jueves, 27 de octubre de 2016

malestares imaginarios

Desatás la soga que ata la puertita de madera y pasás a un jardín que varía entre lo rústico y lo salvaje. Te topás con una perra negra gigante alimentada principalmente a pan, la acariciás y mueve la cola de una manera lenta y pesada. La señora tarda en abrir la puerta de la casa, tiene más de ochenta años y hace poco la operaron de la cadera. Parece perdida, sus ojos van y vienen enloquecidos como buscando referencias en un paisaje extraño, igual te reconoce. Se le mezclan las ramas del árbol genealógico que los une pero tiene una manera primitiva de saber quién sos, algo cercano al instinto. Pasan a la casa, un lugar de ventanas cerradas con un olor inconfundible que lleva años gestándose, enseguida mirás a tu alrededor y nada parece salirse de lo normal. Te mandaron de espía, hubo una gran pelea en el círculo familiar íntimo y ella se enojó con todos. Esta vez tomó medidas drásticas. Agarró la tijera y cortó el cable del teléfono fijo, apagó y escondió su celular sabiendo que no sería capaz de volver a encontrarlo, decidió no abrir la puerta a nadie -sos su primera excepción-, y así viene llevando una resistencia que con los días cobró importancia y llegó en serio a causar preocupación. Habladora dominante, sin darte opción te mete en su charla laberíntica, vos querés preguntarle cómo está, si come algo además de pan con mermelada, vos querés llegar sigilosamente al tema de los teléfonos inutilizados pero no es nada fácil tener su atención. Lo único que te queda es entregarte de lleno a la vorágine y tratar de ganar terreno desde adentro. Te cuenta de lo que ve en las noticias, habla de los políticos, de la farándula, es fascinante lo que puede construir a partir de unos retazos de información. A la vez emprende el desmenuzamiento de una pila de papeles sorprendentemente sólida que tiene en un mueblecito, va sacando de a uno y le dedica un momento de alta concentración. Cuando encuentra el que quiere te lo da, ella no alcanza a leer si es de este mes o del anterior y quiere que verifiques, le preguntás de qué se trata y te responde con naturalidad que está organizando una especie de tumba triple para que los involucrados queden en el lugar que les corresponde según un cálculo que ella hizo. No creés que algo así pueda existir, es bastante espantoso, pero ella está pagando para lograrlo y tiene como evidencia el recibo de este mes. Más tarde pensás que sí, que tranquilamente lo de la tumba triple puede concretarse exactamente de la forma en que ella lo planeó, y te ataca la duda de quiénes serían los otros dos. Empieza a llorar, el enojo con su familia la llena de una bronca que desagota en forma de lágrimas. Vos desconocés qué fue lo que desató tremenda ira, del otro lado nadie se hace real cargo, ella ahora te explica que hubo una insinuación de que estaba llamando demasiado a una nieta en particular, molestándola con caprichos, malestares imaginarios. Hubo esa insinuación y ella indignadísima buscó su tijera y cortó por lo sano. Ahí para de llorar en seco, se pone muy seria y engancha con una de sus reflexiones típicas para sellar cualquier conversación: el mundo está arruinado, la gente es horrible, sería tan simple revertir la situación, parar las guerras, las hambrunas, la violencia, la gente es buena, sería cuestión de que todos diéramos lo mejor, de ponernos un poco de acuerdo. Hacés un esfuerzo pero esa reflexión, aun viniendo de un ser inimputable, acciona en vos una respuesta gritada y torpe, una contrareflexión que estaba como dobladita y prolijamente guardada y ahora recibió el estímulo justo para desplegarse en una cosa medio monstruosa. Cuando la descarga va llegando a su fin bajás el volumen, das unos últimos tropiezos verbales y al fin te callás. Ves que te está mirando emocionada y comparten un silencio deforme que en ella es admiración y en vos aturdimiento. Después, como si fuera algo perfectamente concatenado, recuerda una noticia que vio. Un niño en una de esas guerras de ahora, un chiquito de cinco o seis años víctima de un bombardeo, queda muy herido pero no muere al instante, una cámara lo persigue en su agonía cuando lo llevan a lo que sería un hospital, el chico grita algo con lo poco de él que queda, ese poquito de vida que se le va escapando lo usa para gritar algo inentendible para nosotros pero después alguien explica: el nene no se quería morir y pedía desesperadamente que no lo enterraran. No quería que lo enterraran. El nene había entendido, dice ella y de nuevo entra en ese silencio emocionado de antes. Ahora ese silencio entre ella y vos significa lo mismo.        


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