el que veníamos nos fue arrebatado violentamente y lo que siguió fue una reacción unánime de dar socorro. Se desplomó ya bajo nuestro cuidado, su cara angelical se había desfigurado a cosa inerte pero estaba viva, emitía unos quejidos y hasta alguna frase en un idioma parecido al nuestro. Tratamos de tranquilizarla y ella fue volviendo en sí, recobrando el brillo en sus ojos y la dicción chocolatosa, logró una respiración profunda y dijo desconsolada casi llorando que estaba bajo mucha presión. La miramos comprensivamente y ella nos devolvió una mirada de abatimiento y orgullo y hermandad. Nos cayó bien, nos cayó mejor, y le servimos un vaso de fanta.  

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